Don Luis Mejía

Don Luis Mejía o cómo el complejo de inferioridad produce mortales y mortíferas pesadillas

Miedo a no ser, a no cumplir, a no estar a la altura de lo que se espera de uno o de lo que tal vez uno espera de sí mismo. Mal. Derrota. Enfermedad. Disforia y después euforia si uno se enfrenta a ese dragón tratando de cabalgarlo. Pones el ojo en un emblema externo, en un ídolo, y sigues sus pasos tratando de encarnar algo que no eres. Superarlo es ya la única liberación posible.

El terror a no ser engendra violencia porque casi nadie se hunde cuando siente que es injustamente sepultado bajo capas de mediocridad. Justifica casi cualquier acción por inmoral y dañina que sea. Así es la vida de Mejía, un viaje al “corazón de las tinieblas”.

Planteo todo esto sin olvidar que hablamos de un personaje no creado desde la psicología como sí lo están los de Tenessee Williams o incluso los de Chéjov. Sé que este follón del "Tenorio" se inventó antes de que Freud y sobre todo Adler metieran su afilado bisturí en el alma humana.

Pero, ¡qué demonios! , si hacemos un teatro contemporáneo, para un público actual, y pese a emplear textos clásicos, barrocos o románticos, pretendemos (como no puede ni debe ser de otra manera) hablar a la gente de sus temores, realidades y anhelos propios de una mente de principios del siglo XXI… ¿Por qué no añadir capas de elementos nuevos y modernos a esa lasaña que es un personaje narrando su historia sobre un escenario? ¿Se puede dilatar hasta una dimensión nueva un personaje creado desde el simbolismo, el lirismo e incluso desde la mera utilidad dramática? Pienso que sí. Y estoy casi seguro de que muchos otros actores que hayan afrontado Don Luís Mejía antes que yo han tratado de desenrollar esta madeja.

Nace el complejo de inferioridad de una verdadera paradoja: de una idealización de uno mismo que por mucho esfuerzo que se haga jamás alcanza su materialización en el ámbito de la realidad. El acomplejado vive en una fantasía doble, la de su ídolo inalcanzable y la suya propia, que es un pobre chiquillo apaleado al que nadie toma en serio ni ríe los chistes. En alguna parte, entremedias de esos dos vértices, se halla la realidad. El esfuerzo limítrofe con las posibilidades físicas y psicológicas de un individuo en estas circunstancias tiene varias consecuencias: es agotador y desesperado, se hace costumbre según uno madura y se asume como condición y como identidad; y si en algún caso, este individuo alcanza un estado de elevación suficiente como para encajar en la figura del ídolo, detrás solo le espera el más vertiginoso de los vacíos. La batalla librada en el ámbito de las fantasías es siempre fallida, y cuanto mayor es la serie de victorias parciales alcanzadas, más solemne es la derrota final. Todo el tiempo que un acomplejado emplea en acorazarse para parecerse al ídolo y sacudirse las pegajosas briznas de imbécil e impotente que siempre percibe a su alrededor, es tiempo que aprovecha su enfermedad o complejo para arraigarse hasta lo más profundo y, tiempo que no habrá empleado en conocerse a sí mismo y asimilar cuál es su yo real y su verdadera posición frente al mundo y frente a los demás.

Así vive, sueña y padece Don Luís Mejía.

El arco que hemos trabajado en los ensayos con Blanca Portillo es impresionantemente pronunciado: desde la absoluta certeza de su superioridad ante Juan al presentar sus “cuentas” asesinas y sexuales en la Hostería del Laurel, descendemos a una incomprensible derrota que tratamos de compensar con un “todo o nada” apostándose la vida y la futura mujer, y con ella la única posibilidad que aún quedaba de una vida feliz y serena en el seno de las reglas que tanto tiempo llevamos quebrantando sin compasión ni freno. Un posible fin de trayecto delictivo en un retiro apacible se pervierte por la necesidad de satisfacer el insaciable dragón de nuestro insondable complejo de inferioridad. En nuestro "Tenorio", Mejía se arrepiente de su decisión segundos después de tomarla, pero es una locomotora que ya no se puede parar… y que dramáticamente es imprescindible para propulsar el resto de la peripecia que acabará con Don Juan penando desesperado por un perdón imposible en el panteón donde se pudren sus crímenes. Mejía trata más de impedir que Don Juan gane que de ganar él. Lo ponemos clavado como un Cristo a la mítica “reja” tras la que late con pasión Doña Ana de Pantoja. Él siente un terror hasta ahora desconocido, terror a haberlo sacrificado todo, todo en pos de una impulsiva apuesta; pero es que era inevitable en un ser que ha volcado toda su ambición, toda su voluntad de “ser” y de existir en la superación del ídolo. Él interpreta esta emoción como amor… amor por Ana de Pantoja… “Por Dios que nunca pensé que a Doña Ana amara así / ni por ninguna sentí lo que por ella” nos dice en su pequeño “momento privado” como si fuera romántica epifanía. Pues no, querido Luis, es a Juan, a Juan Tenorio a quien has decidido amar. Esa es la verdad y el destino al que tú mismo te has encaramado. Te precipitas al fondo del abismo con cada decisión que tomas escuchando la voz del dragón y no de la razón. Elegiste enfermedad, no vida. Tal vez tu trágico “Fatum” decidió por tí… A mí como actor, como plastilina o carne útil para rellenar el traje me gusta imaginar que este personaje sí posee un hálito de albedrío en algún momento de la obra, que alguna vez está a punto de tomar la decisión correcta… aunque no lo haga.

Es muy difícil entender que la única posibilidad de victoria en la encarnizada lucha que representa una enfermedad mental es ésta: rendirse y no luchar. No presentarse en el campo de batalla.

Pero Luis se presenta y por supuesto pierde. Pierde su última posibilidad de autoestima, de dignidad. Y como sin dignidad esta vida carece de significado, acabamos en la quinta de Don Juan solicitando la muerte, la nuestra o la de él, ya poco importa: “¡Satisfecho quedaré con que ambos al par muramos!”- grita Mejía al final de la escena de la taberna: esa es su loca, enferma fantasía de poder. Lo que suplica Luis frente a un hirientemente paternalista Don Juan es una muerte digna, y ello solo se puede producir siendo sacrificado por el chamán supremo del templo de su enfermedad trágica: Tenorio. Adiós Mejía, buen viaje. Ahora despertarás de tu pesadilla.

Muriendo.

Un personaje que habitualmente contemplamos como mera confrontación de Don Juan Tenorio con el espejo hasta que el “matador” hace saltar en pedazos su propio reflejo al final de la primera parte del texto de Zorrilla. Blanca Portillo me propuso desde el principio agarrar ese reflejo y llevarlo mucho más allá… Llevarlo hacia las profundidades de la envidia, de una adoración por su amigo Juan que escala hasta la idolatría y se precipita hasta el odio… Encender una hoguera en la húmeda y cavernosa sima del complejo de inferioridad. Y ahí encontré la triste historia de Luís Mejía. Un psicótico Quijote que arremete furiosamente contra impasibles molinos de viento con la cara de Don Juan. Una vida de horror y violencia con una única promesa de descanso que nunca llega. Te resucitaré una vez más de tu podrida tumba para contar tu historia, te haré sufrir como nunca cada función. Ya lo siento por ti pero es que me divierto terroríficamente en escena contigo.
 

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