El algoritmo de la originalidad

Dos actores de dos ciudades separadas entre sí por más de quinientos kilómetros, en los ensayos de dos montajes distintos, en dos semanas consecutivas pero de forma inconexa e independiente, me han hecho la misma sugerencia. Por dos veces la he rechazado. Se trataba de utilizar un recurso técnico muy simple pero resultón que ya se ha usado en numerosas ocasiones y que habitualmente se identifica como una cosa que salía en Pulp fiction. Aunque no lo inventó Tarantino. El efecto aparece también en En busca del arca perdida. Aunque tampoco lo inventó Spielberg. Si se usa tanto es porque se trata de un efecto sencillísimo de realizar pero de popularidad comprobada desde tiempos inmemoriales. A la gente le parece bonito. No voy a explicar cuál es.

Mi negativa a utilizarlo sorprendió a ambos actores. ¿Por qué prescindir tan a la brava de una táctica eficaz cuando el coste es cero y la respuesta positiva del público está asegurada? Por un lado no me pareció que el efecto casara del todo con el planteamiento general de lo que estábamos haciendo. Pero aunque hubiera encajado como un tapón en su rosca seguiría habiendo una razón más importante: quienes me lo sugerían lo habían visto más veces, el público lo había visto más veces, yo lo había visto más veces y recordaba cuándo, en qué y por qué lo había visto más veces. Y aunque soy consciente de que inventar, lo que se dice inventar, probablemente no inventemos nada y nos pasemos el tiempo haciendo refritos sentados sobre los hombros de gigantes, me basta ser consciente de que estoy plagiando algo para dar un volantazo digno de película de persecuciones —a no ser que se trate de un guiño intencionado—. Ese volantazo, que es una reacción tan automática como cerrar los ojos al estornudar, no se contradice con la evidencia de que todos plagiamos continuamente a otros sin darnos cuenta.

En esta era de copy-paste que nos ha tocado vivir el párrafo anterior parecerá escrito en sánscrito o en arameo. Y yo un bobo. El típico tonto pretencioso que va por ahí persiguiendo la originalidad cuando hasta los adoquines saben que eso no existe y que lo que no es tradición es plagio. Y cuando nadie —salvo algún reducto de inadaptados irrecuperables para la sociedad—pide, necesita o echa de menos la fastidiosa originalidad. Que maldita sea su sombra.

Su desprestigio es de sobra conocido. El solo hecho de mencionarla basta para disolver un tumulto. Las ocurrencias han aburrido tanto a la humanidad que es raro encontrar a alguien que aún no haya escarmentado. El estigma, en sentido menos fuerte, también sirve de cumplido desesperado: cuando algo nos ha parecido un pestiño monumental y su autor se interpone entre nosotros y la salida hacia la que nos dirigíamos, la urbanidad nos proporciona dos salvavidas optativos en forma de sendas consignas, «es interesante» y «es original». Son equivalentes y significan exactamente lo mismo, a saber: sé que sabes que yo sé que tú sabes que ambos sabemos que esta conversación ya está durando demasiado.

Lo dije en otro sitio: si quieres llegar al público has de basarte en tramas y estructuras ya vistas y limitar la originalidad a la dosis mínima indispensable. ¿Qué dosis es esa? Muy fácil: la suficiente para que pase desapercibida en el global de la obra. O sea, que esté pero que no destaque. Hay que lograr que el adjetivo original no cruce ni por asomo por la mente del espectador cuando elabore su particular lista de términos para calificar lo que ha visto. A ser posible la innovación debe limitarse a un único elemento, como contar lo mismo de siempre pero cambiando sólo la época, o el género, o el protagonista, o la ubicación geográfica. Se han logrado notables éxitos de taquilla reubicando los cuentos de espada y brujería en una galaxia muy, muy lejana, pintando de azul a Pocahontas o haciendo una teenager movie con vampiros. A partir de ahí el incremento en la originalidad irá parejo al de la desafección sentida por los espectadores.

Esto vale tanto para la forma como para el fondo. Más incluso para la forma, por cuanto es socialmente más digerible que nos vendan algo inédito presentado en un envoltorio convencional que algo normal presentado en un envoltorio inédito. Ya no digamos si lo que haces es raro y encima lo parece: entonces tu círculo de admiradores se reducirá tanto que lo mejor será que te exilies a un sitio donde la originalidad se valore más y te instales allí, como tradicionalmente han hecho algunos de nuestros mejores artistas.

Pero, entonces ¿la originalidad existe? Por supuesto que sí. Para explicarlo recurriré al concepto de meme que acuñó el etólogo Richard Dawkins. Los memes son las unidades básicas de transmisión cultural. Se autorreplican y mutan, como los genes. También como los genes algunos memes tienen éxito y perduran y otros fracasan y se extinguen. Asímismo pueden agruparse en macromemes. El rey Lear, por ejemplo, es un macromeme. Y la frase «Lloramos al nacer porque venimos a este inmenso escenario de dementes» es uno de los memes que contiene la obra. La originalidad existe desde el momento en que se puede crear un meme que antes no existía. Si pudiéramos discriminar claramente los memes originales de los que no lo son podríamos elaborar una fórmula matemática para conocer el porcentaje de originalidad de una obra. Esta comedia es original en un 17,3% y este drama lo es en un 2,5% —dictaminaríamos repasando la cartelera con el dedo un sábado por la mañana.

Algún día dispondremos de ese algoritmo. Nos aportará un montón de información valiosa. Servirá, por ejemplo, para demostrar empíricamente algunas de las hipótesis que he formulado, como: A) La originalidad existe —lo confirmaremos identificando memes originarios—, y B) El grado de originalidad de una obra es inversamente proporcional a su aceptación social —lo que servirá de guía para predecir fracasos en taquilla que posteriormente, quién sabe, a lo mejor se convierten en productos de culto—. Y también para demostrar otras que se me ocurren y que formulo a continuación: C) La aceptación social de una obra original e impopular aumenta con el tiempo porque la originalidad deja de parecer tal debido a la propagación y aceptación de memes similares —hoy podemos gozar de la estridencia de una ópera de Wagner sin rasgarnos las vestiduras gracias a que llevamos más de un siglo oyendo cosas mucho más estridentes—. D) Aquello que el público rechaza por ser muy original a veces es muy poco original, pero parece serlo porque replica memes a los que ese público es ajeno. Por ejemplo, el videoclip que Amenábar ha realizado para el grupo Nancys Rubias nos parecerá un portento de creatividad siempre y cuando no hayamos visto antes La naranja mecánica. E)- Todo producto cultural nuevo contiene algún grado de originalidad, siempre inferior a cien pero siempre superior a cero, aunque sólo sea por error en la duplicación de los memes.

Hagamos lo que hagamos siempre seremos originales en algún grado, sin buscarlo ni pretenderlo. Por el simple hecho de que nuestra mente, nuestros medios y nuestras circunstancias combinadas son únicas e irreproducibles. Así que el producto de esa combinación también lo será. Como las huellas dactilares o una tortilla de patatas. Lo que sí está en nuestra mano es aumentar es el grado de originalidad. Como espectador espero que me sorprendan y como autor quiero sorprender. Así que considero que aumentar el grado de originalidad más allá de lo puramente casual es una condición sine qua non de la autoría tal y como la concibo. Ese grado puede ir desde la prudencia de uno que no puede ni quiere ahuyentar a un público masivo hasta la libertad casi total de otro que destina sus creaciones a una minoría sedienta de extravagancias. En este último caso los límites vendrán impuestos únicamente por su imaginación y su osadía.

Pero, eso sí, el grado no se aumenta sólo por el hecho de pretenderlo. No se es original queriendo ser original. La originalidad sobreviene. ¿Cómo? Alexander Graham Bell, inventor del teléfono, señaló el cómo al pronunciar la siguiente frase, una frase que también es un meme bastante exitoso: Nunca vayas por el camino trazado, porque conduce hacia donde otros han ido ya. Es un consejo muy útil. Y paradójico si atendemos a su autoría, porque mientras Bell decía eso e inventaba el teléfono, otros más silenciosos lo habían inventado ya.

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