El algoritmo de la originalidad (y II)

Menos mal que la originalidad no era un tema polémico. Os encanta discutir y buscarme las cosquillas. He llenado un hatillo con los comentarios que me habéis disparado con vuestras cerbatanas digitales y analógicas durante la última semana y resulta que, en el fondo, con tanto alboroto, lo que habéis conseguido demostrar es que vivís en la confusión y que soy yo quien está en lo cierto.

Un ejemplo: «La originalidad no es el propósito principal de un artista ni su motivación». Acabáramos. Como las patatas en una tortilla de patatas. Tampoco son un objetivo, pero sin patatas no hay tortilla de patatas. Lo que hay es una tortilla sin patatas. Que sigue siendo una tortilla, pero de otro tipo.

Otro ejemplo: «¿Originalidad? Bien, pero a cambio de qué», que es como decir «¿Una patada en la boca?… Bueno, está bien, adelante, pero dime antes a cambio de qué». ¿Cómo que a cambio de qué? Pues de dinero. De lo que cuesta la entrada para ver un espectáculo, sin ir más lejos.

Otro ejemplo: «No quiero ser original, sólo quiero divertirme haciendo lo que buenamente sea capaz». A esto lo llamo diversión excluyente. Comprobaremos que es muy común a poco que observemos nuestro entorno: todas esas personas que no quieren bañarse en el mar, sólo divertirse en la playa. Como si divertirse en la playa y bañarse en el mar fueran actividades antitéticas. Como si realizar una impidiese realizar la otra.

Resumiendo los tres comentarios anteriores: según la presentáis, la originalidad es accesoria —sólo puede ser un propósito secundario—, molesta o hasta perniciosa —hay que venderla medio escondida, como una manzana podrida en el fondo de un cesto de manzanas—, y aburrida —es incompatible con la diversión— . Si la vierais dando tumbos por la calle en pos de vuestro auxilio os cambiaríais de acera. Luego tengo razón cuando digo que esa es la opinión general que se tiene de ella. Una opinión, a mi entender, poco meditada. Porque estoy convencido de que, en el fondo, y aunque sólo sea porque la mayoría de los que habéis opinado tenéis fuertes vínculos con el mundo de la cultura, la apreciáis más de lo que estáis dispuestos a reconocer ahora mismo. Lo que pasa es que, por alguna razón que no me toca analizar a mí y que concierne a vuestros adentros, os dejáis llevar por la inercia de su desprestigio. Algo que, dicho sea de paso, es tan typical spanish como los faralaes. Porque aquí nos hemos labrado una larga tradición de displicencia hacia todo lo que signifique originalidad o innovación —«Que inventen ellos», ¿no? —, una tradición a la que estamos tan aferrados como a salir de cañas.

Ya os he demostrado que tengo razón. Y en sólo dos párrafos. Ahora os voy a demostrar que no os creéis lo que decís.

Una de las ideas vertidas destaca con brillo propio sobre todas las demás. Una que es la más recurrente. «La originalidad consiste en volver al origen». Lo dijo Antoni Gaudí y la frase ha reaparecido, reformulada de forma más o menos literal, en varios comentarios al hilo de mi disquisición. El motivo, deduzco, es advertirme de que todo propósito de innovación auténtica es fútil. Que, en realidad, lo que hacemos es dar vueltas y más vueltas encadenados a la rueda de un molino y que la sensación de avanzar es una ilusión. El tiempo es circular, polvo somos y al polvo volveremos, en el origen está la verdad, todo está inventado. Suena profundo pero es una aseveración, como mínimo, discutible. Volver al origen puede ser, como demostró el propio Gaudí, una forma de ser original. En efecto. Como dice mi amigo Mario, si hoy compones una obra de teatro en endecasílabos estás innovando. Rebobinar es una forma de ser original, pero sólo una de tantas.

Penetremos en el meollo de la cuestión. Es comprensible que Gaudí pensara así, porque era un hombre de profundas convicciones religiosas. Y de una frugalidad espartana, para más señas. Lo suyo es una declaración teocentrista, según la cual Dios crea y el hombre remeda. Para un creyente devoto no queda mucho espacio para la originalidad fuera de la divinidad. La pretensión creadora es consecuencia del orgullo, pecado capital. Según cómo, una ambición sacrílega incluso. El arte hay que ejercerlo con humildad, mirando de abajo hacia arriba. Sin pretender equipararnos con el Creador, que es único y está por encima de todo. Por eso los artistas medievales, devotos ya fuera por convicción o por decreto, ni siquiera firmaban sus obras. Y ojo con pasarse de listos, acordaos de Nimrod y su torre de Babel. Les cayó la del pulpo. Es lo que tiene ir de prometeico por la vida. Si estiramos esta idea hasta el extremo iremos a dar con las religiones iconoclastas, que vendrían a ser la versión hardcore de lo mismo. Los talibanes, versión contemporánea del asunto, no sólo reniegan de la originalidad humana sino que la vuelan en pedazos.

Curioso —¿verdad?— que el teocentrismo goce de tanta profusión entre mis litigantes. Y yo os pregunto, ¿verdaderamente pensáis así? Si es así me limitaré a deciros que vuestra fe me parece muy respetable. La fe es un don que no se concede a todos y que me provoca hasta una cierta envidia. Pero como os conozco no os extrañe que desconfíe. Así que os vuelvo a preguntar: ¿verdaderamente pensáis así? Me tomaré la libertad de responder por vosotros: No.

Ah, tate, Atanes y su demagogia. Os estoy tendiendo una trampa retórica. Claro, claro. Seguro que es eso. La fe no tiene nada que ver con esto, dejemos a Dios al margen, un ateo puede suscribir perfectamente la máxima de Gaudí… ¿Estáis seguros? Qué pena, lamento deciros que no. Os insto a que recapacitéis. Sin Dios no hay un origen único, absoluto ni privilegiado. Tampoco hay observador omnisciente. El mundo se reinventa constantemente sin conciencia de sí mismo, las permutaciones son infinitas y nosotros contribuimos a la creación en igualdad de condiciones que cualquier otro ser medianamente inteligente. Original ya no viene del sustantivo origen, sino del verbo originar. Esto supone un giro de ciento ochenta grados.

Y hasta aquí. El próximo día hablaré de un tema completamente distinto. Me despido hasta la próxima con un afectuoso abrazo lleno de amor y buenos deseos para vosotros y vuestros seres queridos.

 

 

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