El devenir y tal

Tener dos obras en cartel durante el mes de mayo —Secretitos en la Sala Mirador y Romance bizarro en el Microteatro— es una experiencia estresante para una persona de metabolismo lento como el mío. Es un ir y venir constante para ir quedando fatal con todo el mundo porque nadie se cree que puedas estar tan ocupado. Al fin y al cabo los que memorizan y dan la cara en el escenario son los actores, ¿no? Los demás nos limitamos a fingir que hacemos algo y a salir a saludar el primer día. ¿no?… Pues no, damas y caballeros, no es así, siempre hay infinidad de pequeñas cosas por hacer, como prestar atención en las representaciones para luego pasar notas con preceptos, sugerencias y admoniciones, comprar pilas a última hora cuando los actores ya tienen los rulos puestos en el camerino, quedar lo menos mal posible en una entrevista radiofónica, encontrar una respuesta adecuada para alguien que pretende que regales invitaciones a toda su familia, atender cuidadosa y pormenorizadamente a los tropeles de fans que te asaltan día y noche con peticiones de todo tipo —en no pocas ocasiones asaz indecorosas—, departir con delegaciones diplomáticas y ministeriales, etcétera, etcétera, etcétera.

Y, al final, los que lo ven lo ven y los que no, pues no. Y todos a casa. Como yo provengo de los cenagales del cine esto me parece rarísimo. Esa fugacidad. Estoy acostumbrado a encapsular los acontecimientos. Digo a unas personas que hagan algo —algo, por lo general, bastante raro, pero ése es otro tema—, lo grabo y me lo guardo. Y luego hago copias y las distribuyo para que los demás lo vean pero también para salvaguardar ese registro, que perdurará incólume hasta que una erupción solar particularmente salvaje envíe al carajo esta civilización basada en los enchufes —valga el doble sentido—. A veces el encapsulamiento acaba siendo una momificación, porque ocurre, y no es infrecuente, que al ver de nuevo algo un poco antiguo el olor a naftalina invada la habitación. Hay cosas que envejecen mal. Otras no, afortunadamente. Pero de todas formas el acto de la preservación es una necesidad inapelable para los que hacemos cine. Y supongo que también para la mayoría de pintores, escultores y escritores. Hacemos cosas para que perduren. Estoy convencido de que hay algo de vicio malsano en ello, una especie de pulsión de coleccionista obsesivo. Hay algo que nos emparenta con los taxidermistas y con esos tipos asombrosos que recopilan chapas de botella.

Es curioso, pero el coleccionismo —lo comento de pasada, a modo de apéndice— es una propensión que, como el fetichismo, se da mucho más entre los hombres que entre las mujeres. Si ligamos esto con el ansia de conservación y permanencia de aquellos que elaboramos objetos artesanales o artísticos duraderos no faltará quien ipso facto aluda a ese tópico de que los hombres realizamos ese tipo de actividades porque no podemos parir. Es decir, como no gestamos hijos, pues realizamos películas, pintamos cuadros o coleccionamos trenes en miniatura. Así permanecemos. Huelga decir que desde que siendo padre he constatado que no hace falta parir para dejar descendencia biológica y, ya aún antes, desde que me consta la existencia de señoras que además de parir pintan, escriben y hacen películas, esta suposición me parece una chorrada soberana. Pero me hacía gracia mencionarla.

A lo que iba: luego hay otra serie de personas dentro de este mundo de la cultura, el arte y/o el espectáculo a quienes parece importarles un nabo que la obra perdure o no. Al contrario. Les encanta que su trabajo sea efímero. Así me lo han manifestado en repetidas ocasiones. Me refiero a los que hacen danza, performances, música jazz, mil cosas más y, por supuesto, teatro. Lo llevan con una serenidad de espíritu y hasta satisfacción pasmosa que me causa, lo confieso, franca admiración. Porque yo lo vivo con una —bien llevada, eso sí— resignación. Siento lo efímero un poco como a contrapelo. Pero me admira esa actitud relajada de otros. Ese halo de generosidad, libertad y desprendimiento que tienen las cosas que hacen y deshacen, contrapuesto a la cicatería rancia de los que embalsamamos. Al fin y al cabo tengamos en cuenta que nada de lo que estoy diciendo atañe, en principio, al espectador. Por regla general una película se ve una vez, una novela se lee una vez y una obra de teatro se disfruta una vez. Se puede repetir, pero de todas formas siempre se ve distinta porque si no cambia la obra cambian las circunstancias o el observador. Así que el miedo al cambio o a la desaparición afecta solo y estrictamente al autor. A su vanidad.

Entiendo y comprendo el encanto y la fuerza de lo efímero. Y me comporto en consecuencia. Al hacer teatro no opongo resistencia ni pretendo cambiar su naturaleza pasajera. Tanto es así que grabo en vídeo mis propias obras con incomodidad. Soy demasiado consciente de que no están concebidas para ser grabadas. De hecho a menudo ni las grabo, o grabo sólo algunos fragmentos con fines promocionales o para mostrarlos a algún programador —la persona, para quien no lo sepa, que decide qué se programa en un teatro y qué no—. Pero no me quito de encima la sensación de algo tan obvio como que eso que está grabado no es lo que es. Lo que es no está ahí. Estaba cuando se hizo y, con suerte, volverá a estar, aunque jamás en la misma forma —porque el teatro está vivo y es cambiante— cuando se vuelva a representar en vivo y en directo, delante de público. Y es que ahí radica su gracia. Todo el mundo lo sabe, no estoy descubriendo la sopa de ajo.

Ni siquiera soporto ver mis obras grabadas. Me resulta enojoso. Por eso me desasosiega que un programador solicite la grabación de una obra para decidir si le interesa o no. Acepto que no pueda haber más remedio, porque no se puede estar siempre en todas partes y las agendas de estos señores están apretadísimas. Pero, ay, es una pena. Como juzgar el quehacer de un cocinero examinando tan sólo unas fotografías de sus platos.

Y en ese brete me debato. Por un lado acepto el teatro tal como es y humildemente hago todo lo posible para que lo siga siendo. Ni puedo ni quiero hacer otra cosa. Pero por otro lado siento el vértigo de lo huidizo, de lo que se escurre entre los dedos, de lo que se irá y no volverá. Me aflige que personas que quiero, admiro o respeto no consigan ver una de mis obras por causas ajenas a su voluntad, por incompatibilidades de calendario, por viajes, por lo que sea. Después no podré pasarles una copia en DVD, como hago con las películas.

Soy un heraclitiano —que no clitoridiano, no confundir— convencido, lo que implica que suscribo a pies juntillas aquello del cambio constante, del agua del río en la que no te bañarás dos veces, del conflicto como principio de todas las cosas y demás aforismos clásicos atribuidos al señor Heráclito. Parménides, el que tenía enfrente, me parece un soso y las consecuencias de su legado una pesadez. Pero, no obstante y a pesar de todo, a veces me siento como un Parménides en remojo que ha perdido los calcetines en la corriente de un riachuelo y se ha metido a buscarlos con los pantalones arremangados hasta las rodillas. Y que a duras penas se tiene en pie porque las piedras del fondo son muy resbaladizas.

Por lo demás bien, gracias.

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