El Limpiabotas que quería ser torero

Enrique R. del Portal

Hoy estaba re-escuchando viejos discos de rock español de los años 70, por los que tengo una especial debilidad. Quizá porque fueron los primeros que escuché de muy joven, de manos de mis primos mayores, y fuera de la zarzuela familiar. Más concretamente, un no muy conocido grupo, que editó un solo álbum en 1979, Cucharada, y el disco en cuestión, "El limpiabotas que quería ser torero". Este curioso título me llevó a cavilar sobre temas aparentemente distintos, y me recordó una cita actual que circula por internet; Twitter te hace pensar que eres sabio, Instagram que eres fotógrafo y Facebook que tienes amigos, el despertar será duro.

Y es que, hasta no hace mucho, desear algo y conseguirlo no era tan inmediato como lo está siendo en muchos aspectos de nuestra vida gracias a internet. Incluso el disco del que os hablo, es una copia digital (legal, ¡¡¡eh!!) que he conseguido en una de las múltiples páginas de descarga de música.

El concepto que subyace en todo esto, es que nos encontramos una generación que para conseguir un disco, un libro, un documento o un dato, no tienen que buscar e investigar, algo tan importante en la formación como el contenido de la misma, sino que a un solo click de ratón, se nos ofrece todo un mundo en el que comprar, copiar, compartir y almacenar casi todo aquello que se nos antoje.

Esto no es malo en sí, evidentemente, ha facilitado nuestra vida de manera exponencial. Pero como señala Fernando Savater, el peligro es ignorar que las cosas que deseamos tienen, además de su valor per se, el añadido por la dificultad, por el trabajo que nos pueda costar lograrlas.

Y esto es extensible a ciertas actividades, que como señala el adagio que antes citaba, ahora encontramos a nuestro alcance sin necesidad de preparación, de conocimiento o iniciación.

Basta con tener un aifon (perdón, no promocionaré la marca), cualquier teléfono inteligente, para convertirnos en diseñadores gráficos, capitanes de barco, críticos de arte o corresponsales de guerra. Y es que estos dispositivos, junto a la inmediatez de internet, son una herramienta de innumerables posibilidades, que podemos, y debemos, utilizar para nuestro máximo provecho. Sólo propongo no olvidar que hay algo de unicidad en todas esas actividades. Requieren un talento, una predisposición y un conocimiento que no en todos los individuos se da por igual. Si todos somos artistas, ya no hay ningún artista.

Así sucede que yo mismo estoy intentando torpemente alternar con el brillante Carlos Atanes, que en su último post “El universo se expande” (impecablemente puntualizado por Ignasi Vidal en el suyo “Cuestión de marcos”) nos habla de la importancia de las normas. De la necesidad de establecer marcos de acción, leyes que nos estructuren el gusto y el pensamiento. Y no puedo estar más de acuerdo, así como con la ampliación que Ignasi hace de esta idea aplicándola a las relaciones socio-políticas. Pero me gustaría, si estos dos monstruos de la redacción bloguera me lo permiten, exportar este concepto al campo que más me atañe, el de la música.

Como en todos los campos de la creación artística, en la música es una constante histórica necesaria la ruptura de los dogmas, para que sea una actividad viva y en desarrollo. Aunque casi siempre se rompen o desprecian normas con una actitud revolucionaria y vanguardista para terminar creando unas nuevas que en no mucho tiempo resultan caducas, como las precedentes.

Sin haberlo premeditado vuelvo a pensar en ese disco del que hablaba en el primer párrafo, "El limpiabotas que quería ser torero". Y es que es un claro ejemplo de la idea que intento desarrollar; una obra de transición, en el amplio sentido de la palabra, por el momento histórico en que se crea, y por su impronta estética, a medio camino entre el rancio rock de los primeros años setenta y el pop iconoclasta de los ochenta.

Fue necesario que algunos artistas, revolucionasen la forma y el fondo de hacer música, para que esta evolucionase. Para crear un nuevo paradigma, que tuvo a su vez una edad dorada y una decadencia. Grupos como Cucharada, Teclados Fritos o Topo, se deslizaron entre distintas estéticas, incluso beligerantes entre sí, para abrir unas puertas por las que entraron nuevos aires de creación. Bien es verdad que la pérdida de unos criterios de medida hace que entre las novedades geniales nos encontremos verdaderos vendedores de aire. Estafadores desprovistos de talento o pericia, pero, sin duda, este es el precio que paga el arte por estar vivo.

Este magnífico disco ya termina. Ahora suena el tema “Social Peligrosidad”; esta fue la primera canción que escuché de Manuel de Tena, más tarde fundador junto a José Manuel Díaz y Jaime Asúa de Alarma!!!, otro grupo sobresaliente de aquellos años. Pero no os aburro más, he decidido ponerme inmediatamente a buscar en el trastero el viejo disco de vinilo de Cucharada que tanto tiempo me costó encontrar en el Rastro, y que viejito y rallado, estimo mucho más que el archivo en formato mp3 de claro y limpio sonido.

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