El secreto de mi no éxito

Hay gente que merecería tener más éxito. Sé de unos cuantos. Profesionales, inventores, empresarios… y, arrimando el ascua a mi sardina, artistas de diferente pelaje que no destacan todo lo que debieran. Individuos que tienen más talento que otros que gozan de fama y reconocimiento. Hay gente muy buena en primera línea, no lo voy a negar, pero también gente menos buena, y a veces me pregunto si los mejores no estarán sentados en el banquillo. Porque, esto es así, tenemos un banquillo que quita el aliento. Me entristece ver cómo actores que deberían estar recogiendo estatuillas en el Teatro Kodak de Los Ángeles se ven obligados a sobrevivir ejerciendo oficios que nada tienen que ver con el espectáculo. Qué se le va a hacer. Supongo que esto es como es porque no puede ser de otra manera. Siempre ha sido así y siempre lo será. La vida es injusta y, como decía no sé qué personaje de Blue Velvet, éste es un mundo extraño.

Ni yo mismo tengo excesivamente claro a qué me refiero cuando hablo del éxito. Pero no estoy pensando principalmente en el éxito de las alfombras rojas y el papier couché. Lo del Teatro Kodak es un decir. A lo que me refiero en primera instancia es a un tipo de éxito más humilde, si se quiere, pero también más serio y fiable. Consiste en lograr a base de mérito un nombre dentro de la profesión, en poder vivir del propio trabajo y en no estar cada vez empezando de cero. Algo por el estilo. Uno de los aspectos más duros del showbusiness, y más desesperantes, es afrontar cada nuevo proyecto como si todo lo hecho con anterioridad no hubiera servido absolutamente para nada. Es como ser un eterno recién llegado. Seguramente esto es lo que hace que muchos acaben abandonando. El éxito debería consistir en superar esa fase. No para no tener que demostrar nada —oh, privilegio deplorable— ni para sentarse en los laureles y no responder a nuevos desafíos —oh, molicie funesta— sino para poder desarrollar en condiciones aquellas capacidades que de otra forma quedan malogradas por los forcejeos contra molestas pequeñeces.

Conozco personalmente un puñado de personas que ha superado esa fase, artistas exitosos según mi definición de éxito. Incluso populares en mayor o menor grado. Algunos hasta cuentan con su propio club de fans. Y como para las cosas que me interesan soy un observador perspicaz, me he estado fijando y he descubierto que —por lo menos esos pocos que conozco— comparten, a pesar de sus notables diferencias, dos características comunes: el trabajo y la proactividad. Proactividad, esa palabra que no está en el diccionario y que nos suena por los libros de autoayuda y que viene a significar toma de iniciativa, control sobre nuestro entorno. Vale, lo del trabajo puede parecer una perogrullada. Evidentemente, si hay éxito hay trabajo, por lo que no tiene nada de especial que una persona con éxito trabaje, con lo que tendríamos que el trabajo es una consecuencia y no una causa. Sí, pero yo no aludía tanto al sentido laboral del trabajo como al de mantenerse activo, lo que está estrechamente relacionado con la actitud proactiva. Luego es también una causa, no sólo una consecuencia.

La suerte juega un papel fundamental, pero a ellos siempre les pilla trabajando. Nunca les veo mano sobre mano. Y no esperan a que les llamen. Si el teléfono no suena, se levantan del sofá y emprenden algo por su cuenta. Es algo que acostumbro a sugerir a los intérpretes que atraviesan una fase de angustia existencial: ¿no te llaman? Pues llama tú. Si no te ofrecen un proyecto, ofrécelo tú. Escríbelo. Si no escribes, busca un texto o llama a un escritor. Si no diriges, llama a un director. Alíate con otros. Monta una compañía. Yo qué sé. Haz lo que sea pero no te detengas. La excusa no puede ser es que no sé hacer más que una cosa. Porque más pronto o más tarde, si desistes, vas a acabar haciendo otra cosa igualmente. Una que te va a gustar menos y que te va a desviar de tu camino.

Al trabajo y a la proactividad hay que sumar la tenacidad y la capacidad de reponerse a los fracasos y seguir adelante. Y el talento. Y seguramente más factores: la belleza, el don de gentes, la chispa, el duende, ese como quieras llamarlo, probablemente innato, que te permite encandilar a quien tengas delante. Pero, sobre todo, repito, trabajo y proactividad. Esos dos factores siempre están presentes y constituyen la base de todo lo demás. Si fallan, el éxito también puede darse, pero será un éxito de otra naturaleza, fugaz y poco fiable. Incluso peligroso, porque la fortuna regalada siempre es peligrosa y puede conducir —como no pocas veces conduce— al desastre.

Soy una de esas personas antipáticas que piensan que el individuo tiene un altísimo grado de responsabilidad en lo que le ocurre. No puedes evitar que te caiga una maceta en la cabeza pero, por lo general, las personas construimos nuestro propio destino. Y nuestro principal enemigo somos nosotros mismos: nuestra pereza, nuestros prejuicios, las trabas que nos autoimponemos a menudo de forma inconsciente. Proclamarnos víctimas señalando a los demás como desencadenantes de nuestro infortunio no sirve de nada. Ya sé que decir esto es fácil y que una cosa es predicar y otra dar trigo. Confieso que yo también caigo a menudo en la trampa. De hecho, me paso la vida lloriqueando cual plañidera y despotricando contra el mundo. Pero conviene tener presente y más ahora, cuando las circunstancias son complicadas, el grado de influencia y responsabilidad que tenemos sobre nuestro entorno cercano, el que podemos transformar y que nos afecta directamente.

Mi caso es un claro ejemplo. El éxito se me resiste. Cada proyecto que afronto es, a todos los efectos, el primero. Y el número —o al menos la beligerancia y el ruido asociado a ella— de mis detractores sigue superando al de mis apologistas. Hay quien achaca esto a mi vocación marginal, que se concreta en la radicalidad de mis propuestas y ese aura de malditismo que, parece, me ocupo en cultivar. Pero no. No, porque mis propuestas no son ni mucho menos tan radicales y porque una buena aura de malditismo sería, en sí misma, síntoma y enseña de éxito. Entonces, si no es por eso y encima cumplo a rajatabla los preceptos del trabajo y la proactividad, ¿qué pasa conmigo? Pues muy sencillo: tuve que optar. Es una historia curiosa y casi increíble, aunque cierta de cabo a rabo, que he mantenido en secreto durante años y que por fin, aquí, voy a revelar.

Una tórrida y serena tarde de agosto, hallándome sumergido en plena duermevela hipnagógica previa a la consabida siesta estival, se me presentó la sombra espectral de Errol Flynn, la gran estrella del Hollywood dorado. Tocando el piano de aquella guisa que le hizo tan popular en las fiestas y hablando despacito para que pudiera entenderle, evidenciando así que estaba al corriente de lo obtuso que soy con el inglés. Con un gesto de su mano hizo transcurrir ante mí, cual fantasma del Cuento de Navidad de Dickens, el fantástico carrusel de imágenes de mi porvenir. Un porvenir plagado de éxitos contundentes e inmediatos, pero también cuajado de desdicha, ya que mi carácter juvenil, altanero y vanidoso, a la fuerza tenía que digerir mal aquella gloria sobrevenida. El triunfo venía acompañado de angustia, soledad y, finalmente, autodestrucción.

Mas, felizmente, Errol me planteó una alternativa: estaba en mi mano retrasar la llegada del éxito hasta una etapa más madura de mi personalidad a cambio de verme provisto desde aquel mismo instante de unas capacidades amatorias extraordinarias. Sería, si así lo decidía, un habitante de las trincheras más arduas y cenagosas del arte durante algunas décadas pero también un prodigio sexual sin parangón hasta el fin de mis días. Es raro que se nos presente en el transcurso de nuestra vida una oportunidad tan clara de decisión sobre nuestro destino, y la aproveché.

No he vuelto a coincidir con Errol, pero debo decir que desde entonces los augurios de aquella visión se han venido cumpliendo con una exactitud pasmosa y todo parece indicar que así va a seguir siendo. Por eso lo llevo tan bien. Confío en que esta confesión aclare algunas dudas sobre mi enigmático lugar en la farándula y, por encima de todo, convenza de su propio potencial decisorio a aquellos que bregan contra la desilusión en medio de este océano de tinieblas, llanto y crujir de dientes.

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