El teatro se indigna

Ignasi Vidal

Corren malos tiempos para el teatro y la razón no es la sempiterna crisis que afecta al sector, anterior a la crisis que desde 2008 ha deteriorado nuestra economía y nuestro poder adquisitivo. La razón, y creo que eso es algo a lo que aún no nos habíamos enfrentado, es la pésima opinión que los ciudadanos de este país tienen de aquellos que desempeñamos la actividad teatral.

El pasado día 15 de diciembre apareció en la edición digital del diario Público un interesante y esclarecedor artículo titulado “El teatro se indigna”. En dicho artículo se explica la difícil situación por la que atraviesan un gran número de compañías de teatro debido al impago de facturas por parte de muchos ayuntamientos por los servicios prestados, hecho que, a su vez, se produce por la quiebra en la que se encuentran muchísimos de éstos, lo que no les priva, a dichos estamentos públicos, de contratar espectáculos teatrales para deleite de sus respectivas poblaciones, en muchos casos con el precio de la entrada casi regalada, aún a sabiendas de que no van a poder satisfacer las cantidades estipuladas en el contrato, firmado previamente con las compañías, en el tiempo estipulado en las cláusulas del mismo o, en algunos casos, nunca.

Varios profesionales del sector explican en el artículo en cuestión, entre otras experiencias, cómo los retrasos en los pagos obligan a algunas compañías al cese de su actividad ya que, inexcusablemente y sin demora, las compañías deben hacer frente a los numerosos gastos previos a la actuación como son los seguros sociales de los trabajadores que la integran (que no sólo son actores, sino también técnicos de iluminación, de sonido, de maquinaria, conductores…) dietas de los mismos, transporte, alojamiento y un largo etcétera.

Lo chocante del artículo no es este dramático hecho, que desgraciadamente se produce sin control alguno por parte de las autoridades (en realidad son las causantes) sino el desaire y la inquina que se desprende de los comentarios y opiniones de los muchos lectores del artículo en cuestión, y que en la mayoría de los casos apuntan con su crítica hacia la profesión teatral, por lo que, además de ser la parte damnificada del asunto, ahora también es calumniada con argumentos chabacanos y soeces respecto a su honorabilidad.

La opinión general de estos opinadores, por llamarles de alguna forma, es que ya está bien de tanta sopa boba para estos vagos (se refieren a actores y actrices), que no hacen nada más en la vida que quejarse. Según otros, el trabajo realizado sobre las tablas no es trabajo. Algunos van más allá diciendo que si dependiera de ellos todos los que nos dedicamos al teatro estaríamos picando piedra pues eso sí es una ocupación digna.

Los hay (es la opinión más extendida) que incluso se las dan de expertos críticos teatrales al afirmar que no hay derecho a que se subvencionen montajes que no interesan a nadie (por lo visto van mucho al teatro para determinar tan categóricamente cuál es el gusto general del público). También hay quien compara las producciones pequeñas y medianas, que en su mayoría giran por el país, con producciones privadas del calibre de "El Rey León", para demostrar con el ejemplo qué es una producción ruinosa y por ello no merecedora de existir y qué es una producción exitosa y por lo tanto digna de existir. Resalta una por encima de todas en la que el avispado opinador, sencillamente, dice que a él no le gusta ni el teatro ni la cultura y por consiguiente no ve bien que los gobiernos destinen un solo euro a estas actividades (todo un demócrata poseedor de una gran inteligencia práctica). Opiniones hay para todos los gustos aunque en general siempre son denigrantes con mi colectivo.

Y la verdad, no me preocuparía por tales exabruptos si no fuera por la gran cantidad de ciudadanos enojados con el gremio teatral que escriben al pie de la información, y los muchos que he ido oyendo de un tiempo a esta parte. En general tengo la sensación de que los que así se expresan, entienden como teatro interesante las funciones de pastorcillos que se representan en los colegios durante la Navidad, seguramente porque suelen despertar mucha expectación entre los familiares y amigos de los que las representan además de ser realmente baratas en su realización (basta con ir a una tienda de todo a un euro y hacerse con un arsenal de artículos festivos).

Un detalle importante que olvidan estos señores es que son muchas las actividades que se subvencionan: los toros, la prensa, los partidos políticos o los sindicatos, la iglesia, las fiestas patronales de cada rincón de España, la televisión… enumerarlos todos sería una ardua tarea que nos llevaría horas pero eso no parece importar mucho: el ladronzuelo se llama teatro.
Así es. Se deduce, pues, leyendo la inflamada tira de opiniones, que a estos y otros muchos ciudadanos les molesta que se concedan subvenciones al teatro sin tener en cuenta que muchas de las excelentes compañías que ofrecen su trabajo no podrían llevar a cabo la importante tarea de difundir el arte teatral sin la ayuda que reciben (¡qué difícil es llegar a esta reflexión!) Estas ayudas, los airados opinadores, las denuncian como derroche por parte del estado y en cambio si cuantificáramos cuánto dinero se pierde en tramas de corrupción dentro del mundo de la política o con el fraude fiscal, veríamos que eso sí es un auténtico derroche comparado con las ayudas totales que recibe el teatro, eso sí, cada vez más recortadas.

Por otra parte el tan recurrente argumento del interés general, que suelen mantener aquellos que como cultura entienden las cuatro series de televisión del momento (muy respetables por otra parte), es tan relativo, por no llamarlo falso, que hasta da vergüenza ajena que en pleno siglo XXI haya quien piense que aquellos montajes que no llenan salas no tienen sentido de ser y deben desaparecer. Muchos pueden ser los motivos por los que un buen montaje no llene el aforo de donde se representa, y según este macabro y fascistoide argumento, el estado no tendría que aportar ni un solo euro a las compañías que pese a su calidad no disponen de recursos para darse a conocer, pasando por alto que ese es el quid de la cuestión: la publicidad que se da de un evento. Eso es lo que ayuda realmente a un montaje a atraer el público necesario para mantener su actividad, mucho más que la calidad del mismo (y muchas veces a pesar de ello).

Sin entrar en el debate de si debe o no debe ser subvencionado el teatro o cualquier otra expresión artística, me limitaré a aportar un dato lamentable que se está dando en estos meses: Según mi modesta opinión, la mejor producción de 2011 es “Veraneantes” del director Miguel del Arco, que, además, parece que despertó el suficiente interés en Madrid pues sus representaciones estuvieron llenas hasta agotar las localidades diariamente desde el principio hasta el final de su estancia en el Teatro de La Abadía y sin embargo la gira de esta producción se encuentra prácticamente paralizada pues no hay ayuntamiento que se comprometa a pagar los honorarios de la compañía en el tiempo establecido por el contrato, a pesar de que éstos intentan su contratación. Miguel del Arco, pionero en muchas cosas, lo es también en plantarse y con razón, ante la sospecha de que algunos ayuntamientos no piensan pagar en los plazos estipulados. Este simple hecho, que además no es aislado pues ocurre lo mismo a otras compañías, desmonta todas las teorías sobre lo que interesa o no en función del público que asiste (aunque no es el caso de "Veraneantes" pues sí llena sus representaciones allá donde va). A veces el público acude a ver una propuesta masivamente en una localidad y en otra no lo hace y no por eso es menos interesante el montaje. Sirva como ejemplo el éxito que obtuvo "Los Miserables"en Madrid y el muy relativo éxito que está obteniendo en Barcelona; sin embargo puedo asegurar que la calidad del montaje es la misma en una plaza y en la otra.

Pero lo más llamativo de las opiniones, que pude leer al pie del artículo digital de Público, es que en todo momento se pasa por alto un hecho que sencillamente debería tratarse como un acto delictivo: Todas las compañías de las que se habla en el artículo y los profesionales que aportan su experiencia se encuentran en situación, en muchos casos de quiebra por no haber recibido el pago por los servicios prestados. En cambio esto no se contempla en ninguna de las intolerables opiniones que se vomitan. Al contrario, por el simple hecho de que dichos profesionales, en el uso de su legítimo derecho, exijan el pago por los servicios prestados, son insultados con todo tipo de calificativos. La empatía no es, por tanto, el fuerte de una parte de nuestra sociedad: ¿cómo se tomarían, estos cabestros disfrazados de ciudadanos, que las empresas donde trabajan no les pagaran sus nóminas y encima les insultaran por exigir sus honorarios?

Lo que es evidente es que tenemos un problema y que esto es sintomático de una sociedad enferma, incapaz de separar la injusticia de la injustificada inquina particular hacia un sector tan trabajador como cualquier otro, el de las artes escénicas, cuya actividad, por poner un ejemplo que conozco bien, en el caso de Andalucía, supone el uno por ciento de su producto interior bruto.

¿Y quién es responsable de esta situación? Una vez más la clase política, esa que cuando va bien no duda en mostrarse al lado de la cultura para salir en la foto pero que ante la necesidad de recortar presupuestos, no solo deja a los artistas con deudas, si no que además es incapaz de salir al paso de tanta insidia calumniosa.

Pero si lo analizamos un poco es normal la actitud de nuestros políticos. Qué mejor para recortar los presupuestos de cultura para el próximo año que deslizar sutilmente el mensaje a la opinión pública de que los artistas y las compañías de teatro son un colectivo de zánganos que vive de la limosna, que se lucra de las arcas públicas y que lo que hace lo podría hacer cualquiera. Hay ayuntamientos que con este argumento han tomado una “sabia” decisión: contratar compañías amateurs, por cuatro céntimos (y esto es casi literal) contra factura, evitando así pagar seguros sociales. ¿Y la calidad de sus propuestas? Con todos los respetos hacia el teatro amateur, qué más les dará a estos politicachos, calienta sillones electos.

Pero tal vez, este país quiera otro tipo de teatro, un teatro menos comprometido, un teatro que no se queje tanto, a pesar de la injusticia. Tal vez quiera un teatro sometido al poder político y sin calidad. Pues, nada, opinadores, no se preocupen, tal y como va la cosa parece que así va a ser. En los próximos años solo habrá teatro “de interés” con caras conocidas, como tanto gusta a “la mayoría”. Y si eso tampoco aguanta el empuje de la crisis que parece infinita, no se preocupen señores, por el bien de la cultura siempre les quedará la tele.

Salud y feliz año, amigos.

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