El último artesano

Enrique R. del Portal

Es mala costumbre en España, homenajear a quien (supuestamente) lo merece, al borde de su vida profesional o personal. Incluso después de su vida, nos sentimos obligados, a ponderar exageradamente los méritos del finado. Solemos acordarnos demasiado tarde de reconocer la valía de nuestros maestros, próceres, héroes… Y no quisiera que se quedara en el olvido, alguien que marcó la vida de muchos profesionales del teatro, durante más de treinta años.

Es de todos conocido mi origen, y mi amor por el género lírico español, la zarzuela; de entre todos los empresarios con los que trabajé, si hay que destacar a alguien por su dedicación, su esfuerzo y entrega a la zarzuela es Antonio Amengual. No es una estrella mediática o conocida por todo el público como lo fue su mentor, Tamayo; quizá cargó, como un referente, con este nombre en toda su vida profesional. Pero no cabe duda de que fue una de las figuras imprescindibles en el mundo lírico español durante la segunda mitad del siglo XX. Y él ha terminado siendo referente a su vez, para toda una generación de cantantes, directores y empresarios.

Antonio Amengual nació en La Línea de la Concepción en 1936. Hijo de la actriz Ana Sillero, desde muy joven, se inicia en distintas labores de administración teatral. En 1957 es ayudante de dirección de José Tamayo, en la Compañía Lope de Vega, hasta 1961 que pasa a la Compañía Amadeo Vives, y se encuentra con el género lírico por el que confiesa haber sentido verdadera pasión. En 1974, emprende su camino en solitario con la Compañía Lírica Española, con la que desarrolla una actividad constante hasta entrado el siglo XXI.

Este escueto apunte biográfico, se puede ampliar hablando de la compañía, en la que tuve la ocasión de trabajar durante quince años. Dicen que fue la típica y digna compañía de repertorio. Ninguno de los dos adjetivos me parece adecuado; ya no es típico encontrar agrupaciones con un repertorio amplio, y en la que su elenco era capaz de representar quince o veinte obras con un par de ensayos de refresco, y digna, me parece que tiene cierto tono condescendiente. Prefiero pensar que era efectiva, eficaz.

Todos los buenos artesanos quieren pensar que son el último de su clase. En el caso de Amengual, se dan ciertos puntos que lo atestiguan. El más importante es quizá el hecho innegable de la decadencia que sufre la lírica en España, a punto de la extinción. Si bien es cierto que como las grandes civilizaciones la Compañía Lírica Española tuvo su época decadente, también gozó de una era dorada. Llevó la Zarzuela a todos los rincones de España dónde se le requería. Actuábamos en teatros, plazas, auditorios, palacios, puentes… Una troupe de cien personas, encabezadas por este hombre y su visión del espectáculo.
Muchos le debemos dedicarnos al teatro. Nos infectó ese virus que es el olor a escenario, y presumía de hacer una verdadera cantera de los integrantes del coro. Por su compañía pasaron primeras figuras de la lírica, Dolores Cava, Carmen González Judith Borrás, Paloma Mairant, Josefina Meneses, Mari Carmen Plaza Guadalupe Sánchez María Dolores Travesedo, Milagros Martín, Miguel de Alonso, Ricardo Jiménez, José Manzaneda, Ricardo Muñiz, Tomás Álvarez, Carlos Marín, Luis Cansino, Jesús Castejón, David Muro, Miguel de Grandy, y un largo y meritorio etcétera, pero también sirvió de escuela para nuevos profesionales, y muchos comenzaron en ella una fructífera carrera. En una representación de “Katiuska”, de Pablo Sorozabal, en el Centro Cultural de la Villa de Madrid, ahora teatro Fernando Fernán Gómez, comentaba emocionado que la primera línea de personajes solistas en el concertante del primer acto; Katiuska, Sergio, Boni, Olga, Tatiana, Brunovich, Pich, éramos todos antiguos integrantes del coro. Y es cierto que Amengual tenía la costumbre de cerrar filas. Le gustaba que su compañía, fuera “su compañía”. Trabajar fuera de ella, no era algo muy de su agrado, y tenía que transigir, de mala gana, con los que intentábamos abrirnos camino, en otras formaciones, incluso en otros géneros. Pero fue comprendiendo que no podía monopolizar nuestro trabajo, y terminó “compartiendo” sus fichajes. Es sintomático que muchas figuras de su compañía, terminaron formando sus propias empresas, siendo a su vez, depositarios de una llama, que se ha ido apagando hasta casi desaparecer.

No todo eran risas. Don Antonio era duro y estricto en la dirección de su compañía. En él se resumían, el empresario, el director y el administrador de su empresa. Gozaba, y todavía goza, de una excelente memoria, (posiblemente hubiera sido el mejor regidor de España) que le permitía gestionar todos esos departamentos sin grandes problemas. Personalmente le recuerdo en las reuniones en su despacho, para discutir las condiciones económicas de cada año, y siempre reinaba en nuestras discusiones la cordialidad y el sentido común. Pero sobre todo le recuerdo en los ensayos. Amengual era un director con una obsesiva afición a repasar una y otra vez las funciones a representar. Sabía de memoria cada papel, y exigía la misma disciplina a todos los integrantes de la compañía. Es cierto que era un hombre nervioso, que trataba a sus artistas con cierto “aire marcial”. Apasionado por su trabajo hasta lo indecible.

Capaz de emocionarse con una romanza de soprano y enfrascarse en una airada discusión con un primer actor en una fracción de segundo. Un poco chapado a la antigua, clásico, como le gusta a él decir. Nos hablaba siempre de su admiración por Brecht, Casona o Placido Domingo. Le costaba un esfuerzo titánico delegar en alguien cualquier trabajo y era proverbial su desconfianza por las nuevas tecnologías, si hasta evitaba utilizar los intercoms… Pero creo que todas sus peculiaridades y su carácter, imprimieron en nosotros una forma de ver nuestro trabajo y un respeto por el escenario, que más tarde nos ha servido como guía en nuestras carreras.

Seguramente Amengual también tuvo su parte de culpa en la decadencia del género. Todos la hemos tenido, como yo mismo reconocía en el post “Me gusta la Zarzuela”. Pero si a día de hoy, sopesamos lo bueno y lo malo que hizo por el género, queda mucho más de lo primero, y prueba de ello es la gratitud y el afecto con el que los antiguos compañeros y profesionales del teatro hablamos de él, o con él cada vez que le reencontramos en algún estreno teatral.

Me gustaría equivocarme pensando que es el último gran empresario de zarzuela. Que alguien recogerá el testigo, a punto ya de ser olvidado. Pero la realidad se impone, y el gusto del público manda en la cartelera. Una estirpe desaparece con él, una manera de entender el teatro, la “vieja escuela”, con todo lo que esto significaba, y los grandes, los primigenios dinosaurios, dan paso a nuevas especies, nuevos tiempos, nuevos horizontes.

Aunque a veces, disfrutando de un paseo, encuentro en un rincón un pequeño taller en el que un artesano trabaja restaurando con prolijo cuidado un mueble de mimbre, o en una verbena me quedo embelesado oyendo un chotis que resuena chulón en un organillo, y pienso: quizá no esté todo perdido.

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