En el país de las maravillas

Corriendo detrás de aquel conejo apresurado que como la mayoría de nosotros llega tarde a no sabe dónde. Colándonos con trabajo por el hueco de la madriguera, precipitándonos al vacío de un pozo sin fondo donde se nos cruzan los objetos más insospechados, ingrávidos e inquietantes. Cayendo finalmente en una habitación pequeña que se vuelve grande y una grande que se hace pequeña…hasta llegar a ese reino de mentira en el que se cuentan las mayores verdades.

Volando dentro de un huracán en blanco y negro en esa casa destartalada que cae finalmente con gran estruendo, abriendo la puerta oscura que nos da paso a un mundo de colores refulgentes. Plantando el pie al comienzo de un camino de baldosas amarillas que no sabemos a dónde nos llevará…

Barajar posibles fechas, cuadrar calendario, bichear billetes de avión y comprobar que cambian de precio cada día, ¡cada hora! Buscar hotel, mejor apartamento, pagar por adelantado sin ni siquiera saber a quién le estás pagando. Hacer la maleta, la que tiene justo el tamaño permitido para volar en cabina. La que te obliga a doblar la ropa como si liaras cigarrillos.

Llegar al aeropuerto, quitarte el cinturón de hebilla metálica, sacar las monedas del bolsillo y ponerlo todo en un cajetín. Cruzar el control de seguridad y sentirte Bin Laden mientras te cachea una desconocida de uniforme que no guarda ningún parecido con quien siempre soñaste que te cacheara. Subir al avión, bajar del avión, tomar el Gatwick Express hasta Victoria Station y luego el metro hasta Notting Hill Gate, para comprobar después que llueve sin ni siquiera tener una mano libre para coger el paraguas.

A la mañana siguiente entras en el hueco de la madriguera de Ladbroke Grove hasta Baker Street, y de ahí hasta Charing Cross para caer finalmente en Leicester Square donde se nos abrirá la puerta en blanco y negro –y gris, muy gris- del subway que nos da paso al mágico mundo de Oz. Un vergel lleno de pequeñas taquillas con toda la oferta que un loco del teatro pudiera soñar.

Londres en fin de año es una Sodoma de la cultura y el entretenimiento, como en cualquier época pero aún más. Los neones multicolor calientan el gélido ambiente en el que parece que siempre está a punto de nevar pero nunca nieva. La gente espera en colas para consumir comida y cultura rápida, ropa y complementos de rebajas destinados a cubrir un vacío del que huimos como de la peste. Luces que deslumbran, escaparates que nos llaman insistentes con promesas de felicidad express, cantos de sirena que aturden como el aroma del opio.

Pasar frío inclemente, caminar horas y horas, pagar tres libras por un poco de agua caliente con una bolsita de té, esperar en colas que parecen no tener fin, solo tiene una justificación y una recompensa: el teatro.

Prince Edward Theatre, Her Majesty´s Theatre, Queen´s Theatre, Prince of Wales Theatre, Victoria Palace Theatre, Duke of York´s Theatre, Duchess Theatre… Tantos locales como miembros tiene la monarquía y la aristocracia británica. Teatros con nombres de imperio, Palace, Dominion, Royal, Savoy, Palladium, Trafalgar, Ambassadors, Phoenix… palabras que nos recuerdan la grandeza y la miseria de una nación que lava sus viejos trapos sucios con el detergente del arte y la excelencia.

Y algunos con nombres de grandes de la profesión. El Gielgud, el Harold Pinter, el Noel Coward, el Garrick… Enormes casonas que recuerdan a quienes las llenaron noches y matinés. Cientos de teatros, miles de butacas a la espera de ser ocupadas en una vorágine de emociones sin final.

Un millón de ojos abiertos de par en par, locos por irse lejos de sus vidas durante dos horas y media y navegar un rato en los barcos de Shakespeare, Arthur Miller, Chéjov o Agatha Christie al ritmo de Irving Berlin, Lloyd Webber o Elton John. Ojos y oídos bien abiertos, que hay que amortizar las entradas a 45 pounds ya con el descuento aplicado.

A mí nunca me pareció caro el teatro. Sí la comida o el transporte, la ropa de marca y los móviles de última generación. Pero el teatro no. Incluso hay veces que al terminar pagaría aún más a los que se han dejado el pellejo y el alma sobre el escenario, aunque en alguna ocasión -las menos- también les habría pedido que me devolvieran el dinero.

En mi reciente visita al país de las maravillas -porque no solo en la capital, hasta en el último pueblo de la región de Yorkshire se muestra amor y reverencia por este arte- he vuelto a reafirmarme en ello. La gente no es mucho más rica que aquí, en absoluto. Los que hacen cola para comprar entradas llevan ahorrando una temporada para pagar lo que consideran justo y legítimo sin cuestionarse si merece o no la pena. Es así, lo merece y se paga. Claro que a ellos no les han engolfado con la idea de la "culturilla gratis" durante las décadas de las vacas gordas.

Allí se rascan el bolsillo y pasan por taquilla para poder sentarse en su butaca, y hay butacas para todos. Desde las Stalls y el Dress Circle de los más pudientes hasta el Upper Circle (nuestro gallinero de toda la vida) hay un precio para cada economía. Por haber hay hasta entradas sin derecho a asiento que no suelen sobrepasar las 8 libras, pensadas no solo para los que no quieren gastarse el sueldo sino también para los que no han podido conseguir tickets de ninguna manera y tienen que ver el show como sea. Porque resulta que la inmensa mayoría de los más de cien locales de la ciudad vende el papel completo cada función.

Impresionante. Van al teatro como aquí vamos al fútbol o a tomar cañas, pero aún más contentos y seguros de que la calidad les compensará. Y se toman su copita de champán en el entreacto –o su tarrina de helado, siempre de la marca Häagen-Dazs, por cierto- porque celebran estar allí, porque aunque estén acostumbrados a acudir a las representaciones siguen infiriéndoles el sentido de un acontecimiento especial. Y comentan la trama y brindan en esos bares enmoquetados -y dicen sorry y excuse me todo el rato y sonríen aunque te pisen el juanete- hasta el momento en que una voz pregrabada les dice que apuren sus bebidas y vuelvan a ocupar sus localidades. Un ritual que repiten desde hace siglos con la diferencia de que entonces solo eran algunos los que disfrutaban de él y ahora son muchos, muchísimos más.

Me pasa con el teatro como con los regalos, que casi me gusta más lo que los envuelve que el contenido en sí. He dicho casi ¿eh? Porque uno no se embarca en esta nave interespacial que cuesta un huevo de la cara, parafraseando a mi amiga Elvira Lindo, más los esfuerzos, los madrugones, el frío y las colas si de verdad lo que va a ver no lo merece. Y lo ha merecido y mucho. ¿El qué? Uff, eso te lo tendré que contar en el próximo post, que en este ya no me da tiempo de comentar las maravillas que me han dejado la boca y los ojos abiertos durante siete días que no olvidaré fácilmente. Y además, que por mucho que te lo explique no lo vas a entender, eso es para que vayas y lo veas tú mismo. Vamos, echa a correr tras el conejo ¿a qué esperas?.

 

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