Ese espacio vacío que hay que llenar

Julio Alonso

Llevo algún tiempo ocupado en tratar de averiguar qué hacen los actores, qué hacemos, para qué servimos, dónde está la medida de nuestra excelencia o mediocridad. Quién o quiénes tienen la potestad de definirlo y delimitarlo atribuyendo niveles de calidad al quehacer actoral.

Decir que un título de fin de carrera no te hace actor es una obviedad ya conocida, como tampoco un doctorado en medicina convierte al licenciado en un excelente cirujano. Hablar de dones naturales con los que se nace sólo sirve para señalar las mayores facilidades para el arte dramático que pueden tener unos con respecto a otros, aunque eso no baste. No me inquieta ni me seduce demasiado el trabajo actoral ante una cámara, para el cine o la televisión, aunque lo busque y lo persiga como parte del proceso del actor que va dentro de mi caja de herramientas. El audiovisual es un producto en el que intervienen multitud de medios entre los que queda el actor protegido y acomodado. Pero ¿qué pasa cuándo ese trabajo es un lienzo que empiezas a pintar en un escenario y solo dispones de un tiempo limitado para hacer de ello tu obra maestra?. Y eso lo tienes que repetir un día y otro día como si fuera la primera vez que te enfrentases a ese reto.

Confieso que la primera vez que escuche o leí la expresión “espacio vacío” quedé fascinado por todas las resonancias que tales palabras me evocaban. El “espacio vacío” es ese lienzo en blanco que citaba antes en el que el actor “pinta” su obra. La expresión la acuñó Peter Brook en su ensayo del mismo nombre “El espacio vacío, Arte y técnica escénica".

En mi modesto entender hay un empeño mal entendido en hablar de que el buen actor “se mete en el personaje”, “le presta su cuerpo”, etc. Como si eso fuera el resultado de un empeño muy fuerte cargado de generosidad y entrega, que tantas veces lleva a los actores a imprimir intensidades dramáticas que nada tienen que ver con el personaje y que los alejan de toda credibilidad o la congelación de las emociones en aras de una búsqueda inútil de “la verdad” como paradigma de la interpretación. Yo creo que el asunto va mucho más allá. No es algo que se pueda resolver en poco tiempo o tras unos años de aprendizaje en una escuela de arte dramático, aunque esto ayude. El actor no pierde, no debe perder, en ningún momento la conciencia de quién es, pero sabe que sólo si durante los 15 o 90 minutos que está ante el público consigue hacerles ver a ese personaje vivo y real, de forma que estos pierdan la conciencia de estar en una ficción y vivan lo que ven como si estuviera pasando de verdad ante ellos, van a dar por bien pagada su entrada. Y a la vez está obligado a olvidar durante ese tiempo el juicio de los ojos que le miran, como si realmente no estuvieran ahí. ¿Qué pasa entonces? ¿Cómo llegar a hacer lo que se tiene que hacer?, ¿cómo y con qué llenar ese “espacio vacío” que hay entre el texto y la acción? Ese espacio hay que llenarlo de estímulos, pero antes hay que reconocerlos, saber cuales son. Y lo maravilloso de ese empeño es que todos esos estímulos/impulsos tienen que ver con la escucha, con lo que te está dando tu compañero en escena y con la forma en que te afecta. Después de un buen número de ensayos ya no te planteas “meterte en el personaje” de forma mecánica, resulta que durante ese tiempo eres ese personaje, sin perder la conciencia de tu “actor” que está en alguna parte conduciendo el vehículo.

¿Cómo repetir todos los días de función las mismas palabras sin que resulten ser una secuencia encadenada de sonidos ya memorizados y monótonos por previsibles y aprendidos? ¿Cómo hacer que cada una de esas palabras se vea precedida por la emoción, el impulso interno que lleva a la palabra y que debe de sobrepasar a las propias palabras, casi como si estás no hubieran sido dichas?.

El actor tiene que afrontar su personaje a partir de una página en blanco, como lo hace el autor al iniciar la escritura o el pintor ante su lienzo vacío. Someterse a un proceso de limpieza y depuración de prejuicios e intenciones preconcebidas que le lleve a la libertad más absoluta.

La obra escrita, sea clásica o contemporánea es papel sobreimpreso hasta que cae en las manos de unos actores y un director dispuestos a darle vida. A partir de ahí el actor, debe acudir a cada ensayo y, por que no, a cada función, dispuesto a encontrar algo nuevo cada día partiendo de lo que alcanzó la víspera, dispuesto a descubrir desde la acción directa sobre el escenario mucho más que desde la prejuzgada. La historia que se cuentam se escribe en el escenario de nuevo cada día.

Y sin embargo, nada vivo y valioso es posible sin un periodo previo de ensayos generoso y amplio. La repetición diaria de lo alcanzado la víspera es la base para consolidar toda propuesta teatral. Sólo cuando llevas ya muchas tablas pisadas, un buen número de montajes levantados, te alcanza la iluminación suficiente para sentir que eso que parece tan complicado es en realidad sencillo. Entonces dejas atrás las mil vueltas que le diste y que de algún modo te fueron abriendo el surco y te limitas a estar vivo en el escenario, empleando la mayor dosis de libertad que has podido acumular en tus años pasados para hacer con ella lo que realmente quieres hacer. No sabes cómo llegaste hasta ahí, ningún manual ni curso te dio las auténticas claves. Simplemente los “muertos” a los que diste vida te invadieron de la cabeza a los pies y ya no te planteas “meterte en el personaje”. Ya eres el personaje desde el momento que entras en escena hasta que la abandonas.

No se cuanto de cierto hay en todo lo dicho. Simplemente puse los dedos en el teclado y me deje llevar. Espero no haberles aburrido y que a algún joven actor le pueda ser de utilidad.

El teatro es el único arte capaz de relacionar pasado y presente en un acto vivo y a la vez efímero. En su capacidad de escapar cada día de la oscuridad está su fuerza.

¡Viva el teatro por siempre!.
 

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