Master Class

Hace un mes alguien tuvo la idea de que sería interesante que yo me reuniera con unos cuantos estudiantes de Teatro Musical, del grupo de la Asociación de Teatro Musical de Sevilla (ATMS) y que a modo de Master Class tratara de transmitir, en dos horas, mi experiencia en el intrincado mundo del Teatro Musical. Algunos pueden pensar que para mí, que hace ya casi siete años fundé junto a Gregor Acuña e Isabel Vázquez, El Centro de Artes Escénicas de Sevilla, sería una tarea fácil, pero nada más lejos de la realidad. Yo en "El Centro" tenía un taller de Teatro Musical que a modo de laboratorio intercambiaba impresiones con los alumnos y la actividad de este taller tuvo un corto recorrido ya que mis compromisos profesionales me obligaron a suspenderlo. Quienes realmente estaban dotados de cualidades docentes en "El Centro" eran mis dos socios y la inmejorable plantilla de maestros que teníamos, a los que siempre he admirado por su forma de transmitir, con pasión y respeto, sus conocimientos artísticos.

En mi modesta experiencia como transmisor de arte siempre me quitó el sueño el hecho de no encontrar la palabra justa para expresar la idea que trataba de exponer, así que el día antes de la clase me preparaba una especie de guión para saber por dónde conducir la nave incierta que representa un aula llena de futuros actores y actrices hambrientos de estímulo artístico. Por supuesto ese guión era con frecuencia (por no decir siempre) inútil, porque un taller de estas características es un ente anárquico que vira constantemente a voluntad de los alumnos.

Así pues, preparé un pequeño guión para la Master Class, sabiendo que, como siempre, no me serviría más que para sentirme falsamente seguro en el primer contacto con los chicos y chicas o que acabaría sirviendo para tomar notas .(A veces no sirve ni para eso y enseguida me vino a la cabeza una reflexión de mi amigo y director de cine Carlos Atanes, que en su libro "Los trabajos del Director", del que pronto hablaré en mi blog, afirma que no se puede esperar a empezar a rodar cuando se tenga terminado el guión, ya que el guión nunca está cerrado y que a veces ni siquiera es necesario)

Entré en el Centro Cultural del Cerro del Águila (En Sevilla, por supuesto) y me encontré a los chicos preparados. Les pedí que se sentarán para hacer una breve presentación y que explicaran los motivos por los que habían venido a pasar la tarde conmigo y en ese momento arrugué mi guión hasta hacer una pelota con él (¡también sirve para jugar al fútbol! pensé) A partir de ahí surgió la magia. Cada uno de ellos tenía un motivo singular para estar ahí pero a todos les unía una pasión desenfrenada por el Teatro Musical. Hablamos, hablamos mucho y siempre, al hablar, como suele suceder cuando los jóvenes actores y actrices desnudan su alma, aparecen las sonrisas de complicidad y el ambiente queda imbuido de un cariño que se establece entre alumno y maestro, en la que desaparecen los galones y en donde todos quedan en un mismo plano de camaradería. En ese punto estos chicos y chicas para mí tienen el mismo valor artístico que el profesional más calificado. Adoro esos momentos en los que la debilidad, la fortaleza y la convicción son un buñuelo en el pecho de los alumnos que los hace vulnerables pero a la vez humanos, salvajemente humanos, y particularmente a mí me dan ganas de abrazarlos a todos para diluirme con ellos.

Después cantaron los que pudieron pues sólo disponíamos de dos horas y para algo tan intenso es muy poco tiempo. Algunos mejor que otros, algunos con sus carencias técnicas que el trabajo arreglará, otros tímidos y otros muy atrevidos, pero todos bellos, pues no hay nada más maravilloso que un ser humano ofreciendo a los demás su arte de forma desinteresada y honesta, sobre todo honesta.

Gracias amigos de ATMS por compartir conmigo vuestro rincón de los secretos, el de cada uno de vosotros y sobre todo por hacerme recordar que por lejos que esta profesión me lleve, siempre estaré empezando.

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