Me pongo el sol al hombro y el mundo es amarillo

Torres Germán

La autoestima, ese tesoro que los artistas, (en este caso hablaré de actores que es lo que mas conozco) se devalúa en picos incalculables. De estar en alza, cotizando a tope en el olimpo de los triunfos, podemos caer a la miseria mas profunda por un simple comentario, una mala mirada, una crítica, un suspiro o una estúpida pasividad. Nos educan en la palabra, en la gestualidad, en esgrima, canto, danza, hípica, etc.… pero no nos educan para cultivar nuestra autoestima, esa joya tan preciada que nos aportará seguridad, fe y confianza para ejecutar cualquier gesta, proyecto, personaje o tragedia griega. Ese combustible que hará que nuestras dudas sean menos presentes y que siempre confiemos en nuestro faro interior que guiará nuestro camino. Como dice Pérez Reverte, no nos educan para el fracaso.

A lo largo de nuestra carrera como artistas, muchas veces nos van alejando de aquel ideal con el que soñábamos cuando éramos jóvenes, entramos en escuelas que nos enseñan a ser obedientes y copiar moldes y a veces capan la singularidad y personalidad de los alumnos. Hay que trabajar desde lo positivo, desde el amor y protegiendo y cultivando la autoestima del artista, sacando lo mejor de cada uno, la personalidad propia que poco a poco crecerá a los largos de estos cursos. La negación no es buena como materia, la anulación, el castigo es la forma mas productiva de bloquear a alguien.

Lo único, lo mas importante es lo que podamos transmitir y contarle una historia al público, que es realmente para quien tenemos que trabajar. Si necesitas comerte un kiwi antes de escena para que tu interpretación sea mas creíble bienvenido sea. El arte no conoce limites, los limites lo creamos nosotros creyendo que no podremos llegar, miedo al que pensaran, a la critica gratuita sobre todo entre compañeros. Juzgar es muy fácil , pensar: “yo no lo haría así, yo lo haría asá”,, Recordemos que la envidia es patrimonio nacional.

Un día el gran actor Michael Redgrave le dijo a su excelente hija Vanessa después de oírle criticar un espectáculo y a unos compañeros: “Que no te vuelva a oír hablando así de tus compañeros. Cuando vayas a ver una obra, lo primero que has de hacer es tratar de entender lo que se han propuesto y por qué. Y cuando creas haberlo entendido, has de preguntarte si han logrado lo que se proponían. Si te anclas en tus gustos y tus prejuicios nunca entenderás nada del teatro y, todavía peor, nada de la vida”.

Estoy escribiendo estas líneas después de volver de una audición y como siempre llega uno con las dudas y con el tormento de si lo podía haber hecho mejor, si al otro le han prestado mas atención que a ti, si la canción no estaba en mi tono, si en el teatro hacia mucho calor. Y todo esto no es más que esos fantasmas que nos vuelven porque nuestra autoestima es tan efímera como el éxito, porque no nos educaron para creer firmemente en nosotros, en defender el personaje proyectando lo mejor que sabemos, en pelear firmemente por nuestra carrera. Arrastramos ese aprendizaje de la frustración, del tú no vales, etc. Esa herencia católica de la culpa, ¡¡Ainsssss!!

No todo es tan gris, sé que hay muchas escuelas que están trabajando en otro sentido, con una docencia del siglo XXI, de creación, de empatía, de búsqueda y profesionalidad, directores de escena que son auténticos amigos y buenos guías, profesores que se desviven por sacar lo mejor de cada alumno, compañías de teatro que te hacen crecer y estar en comunidad, que hay profesionales en los casting que te dan seguridad y confianza para sacar lo mejor de ti.

Me he permitido escoger uno de los 10 mandamientos de Werner Herzog para plasmar su filosofía al cine y que yo la aplicaría a la interpretación también, en concreto es el segundo mandamiento.

2. Serás astuto e intuitivo

Tienen que desarrollar cierto grado de astucia. Eso no se aprende en una escuela de cine; se aprende en la vida. Mi consejo es que viajen a pie. Porque el mundo se revela a aquellos que viajan a pie; el mundo se hace entender. Y viajar a pie cuatro meses vale más que cuatro años en una escuela de cine. Es mi firme opinión, aunque nunca fui a una escuela de cine.

No hay técnicas cuando se trata de la intuición. No nací con intuición; la fui adquiriendo. La fui adquiriendo al experimentar pura vida, la vida en su estado más crudo. Al caminar a pie. Al cruzar el Sahara. Al estar preso en África una vez, o dos veces. Tiene que ver con ciertas cosas fundamentales, elementales, que hay que experimentar en la vida. Nadie puede enseñárselas. Y por supuesto, tiene que ver con la poesía. Tiene que ver con cierto sentido de la poesía. Hay que tenerlo adentro, de alguna manera, pero leer ayuda. No dejo de decirles a los jóvenes realizadores que tienen que leer. Mi postulado, mi demanda, es no sólo que lean: lean, lean, lean, lean, lean, lean, lean, lean; si no leen, nunca serán realizadores.

Y desde ahí, desde nuestra singularidad, desde nuestra propia personalidad, única e irrepetible, crearemos como seres únicos, no siendo uno más como marcan las modas y el show business. La soledad del actor, la cueva de la ideas, la inestabilidad, la búsqueda desde tu propio ser, hacen que muchas veces el tránsito parezca desolador pero cuando sale el sol y tu luz brilla, como dice la canción de Facundo “me pongo el sol al hombro y el mundo es amarillo”.

Suerte apátridas de las artes, el camino no es fácil pero, quien dijo que lo era…

 

 

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