Meritorios

Hasta hace no demasiado tiempo, bien entrados los años ochenta del pasado siglo, existía una figura en el mundo del espectáculo que se llamada meritorio. Normalmente era una persona joven, que deseaba dedicarse al teatro, e ingresaba en una compañía en calidad de aprendiz, que es lo que significa la palabra meritorio; aquel que tiene que hacer méritos, merecer el puesto al que aspira. Solía ser poco o mal remunerado, pero se consideraba un paso necesario, y muy formativo, aunque no faltaban los trabajos extra, los recados, los cafés… Pero todo merecía la pena, por llegar a estar en el escenario con todas las de la ley, ya fuera como corista, o bailarín; o fuera de él, montando decorados o iluminando escenas.

Yo llegué a ser meritorio, en la primera compañía lírica en la que canté; el primer año que pertenecí al coro de la Compañía Ases Líricos, me pagaban la mitad de lo que entonces cobraba un corista, dos mil pesetas, con lo que yo percibía mil. Seis euros en la actualidad, y a pesar de lo que pueda parecer, me daba la sensación de ser un privilegiado y estar entrando en un mundo apasionante. Luego la vida me demostró que sí, que era, posiblemente, la mejor de las profesiones, pero lo de las mil pesetas diarias…

Ahora escucho, no sin sorpresa, que el ayuntamiento de Madrid ha decidido someter a los aspirantes a músicos callejeros a una prueba de idoneidad, a la que se han presentado unas 300 personas, demostrando sus talentos y capacidades, para que les cedan un puesto en el que poder ganar unos euros. Y no me recuerda a mi época de meritorio, sino a aquellos tribunales del sindicato vertical, que sí conocieron mis padres, y que después de escuchar al artista realizar su audición, le entregaban un carnet, capacitándole para ejercer de payaso, tenor o folclórica.

Me suena a una boutade más de nuestro Excelentísimo Ayuntamiento, que con esta medida parece querer encerrar entre puertas el campo, negando la miseria a los músicos callejeros, que están tan sólo un escalón por encima de los mendigos, pero que molestan igualmente. Si te dan un carnet, un número, una licencia, estás sujeto a unas normas, y no tardarán nada en pagar una tasa. Al tiempo.

Nuestro consistorio aduce que a determinadas horas y en determinados lugares, el ruido es molesto para los vecinos, que tiene derecho al descanso, pero eso además de una obviedad, es tan fácil de solucionar como aplicando la actual normativa y no permitiendo al que la incumpla tocar o cantar en ese lugar, invitándole el agente municipal a que abandone ese lugar so pena de enfrentarse a una multa. Caso de reincidir, papeleta y penalización. Parece sencillo, ¿no?

De otra forma, podría uno pensar, que lo que verdaderamente quiere este equipo de gobierno, es quitar de en medio determinados individuos que molestan, que no lucen elegantes para la ciudad. Y es que hay que reconocer que el tipo tocando el arpa en Arenal o el cuarteto de cuerda de la calle Preciados, o el músico de blues de la estación de Ópera resultan de lo más antiestético y molesto para los viandantes y usuarios del metro.

Por esto no resulta extraño que determinadas celebraciones callejeras, y sólo “determinadas”, sean multadas por exceso de ruido en su celebración, que haya un proyecto para multar a los mendigos, como si su situación fuera un fiesta, que en algunas ciudades hayan fletado autobuses para mandar a todos sus pobres a otra ciudad, y un buen puñado más de gestiones ejemplares para la protección de los ciudadanos.

A partir de la nueva ley de protección ciudadana, quejarse o increpar a la autoridad va a ser una falta directamente punible por la policía. Reunirse, manifestarse, actuar contra la injusticia que nos acosa. Como decía Friedrich Durrenmatt, “Tristes tiempos estos en los que hay que luchar por lo que es evidente." Pero es que se han quitado la máscara, ya no son meritorios, son profesionales; del engaño, de la represión, de la ideología monolítica, de la demagogia, de la pobreza espiritual disfrazada de religiosidad, de las trampas, de la falacia, de la vulgaridad vestida de marca.

Estamos gobernados y controlados por una especie de detritus humano que se crece ante sus muchas limitaciones, y que ante el hecho, ya deprimente en sí mismo, de que un músico tenga que tocar en la calle porque no ejerce su profesión, le examina, le corrige, le aprueba, le amordaza y le limita, para que en un par de horas, y sin molestar demasiado, pueda sacarse dos o tres euros y comprar un bocadillo.

No sé hacia dónde vamos, si todo esto es una broma de mal gusto, pero ahora sí que echo de menos aquellas mil pesetas que como meritorio me ganaba cantando dos funciones diarias, doce a la semana. Nunca les agradecí bastante a Evelio Esteve y Fernando Aranda, los directores de Ases Líricos, que me envenenasen con el teatro, que está en mis venas, como decía la canción “El Guardián de los Recuerdos”, hace unos días en la gala de la entrega de los premios Broadway World España. Pero, de verdad, dan ganas de tirarlo todo por la ventana, de ponerse un mono verde y echarse al monte, pero ¿para qué? ¿Revolución? Si va a haber que pasar una prueba, y yo la suspendo, seguro. Estoy ya mayor.

Facebook Comments
Etiquetas