No habrá paz

Ángel De Quinta

Qué mes de noviembre he llevado. De libro. Lluvia, hojas secas, árboles anaranjados, algún funeral, un plato de huesos de santo, medio cartucho de castañas y dos Tenorios, a falta de uno.

La semana pasada Don Giovanni, para ser más exactos. Anoche el Don Juan de Blanca Portillo, porque así se va a llamar desde ahora, está el DeMarco y ahora el DelaPortillo. No sé si ha habido otra función de este clásico dirigida por una mujer -y debería, lo sé- pero hay mucho de nuevo en esta visión fresca y amarga que personalmente me ha reconciliado con un texto que, para ser sincero, nunca me había emocionado, lo confieso. Hasta anoche. Y tampoco estoy seguro de que la razón de este vapuleo al mito tenga que ver con el sexo de su directora, de hecho la versión que nos ocupa es de un hombre, y no uno cualquiera, el excelente dramaturgo Juan Mayorga.

Seguro que tiene que ver con la sensibilidad frente a la insensibilidad rubricada por tantos y tantos cómicos, trágicos y patéticos durante tanto tiempo. ¿No es verdad estrella mía…? No, no es verdad. Es mentira cochina.

No quiero entrar en temas morales, que de eso ya se han encargado otros y mucho mejor, pero es que la cantinela del seductor de capa, espada y antifaz ya me iba cansando. El macho cabrío envasado al vacío de cada noviembre desde ni se sabe cuándo, envuelto para regalo en los terciopelos de los añejos –rancios- teatros de nuestra geografía… qué perezón, lo siento.

Por eso, vuelvo a repetir, sin entrar en consideraciones más profundas o comprometidas, me ha atrapado esta escenificación desde el segundo 1, incluso desde antes de que se levantara el telón invisible que nos dejaba ver esos muertos de pena deambulando en un carnaval grotesco que habría hecho las delicias del mismo Stanley Kubrick.

Una mujer en un ángulo del escenario canta la desdicha. Y canta como un ángel. Un ángel negro y preñado que no tenemos ni idea de lo que significa, ni falta que hace. Las letras de la Portillo -también preñada, pero de ideas- que ha parido unas cuantas baladas que en la voz de Eva Martín, y con la música de Pablo Salinas, dan a las situaciones un matiz difícil de explicar. Lo intento.

Lamentos de lo inevitable. Odas a la fatalidad. Nanas para un niño viejo que está en capilla. "Simpathy for the devil". Perdón por el descalabro, pero es lo que les sugerían a mis oídos embelesados, intrigados con la agridulce melodía mientras con limpieza y dedicación los actores iban cambiando el atrezo. De cuadro en cuadro, de acto en acto, como las catorce estaciones que tan a gusto recorremos los sevillanos cada primavera, pero en otoño.

¿Será la madre de Don Juan la que canta? Vete a saber. Como los protestantes negaron a la madre de Cristo, Zorrilla ignoró las entrañas de las que salió este hijo de su madre, y tal vez por eso nos pongan un vientre hinchado testigo apurado de las gamberradas del truhán.

Perdonadme, pero no puedo evitar que me venga a la cabeza esa Señá Rita de la "Verbena" de Tomás Bretón recordándole a Julián que tiene madre. “Don Juan, que tiés madre!”. Y es que no hay como la presencia inesperada de una madre para dejarnos en evidencia, muertos de vergüenza, pillados in fraganti por quien más nos quiere. Un juicio que nos asusta más que el juicio final.

Pero no nos pongamos metafísicos. ¿A quién pretendo engañar? Lo que a mí me ha gustado es que hayan convertido el Tenorio en un musical. O casi. Y es que el material lo pide a gritos. Si no que se lo pregunten a Mozart, que igual que después haría Bizet con otra antiheroína sin madre, vio en esta tragicomedia la excusa perfecta para escribir tres horas y media de arias y minuetos.

Ya lo sé, "Don Giovanni" viene de otro Don Juan, de acuerdo, pero al fin y al cabo todos son el mismo. Todos machotes. Todos desgraciados, todos insatisfechos, todos presos de sí mismos.

El de Molière, el de Tirso, el Casanova veneciano, el vizconde de Valmont con el rostro de Malkovich (que vuelve a ser Casanova de nuevo en el cine), el de los infiernos con el semblante de Fernando Guillén, el de los Estudios 1 con las caras de Carlos Larrañaga, Paco Rabal o Juan Diego, el de Fellini con sus 8 y ½ años de edad, el de Guido Contini de "Nine" o el de John Guideon en "All that jazz" bailando con la muerte al son de Bob Fosse, otro Don Juan cociéndose en su propio infierno, por cierto.

Apasionados, aventureros, calaveras, descerebrados y descorazonados, violentos, narcisistas, maricones con terror a reconocerlo (esta es otra teoría en la que si entro ahora no acabamos nunca), niños malcriados sin una madre que los llame al orden. Tenorios sin paz.

Todos están en este que vi anoche. Todos juntos en la desgarrada voz de José Luis García Pérez, ronco de susurrar ripios mentirosos a los oídos de sus víctimas. La voz de García Pérez. Tanto vicio enredado en unas cuerdas vocales rasgadas por la mala vida. Ver Sevilla y a morir lentamente, morir matando.

Y no es la única voz que me clavó en mi butaca desde las 8´30 hasta las once en punto y sin intermedio (un acierto no separar la acción en sus correspondientes actos, no encendernos las luces ni dejarnos ir al baño, castigados por malos), las demás ayudaron y mucho. La del rotundo Luis Mejía (un rapado Miguel Hermoso), la del solemne Gonzalo de Ulloa (Juanma Lara), la del despiadado Diego Tenorio (Francisco Olmo), la del cómplice, el sucio Ciutti (Eduardo Velasco) o la de la Brígida más golfa y sexual que jamás pisó unas tablas (turbadora, bellísima Beatriz Argüello).

Voces que han sabido decir esos versos decimonónicos y acartonados de forma natural, flexible, como si de una charla se tratase, casi a ritmo de rap unas veces o de críptica plegaria otras. Cuando Don Juan pronuncia de memorieta el famoso poema a su aterrado ángel de amor como el que recita la guía telefónica –mientras se lava sus tan sufridas partes- y de pronto se detiene, ese segundo suspendido en el aire del teatro corta literalmente la respiración. Bien por la directora, buena idea.

Y no, no me olvido de la presencia de una Inés de Ulloa desprovista de túnica, velo y escapulario. Una niña asustada que madura en el camino desde el convento hasta el cementerio y se convierte en la vengadora de todas las Ineses que en el mundo han sido. Ariana Martínez conmueve con su inocencia y su vulnerabilidad, pero crece como un gigante cuando, un instante antes de caer ese telón invisible, despacha la cuestión como no podía ser de otra forma. Y no digo más porque no quiero arruinar el momento a los que aún no habéis estado allí, como estuve yo anoche presenciando la ejecución pública y el funeral del mito que, tras siglos de trasegar con su capa y su espada, por fin descansó en paz. O quizás no.
 

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