Ricardo III

Diario de un espectador


La colmena científica o… Toda una experiencia

Hacía días que intentábamos sacar entradas para “La colmena científica o El café de Negrín” y en el plano de butacas, por internet, sólo veíamos disponibles asientos en las dos primeras filas laterales. Tras varios intentos decidimos reservar dos sillas pegadas al escenario dado el interés que parecía despertar esta obra de la que sólo oíamos buenas críticas, y allí nos encontramos. Y una vez allí, lo comprendimos: en la sala de la Princesa del Teatro María Guerrero sólo hay esas poquitas localidades y ya está.

No es un teatro convencional, es un escenario a ras de suelo en el que actores y público casi se dan la mano en un mismo habitáculo. Pero se dan la mano de verdad. De hecho cuando me senté y coloqué el abrigo decidí inmediatamente apagar el teléfono por completo (por las cancioncillas movistar supe que los demás procedieron a hacer lo mismo) porque si le daba por saltar la vibración podría cortar el discurso de los actores y me echarían a la calle.

Seis personajes con bata blanca de científicos irrumpieron en escena relatándonos la historia cada uno a su manera. La historia podría empezar… se presentaron los seis: Moreno Villa, Juan Negrín, Justa Freire, Santiago Ramón y Cajal, Severo Ochoa y Ángel Llorca. Un texto muy rico, fluido, cargado de información. Tanto que si no estás muy puesto en literatura, historia y ciencia de España, te pierdes. Yo me perdí unas cuantas veces, lo confieso. Y no por estar distraído, algo imposible cuando con los actores encima no te queda otra que ver, oír y callar, sino porque no debí ser muy aplicado en mi EGB. Pero al final da igual que no cojas todos los detalles porque la conclusión es bien fácil de sacar. ¡Maldita guerra! ¡Absurda guerra! ¡Cuánto se perdió en España!

Me gustó. Pero al de al lado se le oían las tripas. ¡Hay que venir comido a estos sitios! Está bien eso de codearnos por unas horas con personajes tan importantes como Ramón y Cajal, Severo o Unamuno, que estudiamos en los libros de texto. Si hace años hubiera podido conocer de esta manera la historia, habría sido más estudioso y mis notas darían números más altos. Pude ponerle cara a nombres que oí a mis profesores, y escucharles hablar en primera persona, te hace entenderles mejor. Esta forma de teatro debió inventarse antes que la Selectividad, seguro que al menos nos hubiéramos interesado más por saber de las cosas. Porque así más que aprender, vives la historia formando parte de la escena, y compartes los sentimientos que provocan los aconteceres como un protagonista más de los mismos. Al final, tras los aplausos, el regreso al siglo XXI, un alivio. “La colmena científica o El café de Negrín” fue toda una experiencia.
 

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