Ricardo III

CRÓNICA: 26 febrero Teatro Pequeño Gran Vía de Madrid


"Oua Umplute, El funeral": La tristeza es un instante

Todo hombre, al filo de la muerte, piensa en su legado. La cercanía de la guadaña despierta una preocupación por el futuro que no se habitará: qué quedará de mí en los míos, qué será de mi memoria, cómo gestionarán mis deudos mi recuerdo. El abuelo Dimitri murió hace quince años, y dejó tras de sí una nube cíngara de descendientes. Estaría orgulloso, si la muerte no le hubiera liberado ya de esas tareas: cuatro de sus nietos celebran desde entonces su funeral, con peculiarísima tristeza. En una de esas celebraciones nos introduce el grupo zaragozano Che y Moche, cuyos cuatro miembros (Kike Lera, Eugenio Arnau, Teresa Polyvka y Joaquín Murillo) se meten en la piel de los personajes de Oua Umplute (‘huevo relleno’, en rumano) para honrar la memoria de Dimitri. ‘El funeral’ no es un funeral cualquiera.

El abuelo Dimitri quiso que su memoria fuera fundamentalmente musical, consciente quizás de la capacidad de la armonía para apoderarse de la memoria y llenarla de recuerdos. Por eso, transmitió a los suyos un buen puñado de canciones de todas partes y esas canciones son la columna vertebral del homenaje gamberro y alocado que sus nietos le ofrendan. Músicas cíngaras, rusas, judías, húngaras, ucranianas le dan vida a esta comedia musical sobre el abuelo Dimitri y sus descendientes. Un verdadero concierto y una comedia divertida en la que se anima al espectador a desvestir la tristeza de su dignidad trágica, a dejar que la pena torne alegría cuando la alegría se nos ponga ante los ojos. ‘El funeral’ es una invitación sana a dejar que el corazón baile si así lo quiere y aunque esté llorando. Es, de nuevo, la capacidad catártica de la música.

Una buena interpretación musical, con Teresa Polyvka al violín, Joaquín Murillo al saxofón, Kike Lera a la guitarra y Eugenio Arnau en la batería, permite que las notas obren su efecto transformador. Todas las canciones del espectáculo tienen dentro de sí un contraste, un punto de inflexión entre el sollozo y el frenesí que es una tesis en miniatura sobre la volatilidad de los sentimientos o la victoria inevitable de la alegría.

Una buena interpretación actoral, con los cuatro actores insuflando vida a cuatro personajes a medio camino entre la normalidad y una cierta ligera locura, convierte el concierto también en una comedia divertida, con toques de humor absurdo y canalla, que lanza constantes guiños al espectador e incluso lo sube al escenario. Es el corolario perfecto a la lección sobre el funeral tornado en fiesta: aquí cabemos todos.

La propuesta escénica es sencilla, como cuando ‘sencillo’ significaba directo, limpio, honesto y libre de artificio. Una tela como pared mugrienta, plagada de fotografías, recuerdos y tapices de belleza esquiva es suficiente para darle a la obra la atmósfera que necesita, para tocarla con ese estilo recargado y temeroso del vacío. No se mueve esa tela durante todo el concierto, porque no hemos venido a ver el despliegue de tramoya, sino un funeral extraño.

Además, la profundidad esta vez está del otro lado: en el patio de butacas. No sólo porque los actores lo recorran, lo atraviesen y lo vivan como una extensión del escenario. También porque en él, en cada una de las butacas, está el mayor homenaje que se le puede tributar al abuelo Dimitri: ver convertida su música es instrumento de gozo y de sonrisa. Ver convertida la tristeza en minucia de un instante.

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