Pétalos de Rosa

Nancho Novo

La Navidad empieza el día de la Lotería. El soniquete de los niños del colegio San Ildefonso es la fanfarria que anuncia la llegada de las Navidades.

Así lo tengo asociado desde pequeño. Generalmente coincidía con el primer día de vacaciones, que a veces llegaba un poco antes; pero el día del sorteo ya no había clase, eso seguro, porque lo escuchaba en casa.

Al principio era la radio, luego fue la tele, que estaba encendida desde primera hora de la mañana para no perder ningún detalle. Mi padre desplegaba el abanico de participaciones sobre la mesa del comedor y, muy de vez en cuando, subrayaba algún número que había caído en la pedrea. Como todo al mundo que conozco, nunca nos tocó nada…

¡MIENTO! Miento bellacamente, porque sí nos tocó. Nos cayó el Gordo. Lo juro. Eso fue antes de que naciéramos mis hermanos y yo. A mis padres les tocó el Gordo de Navidad cuando eran novios. Y gracias a eso se casaron. Y gracias a eso nacimos sus hijos, entre ellos un servidor.

Por eso pienso que nunca me tocará, ya me tocó antes de nacer. He agotado mi cupo de suerte. Aún así todos los años compro algún número, y me pongo a la cola de la ilusión, a sabiendas de que La Fortuna me dirá, al llegar a buscar mi traguito de ventura, que ya me caí en la marmita de pequeño.

Sí, amigos, soy hijo de la Lotería.

De acuerdo que todos somos hijos de la lotería de la vida, si nos ponemos estupendos. Y en esa lotería tampoco puedo decir que haya salido malparado. Sin nacer entre algodones tampoco fui a desembarcar en la vida en un pesebre.

Y he tenido suerte con mi familia. Mis hermanos son la polla de bezoya, soy el peor de ellos con diferencia, en talento, en entrañas y en inteligencia.

Y tuvimos suerte los hermanos de unos padres que nos inculcaran valores humanos muy firmes.

Y nos tocó la varita de la fortuna con una madre como no hay dos. Ya sé que es de buen hijo decir eso de su madre, pero no soy dado a alharacas y si lo afirmo con tal rotundidad es porque lo creo firmemente. Jamás un mal gesto hacia nadie, ni una mala palabra hacia una persona ausente, incluso reprimía fervientemente a quien lo hacía en su presencia. Ayudaba a todo el que podía aun a costa de su propio bienestar. Mi madre, Rosa, era una flor insólita en el muladar de la vida. Siendo la persona más accesible que haya conocido, los que la rodeaban la tenían en una hornacina y la llamaban santa.

Nos parió gracias a la lotería de Navidad. Y la lotería de Navidad del año pasado se la llevó, al arrullo de los niños de San Ildefonso que tanto le gustaba escuchar.

Este año no he comprado lotería. Y no ha sido aposta, me acabo de dar cuenta de que este año no juego a ningún número. Coincidencia, tal vez, o inconsciente luto por un ciclo que se cerró cuando mi madre dijo hasta aquí hemos llegado.

Desde muy pequeño siempre tuve la sensación que las voces de los niños que cantan los números caían del cielo, porque las escuchabas doquiera fueses.

Hoy que no juego nada ya no las escucho, pero noto cómo pétalos de Rosa caen desde el cielo inundando la ciudad de color.

No lloré cuando la enterraron, no pude. Me pasé el velatorio animando a los demás, diciendo las típicas chorradas de Por fin descansa, Ahora está mejor, Ya ha dejado de sufrir…
Madre, éstas son las lágrimas que te debo.

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