¿Qué hago yo de ocho a diez?

Nancho Novo

Se supone que soy una persona normal, llevo una vida ordinaria comparable a la de cualquier otro ciudadano de los que te puedas cruzar por la calle. Me levanto, me ducho, saco al perro y a veces desayuno. Ocupo el día en mis cosas: llamadas pendientes, mails que responder, compras que hacer, alimentarme y cultivar mi espíritu a base de lectura, películas y fútbol.

Escucho las noticias en la radio, pocas veces en la tele, echo un vistazo a los periódicos en el ordenador, vuelvo a sacar al perro, quedo con algún amigo para no perder el contacto o para conspirar en algún proyecto con el que poder seguir buscándonos la vida y que, a su vez, aporte algo a los demás.

También escribo, no tanto como debería, lo reconozco, porque le quita mucho tiempo a mi hobby favorito: perder el tiempo. No robo a nadie y pago mis impuestos, que en los tiempos que corren es mucho decir. En definitiva, soy un tipo inocuo para la sociedad: no molesto a nadie en la misma medida que demando que no me molesten.

Pero al llegar la ocho de la tarde un agujero negro se cierne sobre mí, me absorbe y me transporta a un lugar ignoto en el cual permanezco en estado de suspensión durante aproximadamente dos horas, ignorante de cuanto acontezca a mi alrededor. Y eso me da miedo, porque no sé qué hago durante esas malditas dos horas. Temo que algún Mister Hyde se apodere de mi ánimo y me impela a cometer actos ignominiosos; acaso sea un asesino despiadado pagado por algún contubernio ruso-marbellí y me dedique a eliminar a sujetos molestos, jueces incorruptos o chivatos insidiosos; ¿y si fuese un correo portador de secretos dineros, billetes verdes o lilas por fuera y negros por dentro, que viajan en sobres que corren de bolsillo en bolsillo? Por pensar, prefiero imaginarme como un superhéroe de identidad desconocida que se dedica a limpiar la ciudad de indeseables de altos vuelos. No sé. Lo evidente es que retorno a la realidad a eso de las diez, me encuentro en medio de la calle, cerca de Tirso de Molina, a mis espaldas gente que sale de un teatro en cuya marquesina un tipo en albornoz blande una lanza con cara de gilipollas.

Estoy cansado a la par que satisfecho y con un vacío desasosegante en la mente, que no para de preguntarse: pero, ¿qué he hecho yo de ocho a diez?

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