Ratas en el Calderón

Ángel De Quinta

El escenario envuelto en la penumbra. Las luces se encienden lentamente, poco a poco, dejándonos adivinar las molduras medio rotas y los frescos descoloridos. La música surge casi sin darnos cuenta, de la nada al todo, como el adagietto de Mahler, enredándose en el polvo de las tablas gastadas, de las candilejas fundidas. Guiñapos de un sucio telón caen de forma irregular, bastidores apilados desde hace años, una balaustrada de mármol falso, una columna romana, un falso jardín, un elegante salón con lámpara de araña y sofá en el centro. Todo amontonado, tramoya olvidada, trastos arrinconados como aquellos que una vez los usaron.

Entre las sombras del viejo teatro aparecen siluetas de vedettes que avanzan a paso lento, casi levitando, alzando sus brazos y cimbreando sus caderas como visillos movidos por el aire, a cámara lenta. Penachos de plumas, lentejuelas sin brillo, el maquillaje descolorido deja al aire las grietas en el rostro de esfinges abandonadas a la suerte del tiempo. Ectoplasmas perdidos en un laberinto de viejas fantasías, de mil noches de estreno.

Podría ser un sueño. A veces sueño con teatros, sé que me lo tengo que mirar. O podría ser la introducción de uno de mis musicales favoritos, pero no, no se trataba del Weismann ni del Ziegfeld, es un teatro de Madrid, no de Nueva York. Pero esa noche cuando llegué al hotel no me podía quitar la imagen de la cabeza, fantasmas deambulando por un local vacío en busca del tiempo robado, esperando eternamente a que se alce la batuta del director para que la obertura vuelva a comenzar. "Follies" se llama ese musical. ¿No lo has visto? Trata sobre el paso del tiempo y las cicatrices mal cosidas de la memoria. Cuenta la historia de unos pobres infelices que nunca llegaron a dejar el escenario de su juventud, a pesar de que el público y los aplausos se largaron hace años. Trata sobre la nostalgia.

Su autor, Stephen Sondheim, un dios. Uno de esos muchos que hay –en realidad no tantos- y por los que la gente no mata ni muere, por los que no se declaran guerras santas ni nada de eso. Un dios de los buenos, de los que crean sin pararse a descansar al séptimo día y se comen un sándwich en la mesa de trabajo. Pintores, arquitectos, escritores, compositores que nos dan el cielo en la tierra, culpables de que no queramos irnos de aquí de lo bien que se está.

Pero no quiero desviarme. Aquella noche crucé a las tantas la plaza de Jacinto Benavente y entre la bruma de la madrugada, entre la escarcha de la primera noche de frío de un otoño corto como un suspiro, la vi frente a mí. La vieja cúpula atrapada en la red del tiempo, el coloso que cae en la trampa de la indiferencia, la peor de todas.

El Teatro Calderón fue inaugurado en la primavera de 1917, pero entonces se llamó Odeón, el primero de una larga lista de nombres, como un pobre huerfanito rebautizado por varios padres adoptivos. Fue diseñado por el arquitecto Eduardo Sánchez Eznarriaga, maestro del eclecticismo de entre el siglo XIX y principios del XX, uno de aquellos que quisieron convertir Madrid en un nuevo Londres. Todo a lo grande, mucho pan de oro, que no falte una ménsula ni una cornucopia, que la escalinata parezca haber sido traída del mismo Palacio de los Zares.

Era un tiempo en el que Madrid se estaba llenando de teatros, no había suficientes para sentar a todo el público que demandaba entretenimiento y socialización, mucho antes de que la televisión arruinara el negocio encerrando al respetable tras la cuarta pared de sus salitas de estar. Tiempos en los que igual se programaba un Ibsen que una revista de Colsada, de aquellos infatigables “empresarios” emperrados en vender entradas como los pastores en cuidar sus cabras. Tiempos de carteleras gigantes y a todo color, de bocas abiertas y miradas fascinadas a pie de acera.

El Calderón fue de los mejores locales de Madrid. Un asiento de platea costaba medio sueldo de un funcionario de correos, y dejarse ver en uno de sus palcos sencillamente no tenía precio. También fue llamado Teatro del Centro, hasta que en 1927 lo compró el Duque del Infantado y le puso el nombre de aquel que dijo que la Vida era Sueño, como el teatro.

Óperas durante la República, zarzuelas y copla española en la postguerra y revista de cacha al aire y verso canalla en los años cincuenta. En esa vieja casona envuelta en redes se rió, se lloró y se excitó más de uno. Y se soñó, claro, con sueños repartidos entre el patio de butacas y el gallinero, para todos los públicos.

A final del siglo pasado su decadencia era ya un hecho nada romántico. Su mala conservación provocó hasta un accidente mortal, e incluso se empezó a correr la voz sobre una maldición, como si del de la novela de Leroux se tratase. Viejos teatros y viejos fantasmas dando… que hablar.

Pero tras un cierre temporal volvieron a abrirse sus puertas gracias a algunos musicales de éxito. Otra vez cambió de nombre, ahora uno menos literario, Häagen Dazs, como el helado –igual que nos quedamos muchos al verlo- y luego le pusieron el de la compañía de seguros Caser, que es como se llama ahora. ¿Te imaginas un nombre menos romántico para un teatro? ¿Se le ocurriría al mismo que cambió Sol por Vodafone? Gigantes Saturnos merendándose a sus pobres hijos indefensos, dejados de la mano de dios.

Uno de los últimos espectáculos que se alojaron en tan maltratado local fue el show de cabaret "The Hole", una vanguardista y rompedora función en la que había una rata de protagonista, y se llamaba María del Mar (un nombre mucho más divertido que el del helado o el de los seguros de marras). Pues resulta que en la vorágine del descuido y la dejadez, María del Mar conoció –dicen las malas lenguas- a un macho roedor que la hizo suya y la dejó preñada de una generosa camada que se instaló entre el foso y la platea. Natural, a los precios que está el metro cuadrado en el centro…

Y desde entonces –y una vez cerrado “temporalmente” el Odeón, Centro, Calderón, Häagen Dazs o Caser– cuentan que viven felices allí, como okupas resistiéndose a un inminente desalojo. Junto a los espíritus de aquellas viejas noches de gloria, los fantasmas de "Luisa Fernanda" y "La Chulapona", de "Tosca" y "Rigoletto", de "Carmen Carmen" y "El Diluvio que viene", de "La Mujer del Año", "La Truhana" y "Hello Dolly", de Concha Velasco gritando a su madre que quiere ser artista, de Zori, de Santos y de Codeso, del "Hombre de la Mancha" y Freddie Mercury. Cientos, miles de personajes en busca del autor –o el productor- que les rescate del olvido, deambulando noche tras noche entre bambalinas ajadas. Ánimas benditas de un purgatorio con taquilla, vestíbulo, patio y proscenio, entre muros apuntalados donde hermosas cariátides esperan quietas, dignas, tras las tupidas redes de la desidia y el abandono.

 

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