Ser o no ser

Carlos Atanes

María Kaltembacher —que es una actriz magnífica pero muy aficionada a buscarme las cosquillas— se descolgó durante un ensayo de la semana pasada con una cita de Mamet que dio pie a un pequeño debate. Mamet, sí. Ese hombre. Ese autor que siempre citan los actores.

El caso es que ella no estaba muy segura de la literalidad de la cita y yo tampoco lo estoy ahora de la recitación de la cita, lo que significa que a la imprecisión de su memoria hay que sumar la mía y, cómo no, la eventual inexactitud del traductor del libro donde aparece la frase. O sea que, a estas alturas, sería casi un milagro que Mamet hubiera dicho en realidad algo remotamente parecido al enunciado que voy a referir. Qué falta de rigor, ¿no? Bueno, y qué. Adonde fueres haz lo que vieres y si aquí lo que se lleva es la radio macuto, el murmullo gutural, hablar de oídas, succionar titulares y no contrastar nada, ni en sueños iré yo a erigirme hoy en el niñato repelente que desdeñe los usos y costumbres de todo un país.

La frase que, supongo, María suponía que Mamet —o su traductor— había escrito en algún libro venía a decir que si alguien no necesita trabajar para llamarse a sí mismo actor, es que no es actor. Más o menos, adverbio arriba adverbio abajo. Lo primero que dije es que no comprendía el enunciado. Eso de la comprensión lo resolvimos de un manotazo responsabilizando al traductor de la maraña sintáctica. Sin dilación pasamos a la siguiente fase, es decir, a divagar acerca de lo que suponíamos que la proposición —presunta proposición— pretendía expresar. Está claro que nos movíamos a la deriva en un bosque de conjeturas, pero a veces divertirse consiste precisamente en eso: perder el tiempo con boludeces.

Y así, desbocados, acabamos hablando de lo que significa ser actor o no serlo. De si actor es quien se forma, quien actúa, quien cobra o quien triunfa. De si somos aquello que nos da de comer o aquello que nos remueve las entrañas y nos impulsa hacia delante. El parné o la vocación. ¿Es escritor quien escribe un solo libro en su vida, director quien hace una película cada veinte años, actor quien sirve copas mientras espera que algún día le llamen para subir al escenario?… A bote pronto se me ocurren varios ejemplos célebres, en diferentes disciplinas, que han dejado huella con una obra cuantitativamente muy escasa.

Mal. Muy mal. Habíamos caído en la trampa. Los anglófonos tiene su to be or not to be y que ahí se las den todas. Pero los españoles diferenciamos entre ser y estar y, lejos de aprovechar tan atinada criba de conceptos, mordemos con demasiada frecuencia eso que podríamos denominar el anzuelo ontológico. Nos encanta devanarnos los sesos con el ser. Nos preocupa enfermizamente saber qué somos. Nos pasamos la vida investigando nuestra identidad, como persiguiéndonos a nosotros mismos, como los gatos que giran como derviches queriendo atrapar su propia cola. Nuestra identidad sexual, nacional, profesional… Cuando en realidad el ser es el ser y punto. Carece de interés. Es como el helio, que no reacciona, no oxida, no hace nada. A lo sumo nos aflauta la voz. Por eso lo llaman gas inerte. Somos, queramos o no, a la fuerza y todo el tiempo. Y cuando no somos es porque estamos muertos y no hay que darle más vueltas. Ser o no ser no es la cuestión. Estar, sin embargo, sí es un verbo importante. Estar en el sitio justo en el momento oportuno, estar cuando se nos necesita, estar en Babia, estar cabreado, estar en estado de buena esperanza, estar en misa y repicando son, valga la redundancia, estados que definen, configuran y jalonan nuestro deambular por el mundo. Y no digamos ya parecer, tener y hacer. Hacer es la caraba, el súmmum. Mucho más importante que ser es hacer. Hacer el amor. Hacer la puñeta. Hacer el ridículo. Hacer teatro. Cualquier cosa que hagamos, por insignificante que parezca, tiene consecuencias en nosotros mismos y en los demás. En cambio ser… Solamente ser, así, sin más, sin hacer, es una bobada que no aporta nada y una pérdida de tiempo. Oigo cómo los esencialistas se retuercen en sus butacas. ¿Y qué pasa con el que es mala persona? ¿No se derivan de ahí sus actos? Bueno, quizá, pero sin actos ¿qué me importa a mí que sea mala persona o no, si no se comporta como tal?

Ya, quizá me esté pasando de frenada con el conductismo. Es que el conductismo es mi vicio. Me pierde, me embriaga. Me lo esnifo sin medida, el conductismo. Por eso me gusta proponer, como recomendación general, urbi et orbi, ocuparnos menos en ser y más en hacer.

Por cierto que el tema también daría para componer una clasificación de las técnicas interpretativas o de los estilos de dirección. El actor que es, el actor que está y el actor que hace. Pero lo dejo para otro día. O para Mamet.

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