Teatro, circo y animales.

Enrique R. del Portal

No me gustan las corridas de toros. Aunque admiro la apostura y chulería del torero (no así la del picador) que embutido en su traje de luces se amanera frente a la res, jugándose la vida. Y creo que ese baile del capote burlando al toro y rozando el albero, tiene algo de atávico que no se puede obviar. Pero me produce una lástima infinita el sufrimiento del animal, asaetado por puyas, pinchos y espadas. No puedo ver el espectáculo de su agonía.

Por otra parte, me encanta el cochinillo asado. Algo sencillamente delicioso que acostumbro a disfrutar en ocasiones, llegando a desplazarme con la familia al segoviano Mesón José Luis, donde lo preparan de forma espectacular. Estos dos hechos, que aparentemente no tienen conexión entre sí, vienen dándome que pensar en las últimas charlas en las que he participado a cerca de la crueldad con los animales, y más específicamente de la conveniencia o no de prohibir espectáculos como la Fiesta Nacional, que algunos pioneros en esta iniciativa, como el Gobierno Catalán, utilizaron como arma política de forma sesgada y mezquina, porque si admitimos que el toro sufre en la plaza, deberíamos ser consecuentes con los animales que se utilizan para solaz de los pueblos en fiestas, torturándolos de formas diversas por las calles o en los puertos de mar.

El caso es que en estas discusiones de taurinos y anti-taurinos, pro-animalistas y carnívoros, me sitúo, por indecisión, en una postura en la que no me veo con suficiente información como para elegir un bando.

Algunos, posiblemente los más consecuentes con sus principios, abogan por unos derechos universales de los animales, defendiendo la causa del vegetarianismo y aún del veganismo. Pero no puedo estar de acuerdo con ellos, aunque respete su postura, obviamente. Porque olvidan algo tan sencillo como mostrar la dentadura cuando se miran al espejo, para mostrar ese buen par de caninos que constatan nuestra condición de omnívoros. Es de sobra conocido, el problema que tiene el hombre moderno, que al aprender a cocinar sus alimentos, perdió tamaño de la mandíbula pero no de las piezas dentales. Problema con nombres y apellidos; muelas del juicio.

Ahora bien, tocando el tema de los derechos de los animales, es cuando entramos en la cuestión que más ampollas levanta entre los polemistas. Toni Cantó, político muy comentado por sus polémicas declaraciones a través de redes sociales, mantuvo la idea en una discusión acerca de esto en el Congreso de los Diputados, de que los animales no tienen derechos, y es el hombre el que tiene ciertas obligaciones para con ellos, como seres valiosos que son.

Contaba con el razonamiento del célebre filósofo donostiarra Fernando Savater, pero hay quienes lo matizan, y no faltos de argumentos, como es el caso de Adela Cortina, catedrática de Ética y Filosofía Política de la Universidad de Valencia.

Suscribo la tesis de que el animal no tiene derechos, al menos no como lo pueda tener el hombre, al que se le reconocen, y no otorgan, unos derechos que se suponen anteriores al legislador. Y me atrevo a ampliarla con lo que a nuestro medio ambiente se refiere. Y por dos razones: primero porque pienso que los animales no tienen algo parecido en el contexto natural, ya que esto llevaría a ideas tan absurdas como el derecho de la gacela a no ser devorada por el león. Y segundo porque la lógica de dotar de derechos a seres que no tienen conciencia de una moral ni obligaciones éticas, llevada a sus últimas consecuencias, podría suponer que esos derechos fueran extensivos a los atunes, a los murciélagos, a las cucarachas y, por qué no, a los virus, bacterias o más allá, a los montes o a los árboles.

No podemos olvidar en esta cuestión, que la utilización de los animales es muy probablemente una de las condiciones que posibilitan la condición humana. Los hemos criado, cazado, nos alimentamos con su carne y nos vestimos con su piel, nos dieron calor y fuerza, compañía y colaboración. Los hemos utilizado como entretenimiento, como arma, los hemos convertido en actores de teatro, disfrazados de humanos y en estrellas de cine, y han sido los primeros en comprobar y sufrir medicamentos y sustancias que luego nos han servido y mejorado nuestra calidad de vida.

La gran pregunta es: ¿Tiene la utilización de los animales como recurso calidad moral? Habrá quienes piensen que es una cuestión de grado, y que infligir sufrimiento de forma innecesaria es cruel, y por tanto roza lo inmoral. Pero ¿qué es lo verdaderamente necesario? Yo puedo sustituir mi ración de cochinillo asado por legumbres cocidas y algo de fruta. Tengo esa opción, que ahorraría sufrimiento al pequeño cerdo. Puedo elegir. Pero de ahí a pensar que mi elección hará de mí alguien más o menos reprobable, moralmente hablando, hay un buen trecho, al menos yo lo veo largo.

La caza, los espectáculos circenses, los zoológicos, son ejemplos de la polarizada relación que tenemos con los animales, pudiendo llegar a casos extremos en ambos sentidos, como los indignantes ceniceros hechos con manos de gorila, o la absurda y lenta muerte del tiburón a causa de unos gramos de cartílago en su aleta, por un lado, y la no menos peculiar formación de un partido político, con la única premisa de la defensa de los derechos animales, o las declaraciones del autor judío Isaac Bashevis Singer, Premio Nobel de Literatura en 1978, "En relación con los animales, todas las personas son nazis; para los animales es un eterno Treblinka”, por otro.

Coincido plenamente con Savater, cuando señala que la moral no puede ser dictada en los parlamentos ni foros políticos. No es su naturaleza ni su labor. Pero también me preocupa la idea de utilizar indiscriminadamente la vida de los animales de forma frívola y bajo un prisma exclusivamente estético. Creo que la vida hay que respetarla, incluso cuando se acaba con ella, haciendo lógico, sostenible y amable en la medida de lo posible, el uso que hagamos de la naturaleza que nos rodea. Pero no he utilizado la palabra humano a propósito, porque creo que es eso precisamente lo que nos ha hecho y nos hace humanos, utilizar lo que nos rodea en nuestro provecho. Si no hubiéramos cazado mamuts y cocinado carne, no seríamos lo que somos. Pero esto no es óbice para que debamos respetar nuestro planeta. Aunque sólo fuera por el interés que nos va en ello.

Cierto es que fue la astucia de Ariadna la que sacó a Teseo del laberinto, pero fueron los puños de éste los que acabaron con el Minotauro.

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