Valladolid: Primera parada de “La Bella y la Bestia”

Cuando salí a pasear la primera vez que tuve ocasión, entre ensayo y ensayo, por las calles de esta bella ciudad lo primero que me sorprendió es lo abierta que es la gente que aquí vive. Esto es debido al prejuicio que un servidor tenía respecto al carácter de los castellanos, recio, directo, franco. Seguramente guiado por mi imaginario, pues toda referencia que tenía de la ciudad era a través de la literatura, esperaba un lugar mucho más austero en cuanto a cercanía y calidez de sus gentes.

Nada más lejos de la realidad. Enseguida me di cuenta de la cercanía con la que los pucelanos tratan a todo aquel que viene de otro lugar y la imperiosa necesidad que estas gentes muestran para hacerle sentir a uno como si estuviera en su casa. Si esto lo contrastas con el imponente aspecto de una ciudad que en su momento fue capital de España, la combinación es de auténtica novelería.

Este lugar fue cuna en 1.527 de Felipe II , el “Rey prudente”, poseedor de un imperio que abarcaba posesiones en los cinco continentes, convirtiéndose así en el primer imperio global de la historia. Resalta en el palacio donde nació el monarca, situado a un paso de la impresionante Iglesia de San Pablo y del interesantísimo Museo Nacional de Escultura, una ventana justo en el vértice del muro de su fachada principal y el muro de la izquierda si uno se sitúa en frente del edificio. Este curioso detalle no se trata de ninguna innovación arquitectónica de la época, sino que se decidió construir para evitar que las dos poderosas diócesis que justo en el palacio lindaban, no pudieran reclamar titularidad alguna sobre el nacimiento del futuro monarca, por lo que se decidió hacer una ventana lateral para presentar al heredero justo en la frontera donde lindan ambas diócesis.

Pero para mí, el auténtico tesoro de este lugar, al margen de su gastronomía a la que haré referencia más tarde, es el legado dejado por los ilustres escritores que o bien nacieron aquí o bien vivieron en esta ciudad a orillas del río Pisuerga. Así pues, se puede visitar la Casa Museo Cervantes, donde el escritor vivió siendo él recaudador de impuestos para la corte del Rey Felipe III que durante cinco años (1601-1606) trasladó su corte a Valladolid.
Impresionante también es el Auditorio Miguel Delibes, erigido en honor del autor de “Cinco horas con Mario” o “Los santos inocentes”, por citar algunas de sus obras, nacido en Valladolid, que además de ser un imponente auditorio es sede de la ESADE, la Escuela Superior de Artes Escénicas, que por sus instalaciones y la preparación de sus personal docente la hacen estar entre lo más aconsejable para aquellos que decidan encaminar sus pasos hacia el Teatro.

Pero sin duda, lo que para mí tiene más valor sentimental, es el haber visitado la Casa Museo José Zorrilla, lugar de nacimiento del autor y residencia del mismo en diferentes etapas de su vida. La razón de su valor sentimental para mí es por el hecho de que fue representando a Don Juan Tenorio como conocía Celia, mi compañera, que encarnaba a una genial y humanísima Doña Inés.

La casa se mantiene prácticamente intacta al paso de los años. El mobiliario es el original. Es absolutamente conmovedor detenerse ante la cama en donde un 21 de Febrero de 1.817 nació el inmortal autor del Tenorio. En la casa también se encuentra la mesa donde Zorrilla escribió todas sus obras y con la que cargaba allá donde viajara pues la inquieta necesidad de conocimiento le llevó a viajara por todo el mundo, eso sí, con su mesa y su silla como si de ellas dependiera gran parte de su inspiración. Precisamente es esa misma silla el autor murió, en Madrid, repentinamente a los 75 años. Es igualmente impresionante la mascarilla funeraria del autor que se expone en una de las estancias de la casa, obra del escultor Aurelio Rodríguez-Vicente Carretero y que se utilizó para la realización del monumento al poeta sito en la plaza de Zorrilla de Valladolid. Como curiosidad diré que en dicho molde aún quedan restos orgánicos de José Zorrilla, como por ejemplo algunos pelos de su bigote y su característica barba. Debo agradecer, además, la hospitalidad que la guía de la casa museo José Zorrilla, Ana, y la directora del mismo, Ángeles, me dispensaron en la visita guiada, personas que por su dedicación al cuidado de la memoria del genial autor pucelano, participan activamente en la divulgación y perduración de su legado. Gracias, espero volver como les dije a las jornadas que cada noviembre se organizan en el magnífico jardín de la casa museo.

Y como no podía ser de otra manera, un lugar con semejante bagaje cultural tenía que ser a la fuerza un edén para los amantes del paladar. Valladolid, capital de la tapa, es poseedora de un sinfín de restaurantes especializados en elaborar lo más elevado de la pequeña alta cocina. Cierto es que Valladolid seguirá siendo conocido por su plato más popular que no es otro que el lechazo al horno, que tuve ocasión de comerlo en el que dicen que posiblemente sea el mejor rincón de la ciudad en su elaboración, “El Figón de Recoletos”, y que tiene restaurantes de mesa y cuchara tan imponentes y de tan alta calidad como el restaurante “Miguel Ángel”, sin embargo la tapa parece el auténtico “leitmotiv” de una ciudad llena de vida en sus calles cuyas gentes saben apreciar con buen criterio la buena elaboración y la calidad de estos pequeños manjares. En ese aspecto uno puede decidir según sus posibilidades entre acudir a lugares como la Abadía, que este año ganó el premio a la mejor tapa por una exquisitez llamada “La dama de blanco vestida de negro”, una elaboradísima pequeña hamburguesa de sépia en un panecillo negro con tinta de calamar y espuma de nata y “all i oli” o una tasca al más puro estilo castellano como la taberna Calderón, lugar de recogida para la gente del teatro con una excelente cocina popular. Aquel que acuda a este lugar no debe perder la ocasión de probar los deliciosos callos que elaboran en el mismo establecimiento y las costillas adobadas así como el lomo de orza.

El vino es otro de los tesoros de esta ciudad. En Valladolid lucen orgullosos su condición geográfica, y no es para menos, pues esta gente privilegiada está en el epicentro de una de las más renombradas zonas vinícolas de España y hasta del mundo: La ribera del Duero. No es difícil encontrar bodegas y tascas que ofrecen al público sus excelentes caldos. Así es muy sencillo adentrarse en el maravilloso mundo del vino gracias a las catas que se organizan en muchos locales de la ciudad.

La suma de todo este jolgorio gastronómico la vivimos en primera persona la gente que integramos la compañía de “La Bella y la Bestia” al ser invitados por la Escuela Internacional de Cocina de Valladolid para aprender a elaborar tapas. Lo interesante de dicho evento no era sólo el simple hecho gastronómico de la elaboración sino que estos maestros de la cocina se adentraban en la historia de la gastronomía, que, dicho sea de paso, ayuda a entender un poco nuestra propia historia, quienes somos y por qué en España tiene un valor tan alto aquello que tiene que entrar por la boca.

Para el final dejo el trato exquisito que el personal del Teatro Calderón ha tenido con nosotros durante este mes. La verdad es que era impensable un marco mejor para el pistoletazo de salida de “La Bella y la Bestia”: un musical con tanta magia necesita un teatro de ensueño y sin duda, éste, el Teatro Calderón, imponente, bello a rabiar, lo es.

Debo decir algo, este repaso por la ciudad del Pisuerga no habría sido igual sin dos anfitriones de excepción, el primero son aquellos que convirtieron nuestra estancia en una delicia, es decir, el personal del Hotel Atrio con Francisco, el director a su cabeza. El segundo me hizo conocer en profundidad una ciudad a la que nadie debería dejar de venir al menos una vez en la vida y que no es otro que mi amigo y director del precioso Teatro Zorrilla, Alain Cornejo (El lechazo del Figón será inolvidable)

Saludos de una Bestia de gira.

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