Al pan bread y al vino wine

Enrique R. del Portal

He tenido la suerte, o quizá desgracia, no sé cómo definirlo… dejémoslo en circunstancia, de crecer en un ambiente de teatro musical. Ya sabéis, que en casa siempre estaba rodeado de zarzuela, de ópera y de operetas. Que con apenas seis o siete añitos, jugaba entre los cables de los micrófonos en los que mi padre estaba grabando "Doña Francisquita", con su adorado, corrijo, nuestro adorado, Alfredo Kraus.

Así que desde muy niño, estuve familiarizado con ese fantástico ambiente de decorados pintados, olor a serrín (los teatros ya no huelen así) y estructuras escénicas con esqueleto de remas. Terminé haciendo mi profesión de lo que siempre había visto en casa. Quizá no tuve elección, o muy posiblemente reconocí en este mundo uno de los mejores posibles para invertir una vida en él. Y he ido viendo en primera persona muchos avances del teatro; las estupendas producciones en las que he tenido la suerte de participar del Teatro de la Zarzuela, varios musicales de gran formato… Y es en el musical, en el que ahora me veo inmerso; bueno, en este preciso momento no; recién terminada la gira de "La Bella y la Bestia", los proyectos me están llevando por otros derroteros.

Pero no quisiera dispersarme; es del musical de lo que me gustaría hablar. Es innegable, que ha ocupado una parcela importantísima de la vida teatral española. La cartelera se ha llenado de grandes espectáculos, de títulos clásicos de Broadway o West End, y se ha creado un público y una cultura, en la que el espectáculo anglosajón es el sancta-sanctorum.

No me parece para nada mal que hayamos adoptado esta costumbre, aunque sí echo de menos que haya habido una conexión, un puente entre el teatro musical español, que se consumía de manera habitual hasta finales del siglo XX, y esta expresión artística que está dominando los escenarios los últimos veinte años. Así, se está dando el caso, de jóvenes aficionados al teatro musical e incluso intérpretes que conocen más sobre la obra de Sondheim que sobre la de Alonso. Y es absolutamente normal, incluso podríamos pensar que lógico.

Las grandes productoras teatrales invierten importantísimas cantidades en producir un espectáculo, con lo que quieren ofrecer al público, los títulos que se barajan en los teatros musicales del mundo. Es obvio que, a día de hoy, sería financieramente peligroso intentar competir con los títulos que hay en la Gran Vía con, por ejemplo, "La Corte de Faraón".

Pero me gustaría, y aquí es donde está el meollo de la cuestión, que aunque participemos en estos espectáculos, aunque seamos actores/cantantes de musical, y aunque nuestro sueño sea ver nuestro nombre rodeado de luces de neón en el Teatro Apollo de Nueva York, no perdamos el norte de quienes somos. En cierta ocasión, representando un musical famoso en todo el mundo, la empresa que lo producía había contratado los servicios del equipo creativo original, que se encargaba de montarlo en Madrid con los artistas que íbamos a estrenarlo. Recién empezados los ensayos en el madrileño Teatro Lope de Vega, una tarde nos encontramos la tablilla, con los horarios del día siguiente, escrita íntegramente en inglés.

Entiendo que había que mantener cierta cortesía con el equipo inglés (que por cierto no guardaba con nosotros) pero aquello me pareció del todo absurdo, y me quejé de lo que yo consideraba una falta de educación, de comunicación, y lo que es peor, de sentido común.

Aquello se suplió al momento, afortunadamente. Y conste que soy de los que me gusta hablar con los directores en su idioma, aunque mi inglés no sea todo lo bueno que debería. Pero me parece que podemos presumir de un idioma y una tradición teatral con el suficiente peso específico para no caer en este tipo de cosas.

Durante este tiempo, me he ido encontrando con que ya no nos preparamos tomando clases de canto o interpretación, sino que recibimos coaching o training. El conocimiento de nuestra voz y nuestra garganta no es foniatría u ortofonía, sino voice craft. Los empresarios y directores no convocan audiciones, sino castings, y si vuelven a citarte en una segunda ronda, te llaman para el call-back, como su propio nombre indica.

Una vez que te contratan, ya no formas parte de un reparto, sino de un cast. Si te dan un personaje, eres un principal, y si estás en el coro, perteneces al ensemble. Te citan para distintos ensayos, la italiana es sitz prove y los de posiciones en el escenario son put-ins. Cuando descansamos entre ensayos o entre escenas no nos dejan un cuarto de descanso sino una Green room. Y a punto de estrenar nuestra función, aún tendremos que hacer varios ¿pre-estrenos?, no. pre-views.

Y así es como estamos, tontos de remate. Me ha tocado discutir con algún compañero, explicándole que para todo eso había un término en español/castellano que lo definía perfectamente. Porque no se utiliza el inglés, en este caso, porque sea necesario el neologismo, sino por una especie de intoxicación que están sufriendo determinado tipo de profesionales, generalmente desconocedores de la tradición teatral de la que vienen. Pero claro, a algo hay que agarrarse. Es sencillamente apariencia, porque “mola”.

Confieso que me gusta en rock´n´roll, las hamburguesas, la Coca Cola y los musicales de Broadway, entre otras muchas cosas, pero creo saber quién soy, y me he molestado en curiosear en la historia, lo suficiente como para saber que la Gran Vía, fue un glorioso escaparate teatral mucho antes de que esta generación, que cree haber inventado el teatro, naciera. No hay nada más estúpido que enmascarar la ignorancia con más ignorancia, e intentar ponerte un disfraz que no te vale.

Así que apaguemos las diablas, cerremos el escotillón, subamos el bambalinón hasta el peine, soltemos la larga y fijemos las varas. Alarguemos las patas a la alemana, que llega la luz de la chácena y además aforamos, ¡caramba!

Sentémonos en el palco de alcahueta y disfrutemos de la función.

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