Alicia Keys

Nancho Novo

A un servidor, con todos los respetos, no le dicen nada las banderas, ni los himnos. En general, las afectaciones patrióticas me son ajenas. Tal vez porque el concepto Patria, en mi educación, iba cosido a otros como Franco, toma cate en la cabeza, Dios, reza el rosario a todas horas, Yugos y Flechas, desfila con la OJE disfrazado de paramilitar, España Una Grande y Libre, censura y represión…

Respeto a quien albergue sentimientos patrios arraigados en la misma medida que proclamo mi propio desarraigo. Sinceramente, no me conmueve la Roja y Gualda, ni la Senyera, ni la Ikurriña, ni siquiera la gallega. No me siento representado. Las banderas mandan gentes a las guerras, amparan monopolios de poder y, en muchas ocasiones, como en el fútbol, embozan a sujetos impresentables.

Sin embargo, no me pasa lo mismo con los himnos. Algunos me emocionan, independientemente del país al que representen. No se incluye en esta selección de greatest hits el español, se siente, que era una marcha de granaderos, y no de los que venden fruta, de lo más ratonera y, por las mismas razones antes expuestas, me produce una cierta inquietud: durante muchos años ha sido patrimonio de unos cuantos entre los que no me cuento.

Me abstraigo de las letras, no me interesan, todas hablan de lo bella que es la patria y que debemos defenderla contra los enemigos, excepto el himno de España que opta por un contenido más eurovisivo: Lo lo lo lololololololo lo lo lo loló. Ya una vez ganamos ese inefable concurso con el La la lá y ahora ganamos mundiales con el Lo lo ló.

Pero me despisto; letras aparte, me gusta el himno ruso, el alemán, el inglés, el escocés muchísimo… no sé, no los conozco todos evidentemente.

Pero hay uno, que sin ser especialmente bello, y perteneciendo a un país que no me cae especialmente bien, me pone los pelos de punta dependiendo de quién lo interprete. Es el himno americano. Los yankis saben conjugar el sentido del espectáculo con todo, hasta con aquello que para ellos es más sagrado: el himno.

La noche de la Superbowl, escuchando a Alicia Keys interpretar el "Star-Spangled Banner", sentada al piano, con arreglo de jazz y voz de soul, viendo a esos pedazos de tiacos que juegan al fútbol americano, que cada uno de ellos come dos niños creciditos para desayunar, llorando como magdalenas, tengo que reconocer que se me saltó hasta una lagrimita. Qué cabrones, estos yankis, cómo nos lo venden todo.

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