Andinho el desalmado

Ignasi Vidal

El sol golpeaba con fuerza contra el parabrisas. Llevaba casi tres horas de viaje y estaba a punto de llegar a mi destino cuando pestañeé de manera más intensa que de costumbre.
No es que estuviera durmiéndome al volante, pero lo cierto es que empezaba a sentir el cansancio de la atenta conducción con la única compañía de Roy Orbison.

Cerca de una rotonda, en la N125, un rótulo anunciaba la localidad de Lagos, pequeño y agradable enclave en el Algarbe Portugués, lugar en el que había decidido pasar unos días perdido, con el único y ansiado objetivo de escribir sin interrupción por las mañanas (aún no sabía muy bien el qué) y leer sin distracción por las tardes la apasionante biografía de Chaves Nogales sobre Belmonte, titulada “Juan Belmonte, matador de toros”, recostado en una tumbona de la playa cuando las sombras ganan terreno a los inclementes rayos del sol y oscurecen el dorado manto de las arenas.

De hecho llegué a pensar en dejar el teléfono en Madrid y evadirme así de las llamadas indiscretas y de las no indiscretas. A estas alturas cualquiera de las dos modalidades de llamadas me molestan casi tanto como la vecinita de dieciséis años y su obsesión musical con Lady Gaga (Espero que pronto descubra el camelo y nos deje a todos en paz). Finalmente, pensando en mi madre y en su lógica preocupación maternal decidí llevármelo.

Giré, pues, en la rotonda a la derecha en dirección a Lagos. Sonaba en los altavoces del coche la bellísima canción de Orbison, “Hound Dog Man” cuando me asaltó el pensamiento de que nada podía estropear un momento como ese, con un tema como ese, en un día como ese y eso me hizo sentirme solitariamente feliz, que es la mejor manera de sentirse feliz.

Como dice Tom Waits en su tema “Better off without a wife”: “Selfish about my privacy, as long as I can be with me, we get along so well with me I can’t believe”. Pero me equivoqué. Justo delante de mí, un Seat Alhambra con matrícula española frenaba en seco, cosa que hizo que yo hiciera lo propio para no estamparme contra su trasera. En un primer momento maldije el día en que nació el tipo que conducía el Seat Alhambra, sentado en mi asiento, al volante, con los huevos por amígdalas. Entonces, puse en pausa el cd y escuché lo que era un grito agudo infinito de dolor. Enseguida entendí que no se trataba de un quejido humano, sino del de un animal. Bajé del coche y me dirigí al tumulto, que en cuestión de segundos, se había formado frente al Seat Alhambra.

Efectivamente, el conductor del Alhambra había arrollado a un perro que andaba suelto, abandonado y despistado por ese tramo de carretera. Los gritos iban disminuyendo conforme el animal se desangraba. Con el parachoques del auto le había golpeado en la parte trasera del cuerpo con la suficiente contundencia como para causarle una gran herida por donde no paraba de manar la sangre de manera abundante. Era una fuente de aguas rojas por donde se escapa la vida. Una mujer y un hombre trataban de ayudar al infortunado animal (debería ser una mezcla de labrador con algún tipo de pastor belga, aunque es absurdo que trate de clasificarlo porque no tengo ni idea de perros) a transitar con dulzura los últimos minutos de vida que le restaban. Ambos, empapados con la sangre del moribundo perro, le socorrían con delicadeza a base de caricias y suaves palabras cariñosas, que en portugués suenan infinitamente más humanas y cercanas que en nuestra cervantina lengua. Me fijé también en que el piadoso hombre sujetaba un palo grueso que el can mordía, ayudándole así a soportar el dolor, que sin duda, a tenor de los aullidos, que iban ya apagándose, salían de su perruna garganta. La mujer, lloraba mientras se dibujaba una maternal sonrisa en su rostro. El hombre aguantaba estoicamente el tipo con mezcla de gesto espartano y de misionero auxiliador.

Mientras tanto, el conductor del Seat Alhambra, hablaba con unos y con otros tratando de disculpar su involuntario y desgraciado atropello. Prácticamente nadie, excepto yo le entendía, pues hablaba un español con mucho acento del sur y aquella gente, que allí se agolpaba, eran portugueses de pura cepa. Aunque algunos lo crean, el portugués y el español no son tan parecidos y menos en esas circunstancias. De todas formas, no tenía intención de entablar ningún tipo de comunicación con ningún ser humano que hablara mi lengua y menos con un atropellador exaltado.

El conductor del Seat Alhambra, como decía, trataba de justificar el accidente.

En verdad poco pudo hacer. Si un perro se te cruza en la carretera, ¿qué carajo puedes hacer?, decía una y otra vez el hombre, que por cierto llevaba el coche cargado con su familia. La que imagino que sería su mujer y que iba sentada en el asiento del copiloto trataba de consolar a los horrorizados niños que iban sentados atrás, llorando ante el trágico suceso, con estúpidas explicaciones sobre Dios y el cielo y qué sé yo qué paridas más. Alguien tendría que decirles que Dios es así de cabrón y que no tiene miramientos a la hora de hacer sufrir al personal. A lo mejor, a la larga, les evitaría futuros sufrimientos innecesarios sobre el por qué de las cosas. De todas formas no era el momento.

El perro miraba con ojos asustados, casi sin fuerzas, a aquella madre inesperada que le acariciaba con lágrimas disimuladas y al espartano caballero que le sostenía el palo que apenas podía ya morder.

Entonces escuché a un señor que, en portugués, y dentro de lo que yo podía comprenderle, le explicaba a otro hombre que aquel perro era de un tal Andinho.

Por lo visto, el ínclito Andinho, le había regalado el perro, hacía cosa de ocho meses a su hijo de siete años. La cosa nunca fue bien porque el perro siempre se escapaba y eso causaba problemas a sus dueños. Hace una semana, por lo visto, Andinho le preguntó a su vecina si podía quedarse unos días con el perro mientras él y su familia iban de viaje a Londres. Ante la negativa de la señora, no le quedó alternativa (tiene huevos) y lo llevó a la montaña, al interior donde lo abandonó. Si al volver lo encontraba en la zona donde lo había dejado, el perro volvería al hogar familiar y si no, se olvidarían de él. Tal cual, decía ese señor, Andinho se lo había contado a él.

Pero a veces ocurre que los animales tienen un sentido de la lealtad mucho más afinado que el nuestro, incluso si el objeto a ser leal es un tipo tan hijo de mil putas como el tal Andinho. Y ese sentido mezclado con un instinto preciso y una aguda inteligencia, hizo que el perro, tras días perdido en la montaña encontrara el camino de vuelta al hogar, lo que para él significó además, su tumba.

El perro languideció en cuestión de segundos y su espíritu se fue a mejor vida.

Retiraron su cuerpo de la carretera.

El Seat Alhambra continuó su camino y yo llegué a mi apartamento en Lagos.

Al segundo día de estar allí me di cuenta de que no escribiría nada. La musa de la inspiración no vendría a envolverme en sus cálidos brazos para insuflarme ingenio e imaginación (aunque mi agente siempre me diga que tenga paciencia porque nunca se sabe cuando va a venir. Yo estaba convencido de que esa pequeña estafadora no pasaría a verme en esos días). En mi cabeza sólo estaba la imagen de aquel pobre animal tendido en el suelo. Es terrible porque tengo la manía, ante el sufrimiento ajeno, como el de aquel perro, de sustituir la imagen sufridora y poner en su lugar la de mis seres queridos. Eso es una mierda, me revuelve por dentro. Cabreado ante mi falta de inspiración para escribir, que sólo calmaba la lectura de la fabulosa biografía de Belmonte, me planteé buscar la vivienda del tal Andinho, esperar a que llegara de Londres y darle un puñetazo en la mandíbula. Por suerte, con el paso de los días, la razón desplazó mis atávicos impulsos, tan primitivos y sin sentido que me hacen sentir vergüenza de mí mismo y colocaron las cosas en el lugar del sentido común.

La vida no se puede cambiar a leches y yo no escribí ni una coma.

Eso sí, acabé la biografía de Chaves Nogales, en la que por cierto, un matador de toros, posiblemente el más grande de todos los tiempos, Juan Belmonte, hablaba con un respeto y un amor para con los animales con los que se medía en la plaza y que a punto estuvieron de acabar con su vida en unas cuantas ocasiones, que estremecería al más hierático de los mortales. Tal vez hasta al cabronazo de Andinho, quién sabe.

Si alguien le ve por Londres o por su casa en Lagos, que le pregunte, de mi parte, si sabe cómo suena el grito de un perro muriéndose, sólo y abandonado.

Dijeron aquellos hombres que se llama Andinho. Yo le recordaré como “Andinho el desalmado” pero por lo visto todavía hay muchos Andinhos por esos mundos de Dios que abandonan a su perro por unos cuantos días de relax.

Salud amigos.

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