Confieso que he cantado

Enrique R. del Portal

En la temporada 2011-2012, mientras interpretábamos  Los Miserables en el BTM de Barcelona, mantenía charlas muy interesantes con mi compañero-amigo-alumno Álvaro Puertas.  En el trayecto que nos llevaba  desde nuestros respectivos apartamentos al teatro dónde cantábamos, recorriendo casi toda la Gran Vía Barcelonesa o la Ronda Litoral, conversábamos, criticábamos y solíamos, no arreglar el mundo, pero sí nuestra maltrecha profesión de actores cantantes.

Entre esos diálogos de presuntos eruditos que nos creíamos, recuerdo una pregunta que me llamó especialmente la atención, y que me obligó a meditar a fondo sobre mi trabajo; ¿Qué define exactamente a un buen cantante? Y, claro, se me ocurrían varias respuestas alternativas e incluso contradictorias, pero todas con algún argumento interesante.

Evidentemente no podemos comparar a José Menese con Rockwell Blake, a Glenn Hughes con Gene Pintey o a Concha Piquer con Gerónimo Rauch, pero en la búsqueda de qué hay en común entre ellos, y qué los define como buenos cantantes, es donde creo que se encontraba la respuesta. O al menos una aproximación a ella.

Cantar es un acto cultural, artístico y estético (a veces incluso religioso), pero también técnico y profesional, al fin y al cabo, como todas las actividades creativas. Requiere una predisposición, un talento, un alma creativa y a la vez, un conocimiento del instrumento humano, de su funcionamiento, sus posibilidades y limitaciones. Esto no quiere decir que no se den casos, a menudo, de grandes cantantes  que no han tenido una formación académica sólida. O al contrario; he conocido muy buenos intérpretes con una gran técnica y muy buena reputación,  que no tenían un carácter ni muy artístico ni muy creativo. A veces ni carácter.

Pero claro, como en todos los aspectos de la vida In medio virtus. Sin embargo, teniendo al cantante completo, preparado técnica y teóricamente, artista y honesto en su planteamiento estético, me encontré que eso no nos garantizaba que todo el mundo gustase de sus actuaciones, porque, claro, no podemos obviar que sobre gustos no hay nada escrito; o como decía Don Camilo José Cela, si hay mucho escrito pero pocos lo han leído.

Así que me encontraba intentando establecer un criterio en el que todos estuvieran de acuerdo. Un principio cartesiano del que nadie dudase. A lo que había que añadir, o más bien matizar, que hablábamos de un cantante que, como en nuestro caso, se dedicase al teatro musical. Valor añadido puesto que además de las dificultades cantoras, debe defender un personaje en su faceta dramática. Pero de esto hablaré más adelante.

Pensé en lo que tradicionalmente se considera un  “cantante malo” (aunque hay muchas más características que lo definen, y un buen cantante puede gallear en alguna ocasión); aquel que gallea con frecuencia. El gallo, para el que no lo sepa, es ese característico sonido que se produce cuando, por causas ajenas al deseo del  cantante, las cuerdas vocales sufren de manera involuntaria un brusco cambio en su forma de cerrarse, que puede ser fruto del exceso de tensión muscular o incluso de relajación,  y la nota que se está cantando se dispara hasta casi octavarse.  Pues bien, esto me dio una pista; si lo-que-sucede-sin-que-yo-lo-quiera, es lo que define un “mal cantante”, quizá el “buen cantante” es el que hace que suceda-lo-que-yo-quiero, el que ejecuta una obra exactamente como tiene planeado hacerla.

Seguramente esto sólo es un comienzo, pero nos pone en un camino que creo muy interesante. Y es que como todo artesano, el cantante debería tener un plan, un guión anterior a la ejecución.  Plan que debe contar con un mapa de la obra, en el  que tengamos siempre presentes las dificultades y características de la pieza a interpretar.  Y esto me parece aplicable a cualquier estilo.

Ya tenemos un primer dato objetivo que nos ayude a buscar esa tierra de nadie, en la que podamos diluir el gusto personal. Sé que es prácticamente imposible, pero sería ideal reconocer cuando un artista es “bueno” (con toda la imprecisión que el término conlleva) aunque no fuera de nuestro gusto personal. Eso sería un gran paso adelante.

Comentaba que además de cantar, nuestro oficio era el del teatro musical, con lo que teníamos la dificultad añadida del personaje, de la parte dramática, y casi siempre, del texto hablado. Esto seguramente daría tema para otro post, o para varios, aunque yo me centraré en que la interpretación de una canción, o una romanza o un aria, debe estar, evidentemente, supeditada al carácter del personaje que la interpreta. Pero éste carácter no viene dado por una realidad teatral, y mucho menos de rasgo naturalista, sino que viene dada por el estilo que imprime el autor a su música. Así, los códigos estéticos de Haendel, Puccini, Barbieri, o Lloyd Weber serán muy diferentes, y habrá que conocerlos y dominarlos para que un personaje en cualquiera de sus obras se nos haga verosímil.

Esto no quiere decir que la interpretación actoral deba  degradarse a un segundo término. No nos valdría, o no nos debería valer, un magnífico cantante que interpretase de manera excelsa sólo la parte cantada de su personaje, y que no pudiese expresar un mínimo de verdad cuando hablase, o con su presencia escénica. Puede parecer obvio, pero ocurre más frecuentemente de lo deseable.

Y tampoco al contrario; es de esperar que el actor que interprete un personaje en una obra musical, debe tener la formación, o los recursos, o la intuición necesarios para acometer la partitura con  cierta soltura. Algo que tampoco ocurre siempre en los repartos.

En estas disquisiciones estaba, cuando empezó a tomar forma la idea compartir la experiencia que yo había tenido todo este tiempo impartiendo clases de canto, aplicado específicamente al teatro musical. No creo, ni mucho menos, llegar a ser un maestro de canto como aquellos que me enseñaron a mí. Tengo la sensación de que cuanto más tiempo pasa, más queda por aprender. Y ¿cómo voy a tener yo la osadía de enseñar  a alguien? Con la cantidad de cosas que no he hecho. Y ahí estaba la clave; ¿y lo que  he hecho? Quizá lo que sí podía ofrecer era mi experiencia, lo que me encontrado durante todos estos años, y como me he enfrentado  a las vicisitudes de mi oficio.

Al fin y al cabo, una de las pocas cosas que puedo asegurar sin género de dudas, es que todo este tiempo mi  trabajo ha estado lleno de música. Son otros los que deberán juzgar si ha sido mejor o peor, más o menos apreciado por el público. Yo sólo puedo decir lo que, desde que tengo memoria, he hecho con más placer y satisfacción, lo que me ha proporcionado más felicidad y muchísimas cosas buenas en la vida, lo que siempre he hecho para recordar o mirar al futuro; he cantado. 

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