Resumen
Las cosas que sé que son verdad
Teatros del Canal de Madrid
Desde 30 de noviembre hasta 15 de diciembre de 2019
Intérpretes: Verónica Forqué, Julio Vélez, Pilar Gómez, Jorge Muriel, Borja Maestre y Candela Salguero
Texto: Andrew Bovell
Dirección: Julián Fuentes Reta
Adaptación y traducción: Jorge Muriel
Escenografía: Julián Fuentes Reta y Coro Bonsón
Iluminación: Irene Cantero
Música: Ana Villa y Juanjo Valmorisco
Diseño y fotografías: Javier Naval
Vestuario: Carmen 17
Ayudante de dirección: Angelina Mrakic
Dirección de producción: Nadia Corral
Producción ejecutiva: Fabián Ojeda
Coproducción: Octubre Producciones y Teatros del Canal
Con la colaboración de: Flower Power Producciones
Crítica de Javier Torres
«Las cosas que sé que son verdad» parece ya desde el título una cuestión, una pregunta, un planteamiento y ofrece una duda sobre las cosas que creemos o sabemos que son verdad.
La obra parecería así tratar de un tema metafísico o filosófico y no sé si es así o no. Pero lo que sí sé es lo que vi y fueron unas escenas familiares intensas, duras a veces, festivas otras, pero de gran carga emocional, de esas cargas de profundidad que a veces tienen o sueltan las familias y que son como bombas que van explotando o peor, que se van depositando en ese océano nuestro que es la propia existencia personal y compartida.
Esas cargas, hagan o no finalmente explosión, sabemos que son verdad y que están ahí, listas para reventar y que están ahí desde el principio del tiempo, de nuestro tiempo, desde hace tal vez 60 años o más, como en el caso de Bob y Frank o tal vez 40 ó 20 ó 30 años que son los que rondan la edad de nuestros protagonistas.
El Autor: Andrew Borrell
Andrew Borrell es el autor de esta obra sobre la familia. No es su única obra sobre el tema y, como en la anterior, está tratado con crudeza y ternura a un tiempo y en una dialéctica de opuestos, contrarios, luchas que en ocasiones pueden ser abrumadoras y que asoman al abismo de lo humano por su hondura y frialdad, especialmente cuando aborda algunos temas peliagudos, pero que no deja caer en el vacío al espectador sino que por ese juego de opuestos antitéticos, valga la redundancia, que conforman nuestras vidas y nuestras relaciones más íntimas, parecen resolverse como el continuo retorno de las estaciones y una por agotamiento o acabamiento deja paso a la siguiente.
La obra se desenvuelve, se desarrolla en el espacio de un pequeño jardín, un cuadrado perfecto, jardín familiar donde son y viven la familia protagonista compuesta por Bob y su esposa Frank y sus cuatro hijos, dos varones y dos hembras, al menos inicialmente, porque pronto esta armonía y simetría de géneros se romperá así como el espacio geométrico donde se encuentran.
El padre planta, cuida el jardín, y los hijos lo visitan, lo disfrutan y lo sufren. Parecería un idílico jardín familiar, un jardín primero, un edén y también como aquel con una sombra que se cierne sobre el mismo, un inmenso árbol que más amenaza que da sombra, un espacio listo para ser testigo de alguna tragedia a punto de consumarse, algún delirio, alguna rabia contenida, envidias, anhelos secos y como en aquél bíblico espacio primero, el sempiterno árbol símbolo de la desgracia, contra el que la mujer, la madre de esta historia descarga su ira, su frustración y contra el que se golpea, se da de cabezazos y lamenta desesperada.
Los actores de Las cosas que sé que son verdad
La obra apenas da respiro. Es una situación tras otras encadenadas. La magnífica interpretación de los actores hace que apenas tengas resuello para la siguiente escena que entra suave entre rosas y festivales comidas familiares pero que en un punto se desploma honda hacia un abismo en el que cada espectador ya ve si tiene o no dónde agarrarse porque reparten para todos los públicos.
Bob interpretado por Julio Vélez y Frank por Verónica Forqué están contenidos en ocasiones y explosivos en otras. Parecen combinar esa dura tensión familiar entre la imagen afable que se da y el magma volcánico que se lleva en el interior y que aprovecha un acontecimiento aquí o una circunstancia allá de alguno de los cuatro hijos para abrirse un poco a la superficie y desahogarse para volver más tarde a la calma y todo ello porque toda esa realidad tan intensa y emocionalmente cargada debe regresar a su ser como si fuera un destino, un karma, más patético que liberador.
Las situaciones que se viven son complejas y el abordaje intenso. Tal vez algo histriónico en algún momento pero es que llegar a tal intensidad requiere poner más carne y alma en el asador.
El jardín idílico pasa a ser un campo de batalla y hasta una sepultura de tierra removida y el árbol sobre el que se lamentaba parece ahora huir, elevarse ausente ya de cualquier alivio que pudiera ofrecer.
La obra destila, supura emociones que en ocasiones son maquilladas en el ambiente de la pesada rutina familiar de lo consabido y de los favores y gracias generosamente ofrecidos pero que no aguanta más cuando se rompe la foto familiar y los dramas y vivencias personales afloran, los deseos y anhelos, los errores.
La obra rompe porque ese espejo familiar se hace añicos, el vínculo especular es pura fantasía y lo que queda es un vidrio afilado que constriñe o está enfermo, infectado.
Lo que está claro es que esta obra no deja indiferente y quien más quien menos se ve concernido por los temas familiares que se tocan; desde una hija postadolescente que, en un viaje iniciático por Europa, se ve despechada por un joven guaperas que la deja rota; un hijo ambicioso que pretende medrar y despegar del criterio cauteloso paterno y se ve abocado a trapicheos y corrupciones o un hijo con una crisis de identidad de género que cree resuelta en su decisión de ser mujer, o una hija que en perpetua confrontación y rivalidad con su madre que la anula y la castra, decide reinventar su vida lejos de casa y de sus hijos o una pareja madura que dura y dura por los hijos, por la rutina, por la actividad diaria pero en la que una parte decide curarse en salud y dejar una puerta abierta al portazo que quizá tenga que dar, un adiós más como anhelo que como posibilidad.
La obra como buena tragedia griega familiar termina en un dramón. Algún miembro de este clan va a concitar todos los malos humores y va a reunir a todos los separados de nuevo, para el luctuoso evento. Esto sí que nos resulta familiar.
El Director: Julián Fuentes Reta
Julián Fuentes Reta nos ofrece en Las cosas que sé que son verdad un espacio escénico que contiene todo este magma en sus cuatro lados y que se mueve desde un idílico jardín a un inhóspito montículo de tierra en el que toda flor morirá y cuyo jardinero que en otro tiempo se esmeraba en tener nutrido y proteger de la lluvia y de las inclemencias aplastará con el peso de la muerte que todo lo lleva. Un espacio geométrico angular que se transmuta en cíclico como la vida y la muerte, como las estaciones, como los cuatro puntos cardinales y en el que giran y giran los personajes. Es un espacio cerrado y tóxico del núcleo familiar que parece abrirse en ese giro y multiplicarse.
La geometría del espectáculo es armoniosa. El cuadrado del jardín está inscrito en el círculo que forman los actores al moverse y hasta en ocasiones físicamente cuando se reúnen y se abrazan en mitad de aquel espacio geométrico. Pareciera la cuadratura del círculo o viceversa. Otro círculo alrededor del cual deambulan y giran los protagonistas dando vueltas y todavía un cuadrado más formado por las cuatro bandas de butacas que lo cierran y lo contienen todo.
Se diría que la tragedia griega se escenifica en un espacio renacentista.
Las cosas que sé que son verdad es una apuesta muy interesante, con múltiples influencias pero que no deja indiferente al público y que se representa hasta el 15 de diciembre en la Sala Roja de los Teatros del Canal.
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