Dylan y yo

Ignasi Vidal

Dicen que antes del sueño eterno, el silencio absoluto, el oscuro total, cuando nuestros sentidos van desconectándose hasta llevarnos a unos, al cielo, a otros al infierno, al limbo o simplemente la madre naturaleza nos diluye dentro de la inmensidad de la materia de la que están hechas todas las cosas del Universo, una selección de highlights de nuestra vida, con los mejores momentos, o los más significativos, se nos proyecta ante nuestra extasiada mirada como una película. El preludio del ocaso.

Es esta sin duda, una romántica manera de despedirse de la vida. Una elegante forma de decir “hasta luego, compadres. He sido un tipo inmensamente feliz. Sí, ya sé que a veces la cagué pero generalmente intenté no joder al prójimo e hice lo posible por ayudar a otros a estar mejor. Lo he pasado bien en general, no me voy a quejar. Perdono a los imbéciles que me jodieron, no supieron hacerlo mejor, y amo al resto. En fin, de tanto en tanto recordadme, porque yo no sé si podré recordarme a mí mismo. Prefiero pensar en otra cosa. Adiós”

Sin embargo, yo no estoy seguro de que en mi caso, de ser esta bella teoría cierta, la cosa se trate de un highlights de imágenes. Me inclino más por pensar que en la lanzadera del adiós eterno que ha de llevarme a quién sabe dónde, esa selección será una cuestión más bien sonora que visual. Al fin y al cabo creo que en la vida he tenido más oído que vista, por eso siempre me he guiado más por el sonido que por la imagen, o, al menos, me fío más de lo que mis oídos oyen que de lo que mis ojos ven.

El sonido, es música. El ruido también es una forma de música. Las palabras y hasta las imágenes lo son y para mí, la vida es música. Esa será mi esquela.

Que nadie tema, no estoy despidiéndome de nada, pero trato de encontrar el sentido a las últimas semanas de mi vida, en las que metido en el vaivén de la gira de los Miserables, me paso los días enteros escuchando a Dylan. En él encuentro una paz que no me la da ninguna otra cosa más en la vida. Bueno, sí, mi familia, pero en otro plano.

Dylan me ayuda a entender que soy muy insignificante y a la vez me hace dar gracias a lo que sea que esté por ahí, por haberme entregado a su eterna filosofía, condimentada a base de guitarras y armónicas. Con él me eduqué en la deseducación de una insolencia curiosa y furiosa, desafiante con lo que estaba establecido.

Por eso cuando me siento demasiado complacido por el tramposo elogio que nos acomoda, necesito escucharle y bañarme en su poética y cruda realidad que se transforma en la mía. Así pongo los pies en tierra.

Me preguntaba un compañero hace unos días ¿cómo es posible que un tipo que canta como tú tenga, como modelo a un tipo que canta tan mal como Dylan? Le contesté que no es cierto que Dylan cante mal, ya que nadie declama de una forma tan desafiante y a la vez tan bella como él, pero que en cualquier caso, yo siempre confié más en el “qué” que en el “cómo” y Dylan es más “qué” que “cómo”. Escuchar esa acústica y esa armónica en discos como “Bob Dylan”, “The Freewheelling”, “Antoher side of Bob dylan” y “The times they are a-changing”, me lleva a un estado de calma absoluta. Es un viaje a la libertad del alma que ninguna otra droga, por potente que sea, podría aportarme.

En su voz escucho la verdad. Una verdad de trovador eternamente cabreado con lo mezquino del mundo, pero cándido, generoso y amable con el que sufre dentro de él. Y como yo tengo esas dos caras que todo ser mundano tiene, la noble y también la mezquina, escuchar “In my time of dying”, por ejemplo, me pone un pie en el suelo y otro en lo esencialmente humano.

Así es mi vida desde que a los catorce o quince años descubría el mágico poder del fuego poderoso de la poesía de Dylan.

Allá por el año 1.989 le vi por primera vez en el Palacio de los Deportes de Barcelona. Aquel concierto fue un desastre. Duró treinta minutos. Dylan estaba muy enfadado con algo que no se sabe qué era. Cantó sin saludar y sin pausa entre canción y canción. Creo que era la gira del álbum “Oh Merci”. Se fue, sin despedirse y me quedé durante unos días como huérfano. Me negaba a creer que me hubiera hecho algo así, a mí, que había puesto mi vida a disposición de su música.

Con el tiempo entendí que escuchar a Dylan es quererle tal cual es y eso es un riesgo, porque él son sólo sus canciones y sus textos y todo lo demás, lo referente a lo convencional, la educación, la imagen y el saber estar se la trae al pairo. No es loable, pero es así y así lo acepté.

Al fin y al cabo, yo, sin ser un genio como lo es él, tenía una caprichosa imbecilidad que me llevó una vez, por ejemplo, siendo muy joven, a irme de la casa de una chica, que me gustaba mucho, al ver que tenía toda la pared de su habitación forrada de posters de Mecano. No quise saber nada de ella nunca más. Cosa de niños.

La cuestión es aceptar que todos, en realidad, somos el tuerto en el país de los ciegos, o simplemente que hacemos lo que podemos.

Cierto que aquel disgusto del concierto me tocó y unos años después, en los que no hacía otra cosa que escudriñar en su discografía con mi viejo amigo Jesús Gené, tuve que tomar la drástica decisión de dejar de escucharle, porque de haber tenido dos vidas una se la habría entregado completamente a él, pero por suerte o por desgracia sólo tenemos una, y aún así, en algún momento u otro, volvía a mí con mucho más contenido que la última vez que lo había escuchado.

Como sea, tal vez por la lejanía de estar lejos de casa, escucharle ahora me reporta una reconfortante sensación hogareña. De mi hogar actual o de aquel hogar en el que, muy felizmente, viví los primeros veinte años de mi vida.

Dylan está en el aire que respiro cuando quiero ser libre, en la pena que trato de limpiar, en las heridas que no cierran, en las alegrías que se levantan orgullosas como un mástil de un barco llegando a puerto. En el jardín dorado de la adolescencia rebelde y en el otoño tranquilo que mis ojos entrevén.

Me declaro en huelga y me entregaré a él lo que queda de año (o sea todo) para saber que está junto a mí siempre.

Porque la vida, como decía al principio, para mí no son imágenes, sino sonido, música, y ésta en mi caso se resume en los acordes de “Girl from the norht Country” o en “When the ship comes in” y en el verbo insolente de Dylan.

Por eso, cuando llegue a la lanzadera del adiós, estoy seguro que mi momento de hifhlights será un repaso a “The Freewheeling”, "Planet waves" o “Blonde on Blonde”, mientras las campanas de la “salvaje Catedral, con la lluvia del atardecer” tañan tan intensamente que de su desafiante estruendo se me dibuje una insolente sonrisa de quinceañero, pensando en las historias de los amantes de corazones solitarios, y allí, en medio, dulcemente, diga “hasta luego” contemplando los “repiques de libertad llameando”.

Salud, amigos.

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