El secreto está en…

Ignasi Vidal

"Los Miserables" es una delicada pieza que, según el marco en el que se exhiba, puede ser un musical buenísimo o, además de eso, una experiencia vital que quede registrada para siempre en lo más profundo del recuerdo del espectador. 

Es muy habitual que quien ve por primera vez el musical repita, con la consiguiente alteración de sus fibras sensibles. Sin embargo, nunca será como la primera vez. Puede que, incluso, sea mejor, que tal vez sea una experiencia aún más completa, pues al volver a ver "Los Miserables", una obra con tanto matiz y tan llena de pequeños detalles que juntos constituyen una gigantesca verdad, la percepción está más predispuesta, convirtiendo la atención del espectador en un fino instrumento de análisis de lo que sucede en escena. Es otra forma de disfrute. Sin embargo nunca será como esa primera vez en la que la bomba energética que sale de escena, producida por la fuerza de la historia que contamos los actores implicados, tan clásica como vigente, suele coger al espectador primerizo desprevenido.

Esto, que puedo asegurar que es siempre así, ya que los que estamos sobre la escena, antes estuvimos sentados entre el público, ocurre igualmente cuando te enfundas el traje de cualquiera de los personajes de "Los Miserables" por vez primera.

Cada día vivimos sensaciones únicas y singulares. Hay días en los que la emoción no nos deja articular con facilidad y tenemos que hacer un esfuerzo extra para lograr que la palabra llegue al oído del espectador. Lo hacemos, ese es nuestro trabajo.

Pero ¿es posible mantener la llama de la pasión encendida en cada representación?

Por difícil que esto resulte, los actores tenemos que hacer el esfuerzo para que la magia del Teatro se produzca cada vez que se alza el telón, pero hay momentos en los que esto se nos antoja complicado. Entonces hay que hacer de tripas corazón y pensar en el espectador que paga su entrada y que, muy probablemente, vaya a ver el show por primera vez. Así es el oficio del actor.

Pero un día llegas a Las Palmas de Gran Canaria y el esfuerzo que supone hacer ocho shows a la semana, tan exigentes como éste, desaparece de un plumazo para dar paso a un sibarita placer sobre la escena. Sin embargo, este gustoso impulso artístico no se produce porque los vientos cálidos que aquí soplan sean un chute de alegría extra; no es por la rica gastronomía local, con lugares tan privilegiados como “El Churrasco”, “Ribera del Río Miño”, “Casa Carmelo”, “El coto libanés”, “el Herreño”, “Grill 7”, "Señorío de Agüimes" o el espectacular restaurante en la terraza del el Hotel Santa Catalina, que es, ya de por sí, suficiente reclamo para turistas y curiosos de buen paladar; no es que la gente de esta tierra te acoja siempre de buen talante con una eterna sonrisa allá donde vayas, hasta el punto que a uno le entran las ganas de hacer las maletas en la península y trasladar su domicilio a esta agradable tierra de acogida; no es, tampoco, el brutal contraste entre las limpias y acogedoras playas del sur de la isla y la zona del interior, montañosa, con lugares como Santa Brígida, San Mateo, o el mirador de Tejeda, donde a uno le da la sensación de encontrarse en lejanas tierras gallegas, argumentos todos ellos que sorprenderían al viajero más curtido; ni su linda catedral, ni la casa museo de Benito Pérez Galdós, ni el impactante museo Canario o la casa Colón; ni que, además ahora, los amantes del deporte rey como yo, puedan ver, en las filas de la U.D. Las Palmas, a toda una leyenda del fútbol español, Juan Carlos Valerón, puntal con el que el equipo canarión aspira a ascender a la primera división, gracias a la buena filosofía futbolística que el míster, Sergio Lobera, ha inculcado a sus pupilos (con ambos, jugador y entrenador, tuve ocasión de charlar de fútbol y teatro después del entrenamiento del jueves, al que fui invitado). Y ni siquiera es que, en mi caso, mis buenos amigos, René Lamar, Gustavo Artiles y Avelino Pérez, que me honran siempre al hacerme un hueco en sus ocupadas agendas, hayan convertido mi estancia en la isla en la etapa más placentera de esta gira, que nos lleva por toda España, gracias a su desinteresada atención y su caluroso cariño, como ya hicieran hace un año cuando estuve aquí mismo con "La Bella y la Bestia".

Con ser muchísimo todo lo que he apuntado, no es esto lo que hace que "Los Miserables" brillen cada noche en esta bella tierra, que es puerta y antesala del viejo y del nuevo mundo.
El secreto, el auténtico secreto, es poder pisar el escenario del magnífico e histórico Teatro Pérez Galdós. Uno de esos escenarios que honran a quien pone sus pies sobre él. Teatro de solera que eleva, aún más, el valor de cualquier espectáculo por excelso que sea. Esto es lo que a la compañía de "Los Miserables" ayuda a transformar el cansancio en placentera ilusión para ofrecer, al numerosísimo público que noche tras noche llena el fabuloso coliseo canario, marco incomparable para un espectáculo como "Los Miserables", lo mejor de nosotros mismos. Sí, amigos y amigas, esto ha dado fuerza a esta compañía, que desde el pasado diez de enero siente que está estrenando a diario "Los Miserables".
El musical más importante de la historia ha encontrado su escenario perfecto para transmitir emoción a raudales y así será hasta el próximo 2 de febrero.

Que no pare.

Gracias, Las Palmas.

Salud, amigos

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