El teatro de los juglares y de las catedrales

Justo Sotelo

No se puede entender a los autores del siglo XVII (incluidos Cervantes y Lope) sin analizar sus raíces. Por eso hay que llegar incluso a los visigodos, aunque la aportación de estos fuera discreta durante sus tres siglos de dominio de la península.

La lengua era el latín, y poco a poco se fue corrompiendo con el romance. Tras la llegada de los árabes en el siglo VIII, el idioma vulgar se mezcló con palabras, frases y modismos arábigos, y la prosa castellana fue adquiriendo sucesivamente corrección, propiedad y copia de palabras hasta que se halló capaz de vulgarizar en ella las leyes y la historia.

Moratín, en el libro citado en la entrada anterior del blog, se refiere entonces a las composiciones sagradas y profanas, y a las obras cortas cantadas por “yoglares” y “yoglaresas” que mezclaban el baile y la pantomima con la pretensión de entretener al pueblo, un rasgo distintivo del teatro desde sus raíces. Su actividad se extendía también a palacios y casas particulares. Es significativo que el propio Moratín escriba que “no hay que buscar el principio de esta costumbre, que se pierde en la obscuridad de los siglos. La combinación de los sonidos agradables, el canto, la risa, la danza, la imitación de la figura, gesto, voz y acciones características de nuestros semejantes son tan geniales en el hombre que en todas las edades y en todos los países habitados se encuentran más o menos perfeccionados por el arte” (p. 4 de Los orígenes del teatro español…). Estas palabras son una verdadera declaración de principios sobre el sentido del teatro en cualquier época.

El origen de los teatros modernos de Europa no se encuentra ni entre los árabes ni en el mundo provenzal. Las aportaciones en matemáticas, historia y medicina fueron esenciales en el caso de los árabes, pero no sucedió lo mismo en el terreno del diálogo. Por otra parte, la hermosa poesía amorosa de los trovadores no tiene nada que ver con el hecho teatral.

Las farsas y escenas grotescas empezaron a proliferar tanto dentro como fuera de las iglesias, hasta que Inocencio III las prohibió en el siglo XIII. Ya se estaba produciendo una mezcla en la península entre castellanos, aragoneses, árabes y judíos, con las actuaciones de los juglares como divertimento. Las representaciones sagradas pasaron de Italia a España años antes, en torno al siglo XI.

Moratín señala que: “las fiestas eclesiásticas fueron en efecto las que dieron ocasión a nuestros primeros ensayos en el arte escénica: los individuos de los cabildos fueron nuestros primeros actores, el ejemplo de Roma autorizaba este uso, y el objeto religioso que le motivó disipaba toda sospecha de profanación escandalosa” (p.12). Se refiere con ello a las acciones tomadas de la Biblia e incluso a los evangelios apócrifos, con la mezcla entre la alegoría y la historia, cosa que a Moratín no le agradaba.

A pesar de la falta de testimonios, escribe que, en sus orígenes, el teatro español “se aplicó exclusivamente a solemnizar las festividades de la iglesia y los misterios de la Religión: que las piezas se escribían en castellano y en verso: que se representaban en las catedrales, adornadas con la música de sus coros, y que los actores eran clérigos, como también los poetas que las componían” (p.13).

A continuación menciona a grandes autores y obras, aunque no tuvieran nada que ver con el arte de la escena, como D. Juan Manuel y su Conde Lucanor, a Juan Ruiz, el Arcipreste de Hita, las obras del conde de Ribagorza y Pedro González de Mendoza, apuntando que la interpretación de sus composiciones se acompañaba con música.

Y ofrece una fecha singular, la de 1360. “Reinando en Castilla el rey D. Pedro, se empezaron a ver (además de los dramas destinados al uso de las iglesias) algunas otras composiciones teatrales; y existe una que se ha creído de aquel tiempo, en que su autor supo reunir el baile, la música instrumental, la declamación y el canto” (p. 16). Sería la más antigua de las obras que se representaban en los templos, lo que la hace única, al menos en su opinión.

Las obras de los grandes escritores van llegando a España, como serían los casos de Güido Cavalcanti, Dante y Petrarca, y su influencia empezó a notarse claramente. Las creaciones de los eclesiásticos empezaron a tener competencia con otro tipo de obras líricas de cierto contenido teatral. La siguiente mención a una obra del marqués de Villena (para la coronación del rey de Castilla como rey de Aragón) es importante. Las obras de Juan de Mena se mencionan acto seguido en el estudio de Moratín, así como las del marqués de Santillana y Rodrigo de Cota (con Un diálogo entre el amor y un viejo, una pieza representable).

 

 

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