Esto no es Londres

Julio Bravo

En cuestiones teatrales me he declarado siempre, y me mantengo, anglófilo. Por muchas razones. Personalmente tengo una especial afición por autores como Eugene O’Neill, Arthur Miller, David Mamet o Terrence McNally, todos ellos estadounidenses. Me admira y me fascina el sentido del espectáculo que tienen en aquel país, que les hizo, por ejemplo, reinventar el teatro musical para convertirlo en una auténtica "marca made in USA", y siento una irrefrenable atracción, igualmente, por los buenos musicales. Algunas de mis mejores experiencias como espectador las he vivido en ellos; todavía recuerdo la emoción casi infantil que sentí en 1997 en el New Amsterdam Theatre de Nueva York, con el número de apertura de "El rey león", a una de cuyas previas asistí.

Pero si Nueva York me hechiza, Londres me cautiva; desde la propia ciudad, que a pesar de su internacionalidad posee una personalidad basada en su respeto a la historia y a su pasado. Un respeto que tiene su reflejo también en el teatro, considerado como parte fundamental de su patrimonio. Para empezar, los teatros históricos mantienen su poso, su nobleza; las paredes muestran las arrugas de su edad pero se exhiben orgullosamente erguidos, poderosamente dignos. Reflejan la mucha historia que albergan.

Envidio esa reverencia de los ingleses por su pasado; no soy de los que piensa que todo lo bueno está fuera de España, donde tenemos, aunque no lo sepamos, muchas virtudes y mucho que ofrecer al mundo. Pero en cuestión de cuidar nuestro maravilloso patrimonio cultural, creo que tenemos mucho que mejorar; y si nos referimos al teatro, todavía más. Un ejemplo: a mediados de los años ochenta, estuve un año aproximadamente colaborando con el departamento de prensa del Teatro de la Zarzuela, elaborando los programas de las óperas. Hasta muy poco tiempo atrás nadie se había preocupado seriamente por la documentación del teatro, y no se conservaban apenas programas, ni se elaboraban estadísticas, ni se registraban los cambios en los repartos…

Del respeto por la historia (perdonad que me repita), de la consideración por el patrimonio, del trato atento y preciado por sus ancestros, viene, también en el teatro, el respeto y la consideración por lo actual. Me decía la directora Tamzin Townsend hace un tiempo que lo que más echaba de menos de Londres era poder "vivir el teatro"; no limitarse a "ir al teatro", y me citaba el ejemplo del National Theatre, donde había actividades diariamente, y donde ir a tomar un café podía suponer encontrarse con autores, directores o actores con los que compartir experiencia.

También en el público hay en general una actitud diferente: atenta, cortés, sabedora de la importancia que supone acudir al teatro; del carácter único que tiene una representación, del trabajo y el esfuerzo que exige por parte de tanta gente para conseguir que se convierta para los espectadores en una experiencia grata. Lo he comprobado en lugares tan distintos como el Globe Theatre, el National Theatre, la Menier Chocolate Factory o, incluso, el inmenso O2 Arena.

Y no he hablado del respeto que merecen los actores; ¡algunos incluso son nobles! Londres, creo, nos tiene mucho que enseñar en este terreno. Y no será por tradición. Ellos tienen a Shakespeare, la piedra angular de nuestro teatro, pero nosotros tenemos a Lope, a Cervantes, a Calderón… Claro que siempre los hemos mirado de otra manera. No digo que tengamos que comportarnos igual, somos distintos -ni mejores ni peores; distintos-, pero sí creo que deberíamos tomar ejemplo. Esto no es Londres. Pero hay cosas en las que podríamos parecernos.
 

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