Gracias Lou

Ignasi Vidal

Querido amigo Enrique:

Nuestro Rock Fórum dio para mucho. Mucha música y mucho debate. Tanto pudimos hablar sobre nuestras preferencias musicales que al final descubriste una brecha en mi, en apariencia, sólida coraza de rockero incorruptible. Así tuve que reconocer que he escuchado algo de reggae, aunque sea interpretado por The Rolling Stones en su “Cherry Oh Baby” en ese magnífico álbum “Black and Blue”(como te digo siempre los Rolling pueden hacer lo que les plazca, hasta Reggae).

Sin embargo, amigo Enrique, entre tanta y tanta música escuchada y debatida siempre pasamos de soslayo por la figura de Lou Reed y en mi caso no tiene perdón.

Recuerdo que en alguna ocasión me sorprendió que, un enamorado de la contracorriente musical de los sesenta y setenta, y en general siendo como eres una de las personas con mayor cultura musical de cuantas haya conocido, nunca te diera por adentrarte en profundidad en el legado de Velvet Undergraund. Tú mismo me dijiste en más de una ocasión que debíamos poner remedio a eso y yo, que siempre postergaba el momento, ahora me siento algo culpable por haberlo dejado pasar.

Debería haberme aplicado en el asunto, especialmente porque Lou Reed ha sido una de las influencias más importantes de mi vida, ya no sólo en el aspecto musical, sino en lo esencial en cuanto al sentimiento y la intelectualidad.

Descubrí a Lou Reed siendo yo muy jovencito, a los dieciséis años, a través de un compañero de instituto, Pedro, con el que compartíamos gustos artísticos de toda índole. Seguramente empujado por mi pronta militancia en el universo Bowie llegué por pura lógica correlativa al vastísimo universo Reed.

Recuerdo perfectamente la convulsión que causó en mí la primera escucha de “Rock and Roll animal”, directo insuperable que supuso un auténtico descubrimiento para el que aún no estaba del todo maduro.

Entonce, ese mundo a caballo entre lo cotidiano y lo poético, entre lo verdadero y lo falso, entre el placer y el dolor, entre lo soez y lo sublime era demasiado complejo para mi capacidad intelectual; a pesar de ello fui conquistado por una forma única de interpretar las canciones, canciones éstas que, en su mayoría, rompían cualquier esquema o estereotipo musical que intentase clasificarlas.

No se trataba simplemente de un rockero.

En su forma de expresarse, en las guitarras descontroladas y duras por donde la melodía trataba de ganar su lugar a base de insistir en la idea, mi intuición hizo que luchara contra el acomodamiento que supone dejarse llevar por opciones más fácilmente asimilables para los sentidos y así buceé en sus discos (por aquella necesidad de antaño, de la que tanto hemos hablado, de escudriñar e investigar, que se tenía en los tiempos anteriores al click en las listas de itunes y demás invetos modernos): “Transformer”, “Street Hassel”, “Coney Island Baby”…

Imagínate, amigo Enrique, de qué manera podía manipular el magnetismo de Lou Reed la personalidad de un “teenager” como era el que aquí escribe.

Por fin, llegó uno de los momentos más importantes de mi adolescencia, que no fue otro que el día que ahorradas mil ochocientas pesetas me compré el álbum titulado “Berlín”.

Llegué a mí casa, pinché aquel vinilo y mi destino quedó unido a la del genio de New York para siempre, especialmente después de escuchar sin descansar, una y otra vez "Caroline Says II". También debo decir, para hacer honor a la verdad, que mi vida tomó en aquel momento una dirección inesperada para mí, como los halos de una tenue luz que varían su trayectoria a través de un prisma.

Yo fui uno de los que siendo adolescente quiso ser tan genuinamente auténtico como lo era Lou Reed, que no disimule el personal ahora, no soy el único.

Poco a poco, como el que va descubriendo el sentido de la piedra filosofal, iba entendiendo aquellos textos, muchos de ellos propios de alguien que de haber sido más simpático y accesible habría optado perfectamente a ganar un Nobel de Literatura.

Sin embargo, amigo Enrique, Reed nunca fue un músico de masas. Su música no era algo frívolo y mucho menos material de emisora de radio de éxitos, ni siquiera su archiconocido tema “Walk on the Wildside” lo era.

Sus canciones no daban concesiones a las modas pues no escribía para ser escuchado, sino para ser comprendido. Por eso nunca podría sonar en los 40 principales, porque eso sería como mojar tostadas con jamón de la sierra de Hueva en el café con leche.

Y aún con todo lo dicho, amigo Enrique, te diré que es sin duda su primeriza etapa como cantante y compositor en Velvet Undregraund la que tuvo mayor influencia en mí.

Esa banda junto al genial John Cale, Sterling Morrison y Maureen Tucker, llegó a obsesionarme en determinados momentos de mi vida y en especial cuando daba yo mis primero pasos en la música. De ahí que canciones como “We are gonna have a real good time together” o la bellísima “Pale blue eyes” formaran parte de los repertorios de mi banda, A Media Distancia, en un periodo extraño en el que quise cambiar radicalmente de palo para encontrar mi propia esencia (excentricidades mías, vaya usted a saber).

Discos como “Loaded”, “Velvet Undergraound & Nico” o “V.U.” me hicieron cambiar de casilla, avanzar en el plano personal tanto como en el artístico. Tengo la sensación, si echo la vista a aquellos lejanos años, que con canciones como “Sweet Jane”, “Sunday Morning”, “Who loves the sun”, “Sthephanie Says”, “Femme fatale”, “I’m waiting for the man”, “Cool it down”, “Venus in furs”, “Rock and Roll”, “Lisa says”, “Ocean” o la, en apariencia, naif “I’m sticking with you”, por citar algunas, mude la piel de la adolescencia a una incipiente madurez, en la que pugnaba con el mundo por hacer oír mi voz y mis ideas, aunque algunas de éstas se me antojen ahora equivocadas, inmaduras o poco cocidas; eso sí imprescindibles para encontrar el camino.

Dos veces vi en directo a Lou Reed, amigo Enrique, y en ambas me cautivó. La primera fue en 1.989 en el Velódromo de Horta de Barcelona, en la gira de presentación de su fabuloso álbum "New York", que cualquier romántico rockero debería tener (aunque no lo pareciera Lou Reed era ante todo un romántico)

Eléctrico, pétreo, distante en apariencia, cercano en su entrega pero sobre todo, auténtico y genuino como pocos artistas que haya visto.

Esa fue también la impresión que me llevé la segunda vez que le vi en el Palau de la Música, en el año 1.991, si mal no recuerdo, con motivo de la presentación de “Magic and lost”, un disco menos explosivo que el anterior pero de una carga intelectual brutal e igual de vital que su antecesor. Sin embrago, a diferencia del concierto que diera dos años antes, donde quiso contentar a todos repasando con detenimiento los temas más emblemáticos de su carrera, en esta ocasión, Reed, se centró casi en exclusiva en las canciones de su último trabajo, que eran presentadas en el mismo orden de aparición que en el disco con apenas unas pocas concesiones a sus seguidores más nostálgicos.

Eso demuestra lo que fue este artista irrepetible, que incluso en los detalles más insignificantes, luchaba por mantener su idea, su independencia, su propia manera de actuar según su estado o su necesidad. Así teníamos que aceptarlo aquellos que disfrutábamos de su música y su palabra.

Lou Reed ha sido y posiblemente será el artista más imprevisible que haya dado el extenso panorama del Rock. Inquieto artísticamente, se negó a repetir patrones. Más que negarse, seguramente se trataba de su propia naturaleza inconformista, o si se prefiere insatisfecha. Por ello, siempre probó nuevas formas de expresión a pesar de saber lo cómodo que puede ser estar abonado al éxito comercial que obtuviera en discos como “Transformer” o más tarde con “New York”.

Sin embargo, para mí, el genuino sabor de Lou Reed, el agridulce, se encuentra en discos como “Berlín” o “The blue mask”. RCA, su discográfica tuvo que soportar constantemente su tiránico carácter de creador, siempre cambiante. Por suerte y a pesar de que Reed llegó a abandonar dicha discográfica en una ocasión para regresar después nuevamente, aquellos eran tiempos en los que los directivos del negocio llegaban a apreciar el talento y valoraban a los artistas no tanto por sus ventas, sino por su influencia y su valía, sin olvidar el caché que suponía para la discográfica tener en nómina a un artista tan particular y único como Lou Reed. Eran otros tiempos.

En los últimos años, Reed había dejado constancia de su inquietud por nuevas formas de expresión y de ahí que experimentara en campos tan dispares, aunque nada ajenos a su arte, como la literatura. Por ello se adentró en el mundo de Allan Poe, quien fuera un referente y una obsesión para él, con la edición de un libro (musicado y escrito por él mismo) con ilustraciones de Lorenzo Mattotti, o en la fotografía, de la que era un apasionado desde los años setenta. También creó pequeñas y extrañas joyas en los últimos tiempos como las grabaciones instrumentales con el grupo Metal Machine Trio y hasta le dio tiempo de dejarnos una extraña colaboración con Metallica en un disco llamado “Lulu”.

Así pues, amigo Enrique, esta ha sido una semana extraña desde que el pasado domingo se anunciara la repentina muerte de Lou Reed, quien para mí fue un referente, en algunos momentos secreto, en otros de manera evidente, pero al que le debo gran parte de mi manera de ver el arte y en general el mundo. Tal vez por eso nunca fue una preocupación para mí ser especialmente simpático o agradable sino únicamente sentirme bien dentro de mi propia piel, aunque en ocasiones esté errado o poco acertado. De eso se trata crear y esa es la mayor enseñanza que, seguramente sin quererlo, Lou Reed nos dejó con esa inclinación suya a la iconoclastia y a la reafirmación personal, pues no sólo nos regaló uno de los mayores legados musicales del último medio siglo, también constató que hay una forma de vivir más comprometida, con uno mismo y con lo que nos envuelve, a pesar de que para ello haya que sacrificar unas cuantas sonrisas.

Por eso, amigo Enrique, a pesar del injusto lugar que le dimos a Lou Reed y a Velvet Underground en nuestro Rock Forum, debes saber que yo siempre quise ser Lou Reed.

Atentamente, tu amigo Ignasi Vidal.

Salud amigos.

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