Huevos fritos

Enrique R. del Portal

A Nati, mi madre

Siempre me he preguntado por qué unas comidas nos gustan y otras no, o la misma comida no gusta de la misma forma a distintas personas, o, incluso, por qué un sabor deja de gustarnos en algún momento de la vida y, por el contrario, descubrimos en un momento dado que algún alimento, ahora nos entusiasma.

Sí, ya sé que hay cientos de estudios sobre la percepción, sobre los sentidos, acerca de nuestras papilas gustativas y nuestra pituitaria. Son interesantísimos los trabajos sociológicos de los alimentos, y recuerdo que me entusiasmo la lectura “Bueno para comer; enigmas de alimentación y cultura” de Marvin Harris. Pero la teoría que tengo al respecto, bueno, no mía sino con la que estoy de acuerdo, es la conexión que hay entre el sabor de la comida y la felicidad, expresada sabia y poéticamente, por ejemplo, por Antonio Gala en el relato “Mejillones” o Joaquín Sabina en la canción “Pero qué hermosas eran”.

Uno de mis primeros recuerdos es el patio que tenía la casa de mis padres. Un solar entre cuatro bloques de domicilios de un barrio obrero, donde los niños formábamos pandillas y hacíamos de aquel espacio una isla desierta por conquistar, un palacio asediado o un páramo de un planeta lejano.

La ventana de la cocina donde mi madre trajinaba daba a este patio, y le proporcionaba –y a las madres de mis amigos también- la tranquilidad de tenernos a la vista, mientras nosotros disfrutábamos de nuestros juegos infantiles, ese ratito que robábamos entre la salida del colegio y la hora de la comida. Todavía quedaba lejos la calle, alejarse del hogar.

También facilitaba que estuviéramos siempre disponibles a la llamada materna. Nunca podré olvidar la voz de mamá desde la ventana diciendo -¡Quique!- No había que preguntarse más ni dudar un momento; todo estaba dispuesto, la mesa puesta y había llegado la hora de comer. Aunque con cierta reticencia, porque significaba que llegaba la tarde y había que volver al “cole”, no podíamos tardar. Y llegar a casa después del juego, siempre suponía que tenía asegurado un festín, alguna delicia con la que mi madre me regalaba el paladar, seguro.

Mamá era una mujer muy de su casa, me encantaba como cocinaba. Hija de una época en la que dedicarse a las tareas domésticas y no trabajar fuera de casa era muy habitual, incluso entre mujeres jóvenes. Tenía los estudios básicos, pero era muy avispada, y de una habilidad especial para la administración de la casa. Me inculcó valores esenciales y procuró siempre que yo fuera bueno, aunque no siempre lo consiguió.

Amaba por encima de todas las cosas a mi padre. Acompañarle en sus actuaciones, formar parte de las compañías donde cantaba, e incluso alguna vez, colaboró en alguna de ellas, estando en el coro, haciendo figuración o ayudando en la sastrería. Más tarde, cuando hice del teatro también mi profesión, le encantaba igualmente venir a verme cantar. Acompañarme en el camerino y presumir con los compañeros de “mamá del artista”.

Era tierna, celosa de sus sentimientos y dada a las demostraciones de cariño, Le costaba hacer regalos sin un motivo justificado, pero cuando lo hacía intentaba agradar al agasajado, aunque siempre ajustaba el precio de sus gastos…

Recuerdo el primor con que cuidaba sus manos. Todas las tardes, una vez terminada la tarea, se arreglaba cuidadosamente para pasear, o ir a buscar a mi padre al teatro, o pasar un rato con las esposas de otros cantantes. Y siempre procuraba al salir de casa, untarse un poco crema para suavizar las manos, cansadas de tanto cacharro en la cocina, de tanta limpieza, y casi siempre perfumadas de lejía. Nunca olvidaré ese olor.

Tenía una acentuada sensibilidad que le hizo sufrir mucho en la vida. Tanto en su relación sentimental con mi padre, como en el trato con los amigos, o la familia. Con un gran sentido de la equidad, que acentuaba cualquier menosprecio que recibiese, aunque fuera involuntario.

En nuestra turbulenta relación familiar padre-madre-hijo (esto daría para un libro entero…), logré algo que había creído imposible. Los dos últimos años que vivió conseguí que estableciésemos una “relación civilizada” con mi padre y su segunda esposa. Llegaron incluso a visitar, estando ya mamá muy enferma, su casa, y pasar una tarde merendando con ella y conmigo. Muestra de su ternura y su enfebrecido romanticismo es que lo último que le dijo a mi madrastra fue –Cuídalo por mí- refiriéndose a mi padre, claro.

No dejo de pensar en ella. Y no puedo evitar que se asome a mis labios una sonrisa, porque aunque la extrañe como a nada en la vida, su recuerdo me llena de felicidad y me obliga a intentar que se sintiera orgullosa de mí. Otra cosa que no estoy seguro de conseguir.

Ya hace cinco años que nos dejó. Aquel día estuvo rodeada de un puñado de gente que la queríamos, y una de sus últimas miradas fue con especial cariño a su cuñado, el esposo de su hermana Tere; mi querido tío Julián, del que yo siempre sospeché que estuvo un poco enamoriscada… En mi torpeza y nerviosismo procuré que tuviera una buena muerte, que sufriera lo menos posible, y la susurré que debía marchar en paz. Creo que lo consiguió, y aunque no creo en lo sobrenatural me gusta pensar que, de alguna forma, me acompaña y me cuida. Su memoria al menos lo hace.

Conservo infinidad de recuerdos, os lo podéis imaginar, todos tenemos madre…. Y me gusta potenciar los buenos y los alegres, y obviar los menos agradables, que son muy pocos. Pero si la felicidad tuviera forma, muy probablemente sería aquel patio de la calle Castro de Oro, la panda que formábamos Pablo, Michel, Josete y yo jugando a la batalla de “La Isla del Fin del Mundo” y en medio de una escaramuza, la voz de mamá avisándome de la hora del rancho. Subir corriendo la escalera, con la ropa llena de polvo, y después de una mirada de dulce regaño escuchar: –Anda Quique, que hoy te he hecho la comida que más te gusta-
Ya sabéis cual es, ¿no?

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