La gran familia Española

Ignasi Vidal

Hacía tiempo que no iba al cine. Sé que debería ir más, pero unas veces el trabajo, otras la necesidad de escabullirme de la tensión que mi profesión comporta y otras por simple pereza, suelo acudir al cine en contadas ocasiones. Pero sí, lo sé, soy consciente de que debería ir más a menudo para sentarme ante la gran pantalla.

El pasado miércoles, sin embargo no había excusa que valiera, Miquel Fernández estrenaba en el cine Capitol, por todo lo alto, su último trabajo, “La gran familia Española” del director Daniel Sánchez Arévalo.

Al salir de mi ensayo, más prolongado que de costumbre, el cansancio que sentía me hacía temer lo peor respecto a mi aguante, pero no podía caer presa del sueño en el estreno de mi amigo.

Llegué al cine.

Nada más acceder a la sala, me di de bruces con Miquel Fernández, que feliz, con una inmensa y amplia sonrisa, saludaba con amabilidad y humildad a todos cuantos nos disponíamos a ocupar nuestras butacas.

Los estrenos suelen ser engorrosos y barrocos en protocolo. No era el caso de este. Después de una breve y elegante presentación del director y guionista de la película, empezaba la misma sin demoras innecesarias.

Y olvidé el cansancio.

A partir de ahí empezó la fiesta. No es que se trate de una película buena, que lo es, ni genial, que también lo es, sino que todo el conjunto de principio a fin es la leche. Principalmente porque el guión de esta película está escrito, y perdón por la expresión, con todos los huevos del mundo.

De forma magistral e inteligente Sánchez Arévalo se sumerge en lo más profundo de la esencia del ser humano y su manera de relacionarse con los demás, en especial, con los que se tiene más cerca.

Para escribir con esa sensibilidad es necesario hacerlo desde más abajo del corazón y del vientre. Porque sólo alguien que desnuda su alma al escribir consigue dar tan certeramente en el centro de la diana emotiva del espectador. Porque sólo alguien con valor, es capaz de ponerse tan en evidencia respecto a su idea del mundo, del amor, de la familia, de la pareja. Porque sólo alguien que huele la genialidad por cercanía, escribe con esa mezcla de sentido del humor y amargura sobre temas que nos incumben a todos tanto.

Lo hace además con la habilidad de disfrazar su relato de cuento, de fábula, de forma que el espectador no se asuste, en un principio, ante el torrente de emociones escondidas detrás de cada gag, de cada frase, ya que nuestra capacidad para esquivar el dardo de la verdad más incómoda, nos hace creer que esa historia es inverosímil, o cuanto menos, muy lejana a nuestra realidad. Sin embargo, a medida que pasan los minutos, descubrimos que es a uno mismo a quien apela el mensaje de esta película, mediante unos personajes tan excéntricos, en algunos casos, como reales y cercanos a nuestro caos existencial, tan llenos de emociones escondidas y contenidas, que es muy difícil no encontrarse uno mismo entre la variada gama de matices humanos de esta extraña familia.

Sin embargo, como no podía ser de otra manera, el maravilloso guión tenía que estar vivido por un reparto de altura. Todos y cada unos de los actores y actrices de esta cinta ocupan el lugar justo y adecuado, cada uno tiene su protagonismo y juntos son una coral perfecta.

Posiblemente, y no exagero, es el mejor grupo de actores reunidos que he visto en muchos años. Verónica Echegui, Antonio de la Torre, Quim Gutierrez, Miquel Fernández, Roberto Álamo, Hector Colomé, Patrick Criado, Arantxa Martí y Sandra Martín, acertadamente dirigidos por Sánchez Arévalo, consiguieron arrancar con su trabajo sonrisas y lágrimas del público y de un servidor por igual.

No sé si irán o no a los Oscar o si ganarán muchos Goyas, ciertamente no lo sé, supongo que se llevarán todo lo que se les ponga por delante, pero lo que sí creo es que el público con buen gusto y aficionado al cine de calidad, no puede perder la oportunidad de acudir a ver esta obra maestra, hecha aquí, en casa, por gente de un talento tan inmenso como generoso, a tenor del alma que destilan todas las interpretaciones de este grupo de actores y de este maravilloso guión.

En el tiempo en el que toda España tenía el alma en vilo por una final de su selección nacional, una familia, aparentemente unida por la desgracia, descubre el valor de llamar a las cosas por su nombre, de decirle a aquellos que nos importan en qué dirección se mueven nuestros sentimientos y que la verdad, que tantas veces puede herir, si es dicha con amor es un pegamento emocional que lo repara todo.

Por último, deciros que ver a alguien tan querido por mí como Miquel Fernández en semejante peliculón, rodeado de semejantes monstruos de la interpretación, a las órdenes de este genial director con este excelso guión, me llenó de orgullo y satisfacción. ¿Qué más se puede pedir?

Sí algo más se puede pedir: que no os quedéis en casa. Ir a ver “La gran familia española” no sólo es altamente recomendable, sino que es un ejercicio de valor que hace al espectador salir del cine con el propósito de ganarle el terreno a todo cuanto hay de falso en este mundo y buscar en nosotros la honestidad suficiente para no ser devorados por la ausencia de amor.

Y es que de eso va esta película, de amor.

Gracias a “la gran famila”.

Salud amigos

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