La risa tras la carpeta

Ignasi Vidal

¿Por qué?, si no veo la tele, si no soy capaz de aguantar mi atención más de diez minutos a ningún contenido que salga de la pequeña pantalla (últimamente ni de la grande); si no siento la más mínima necesidad de coger el mando a distancia para ver qué ponen, aun a sabiendas que hay algún programa interesante entre la basura reinante, ¿por qué le hago caso? de tanto en tanto, a algún compañero y acabo viendo (en diferido, eso sí, cuando me place, en el ordenador) cómo se expone, en algún concurso, al criterio de una supuesta banda de expertos, que evalúa su talento, con supuesto conocimiento de causa, como el que cata la calidad de un vino, o el punto de cocción de la pasta, o la fiabilidad de un neumático. ¿Por qué?

He llegado a pensar, que albergo en lo más hondo de mi ser, una inquebrantable fe en encontrar algo de valor en esos concursos que nada tienen que ver con la calidad o la excelencia, pues no soy tan imbécil como para esperar encontrar esos valores en un programa de televisión; sino con la capacidad de aguante del ser humano a ser maltratado por otro ser humano, ante multitud de otros seres humanos. Tal vez en esas situaciones, espero encontrar material para escribir un nuevo texto basado en el masoquismo, en la capacidad de aguante o sencillamente, comprobar cuánta resistencia a la imbecilidad tenemos las personas en pos de un objetivo concreto.

Esto me lleva a plantearme algunas cuestiones respecto al éxito.

Decía Víctor Hugo: “Es una cosa bastante repugnante el éxito. Su falsa semejanza con el mérito engaña a los hombres”.

Sin embargo, a pesar de que tan sabias palabras fueron escritas por el genio francés hace más de ciento cincuenta años, cada vez son más, los que en busca de un pelotazo rápido o de una suerte de fama inmediata, de forma totalmente legítima, eso sí, cegados por un sueño de éxito y realización personal (dos conceptos que a pesar de ir de la mano, nada tienen en común) ponen a prueba su talento (y su mérito) ante la mirada de propios y extraños, exponiéndose ante las cámaras de televisión al capricho de las audiencias y de los gurús del criterio, el dictamen y el juicio.

¡La cantidad de programas (en los que un “selecto” grupo de personas, cuya mayor cualidad es su cara más o menos conocida por el público) que han proliferado en los últimos años por los diferentes canales de televisión!. En realidad nada malo hay en estos formatos de concurso. De hecho, la fórmula es tan antigua como lo es la televisión. Quién no recuerda, entre los de mi quinta, el viejo programa concurso para la caza de nuevos talentos de la canción “Gente Joven”. De todas formas, en último caso, si tan malo es el contenido, uno puede hacer como yo, es decir, no accionar el botón que hace que la estupidez brote como el agua de una fuente.

No, el problema no es que existan ese tipo de programas, sino el valor que se le da a las opiniones del “selecto” grupo de elegidos para formar los jurados que como setas parasitan en ellos. Y no por falta de criterio, pues el criterio es como el teléfono móvil, casi todo el mundo tiene uno que más o menos funciona. Sin embargo, el valor que se le da a la "opinión", creo que sería importante relativizarlo, pues el espectador que cómodamente se sienta en el sofá de su casa puede llegar a pensar que el arte es algo parecido a un show en un plató de televisión. No en vano, estamos en la época de los opinadores. En cualquier programa, ya sea cultural, informativo o de ocio, aparece lo que empieza a ser ya una especie o casta, el opinador profesional. Hasta yo me he convertido en algo así en mi blog, por lo que recomiendo encarecidamente no hacer demasiado caso de lo que aquí escribo y si es así, que nadie me recrimine si ha decidido tomar mi opinión como punto de partida de una idea que después, resulta fracasada. Ahí queda.

Como decía, un compañero me convenció hace unas semanas para ver su actuación en uno de estos programas. No recuerdo si se llama “La voz” o “El número uno”(en realidad me da lo mismo y no pienso hacer el más mínimo esfuerzo por ver de cuál de los dos shows se trataba. Me importa un bledo).

Lamento haberlo visto. Lamento haberle hecho caso a mi compañero. Mucho. No porque lo hiciera más o menos bien, eso da lo mismo en esos programas; sino porque vi a otros compañeros, que como él, poseedores como son de gran talento, eran evaluados por una mesa de “expertos”, que soltaban tal cantidad de torpezas y simplezas, que llegué a pensar que el verdadero concurso estaba en comprobar cuál de los componentes del jurado decía la estupidez más grande, para a su vez, ser evaluados por un comité de “Asuntos Idiotas”.

Quede claro, que me parece estupendo que cada cual vaya a pasear su talento por donde le plazca, me parece absolutamente respetable hacerlo libremente donde se considere oportuno, e igualmente me parece estupendo que haya jurados televisivos que dictaminen y critiquen el trabajo de aquellos que se prestan a tan dudoso honor, siempre y cuando dicho dictamen y/o apreciación sea hecha con respeto y sin intención de dañar la moral del “encausado”. El problema es cuando la burla aparece donde debería prevalecer el sentido común y el respeto.

Y ese sentido común y respeto es justo lo que eché en falta en mi desafortunada incursión en la experiencia televisiva como espectador, cuando uno de los miembros del jurado escondía su mueca burlesca detrás de una carpeta en plena actuación de un concursante. Eso me supo mal en un primer momento, para ofenderme unos instantes más tarde, una vez hube apartado de mi vista tan infumable programa. Tanto es así, que pensé seriamente en escribir un post sobre el desafortunado incidente y centrar mi indignación en la figura del ínclito personaje, conocido artísticamente por su exitosa mezcla de Flamenco y Soul (todo, absolutamente todo, se puede aflamencar. Para eso no hace falta ser un genio, claro que algunos con una O y con un canuto, tienen suficiente para llenar de sentimiento su alma de artista)

Esta es mi opinión y como veis, opiniones hay tantas y tan variadas como peces en el mar, marcas de coche, tipos de slip o clases de virus.

Lo más lastimoso del caso, es que dudo que ningún responsable de dirección de esa casa o de la productora encargada del programa, le haya dado un merecido tirón de orejas al bailarín juez y supongo, que nadie piensa pedir disculpas por dar tan penoso ejemplo a propios y extraños. Y es que en realidad, la televisión se ha convertido en una especie de vertedero donde mostrar toda la bajeza y mediocridad de la que somos capaces y por lo visto, durante la actuación que vi, hay quien es capaz de mostrar su verdadera naturaleza escondida detrás de una carpeta. Eso es mucho más prescindible que la actuación menos afortunada que uno pueda imaginar.

Por mi parte, debo disculparme, antes de terminar, primeramente conmigo mismo por forzarme a ver semejante bazofia (debo reconocer que sólo aguanté diez minutos de programa, tan malo como la carne de lagarto. Por supuesto es mi opinión) en segundo lugar, con aquellos que disfrutan con el Flamenco-Soul, pues seguro que son capaces de encontrar matices que mi mente taruga no es capaz de adivinar y finalmente, con aquellos que disfrutan con este tipo de concursos ya que si tan exitosos son, es que algo deben aportar.

Salud amigos.

P.D.: Huelga decir que esta opinión es mía y sólo mía, de la que exonero de toda responsabilidad a la redacción de Teatro a Teatro.

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