La voz del ausente

Julio Alonso

Soy de los que asocian los escenarios teatrales a este tiempo otoñal al que llegamos, aún con el sol dándonos en la espalda a la vez que disfrutamos ya del hollar de hojas secas bajo nuestros pies.

Con una sobria escenografía otoñal, eso es lo que hace Lluis Homar, al que acabo de ver en el Teatro Borrás, en “Terra Baixa”, esa magistral obra que le acoge sucesivamente desde que a los 16 años interpretará por primera vez el personaje del ingenuo pastor Manelic que baja de la tierra alta a la ferocidad de las pasiones humanas de la tierra baja. El desafío es que esta vez él solo cubre con la maestría que ya le conocemos los cuatro personajes principales de la obra. Homar puede pasar de ser un pastor embrutecido a una joven novia camino del altar o el déspota amo Sebastià sin alterar apenas su estado. Nos lo hará ver a través de la historia que nos cuenta en una sola pieza, porque eso es lo que pretende, que prevalezca lo que se cuenta por encima de quien nos lo cuenta. Y vaya si lo consigue. Homar va mucho más lejos de lo que podría haberse quedado en el lucimiento de actor, dejando en el escenario a la persona que es, a toda la vida que hay detrás de lo que nos muestra. Y eso el público lo percibe y lo agradece con varios bises de aplausos todos de pie.

A la misma hora, Lolita Flores triunfa rotundamente en Madrid con otro monólogo en el papel de Natalia, La Colometa de “La Plaza del Diamante” de Mercè Rodoreda, a las ordenes de Joan Ollé. Obra en la que, por cierto, se destapó hace ya tres décadas un joven Lluis Homar junto a Silvia Munt. Ahora la Colometa es gitana, como lo es Lolita y como lo fue su padre, nacido en el barrio barcelonés de Gràcia, muy cerca de la Plaza del Diamante.

Y aquí nos encontramos de nuevo ante el monólogo vital, el que nos conmueve con sobriedad, sin aspavientos, porque hay mucho de la propia vida en ello y sale la persona al escenario, dejando al actor en bambalinas. Esa simbiosis entre la propia vida del narrador y la historia que nos narra, eso es lo que hace del monólogo dramático una pieza única capaz de remover los cimientos emocionales del público que lo contempla. Como lo fue para el debut teatral de Magüi Mira, “La noche de Molly Bloom”, el monólogo que en una magistral adaptación del último capítulo del "Ulises" de James Joyce escribió Sanchis Sinisterra para ella a finales de los 70 cuando éste daba vida a su Teatro Fronterizo en Barcelona. Ese monólogo ha acompañado a Magui Mira el resto de su vida, lo representó durante 8 años seguidos y volvió 25 años después con gran éxito en 2004, llegándose a hablar de la identidad Molly-Magüi, a la que lo ya vivido por la actriz aportó solidez en ese segundo abordaje.

Parece pues que la madurez artística conduce a muchos actores hacia la toma en solitario del escenario. Véase como ilustre ejemplo bien presente “El Testamento de Maria”, texto de Colm Tóibim que dirigido en su debut teatral por Agustí Villaronga, nos va a brindar una excepcional actriz, Blanca Portillo, en el Valle Inclán del CDN, tras su exitoso paso por el Grec el pasado verano. O véase a un veterano José Luis Gómez en “Diario de un poeta recién casado” de Juan Ramón Jiménez, no hace un mes en el Teatro de la Abadía, o los muy cercanos Eduardo Velasco con su “Profeta loco” en gira y próximamente en Sevilla, o sin ir más lejos nuestro compañero en tablas y, al igual que Velasco, blogueros de Max, no te pongas estupendo, Germán Torres con “La Espuela de Rocinante”, un monólogo trajicotesco que es obligado ver y disfrutar.

Y tantos otros que por prudencia en la extensión no puedo citar. Y esa es la parte mágica que quiero destacar: eso que sucede cuando un hombre o una mujer cuenta una historia en solitario a un público ávido de curiosidad y consigue que esa escucha se convierta en personaje sentado en su butaca con los ojos y todos los sentidos clavados en la persona/personaje/actor que se mueve en el escenario.

Esto que va mucho más lejos de la individualidad concebida como negación de lo social, que nada tiene que ver con la precariedad empresarial de reducir costes en aras de obtener un beneficio, que también. Esto que tiene mucho más que ver con la obra creada por un colectivo artístico y técnico y puesta a la luz como el óleo, la escultura o la pieza musical terminada, presentada y encarnada en un hombre o una mujer. Esto, digo, el monólogo dramático tiene en todos estos ejemplos citados una categoría única y diferenciada que tiene mucho que ver con la existencia de quien nos lo regala sobre el escenario.

Llenemos los teatros de vida, los viejos y los nuevos, los grandes y los pequeños, en el escenario y entre el público.

El teatro no está en crisis, como no lo está el cine. Vivimos en permanente transformación a todos los niveles. El teatro se reinventa constantemente y cuando parece que todo está ya dicho, encontramos en los nuevos pliegues de la realidad actual, los mismo parámetros que se han representado en los escenarios de todo tiempo pasado, dando un nuevo giro, otro punto de vista desconocido y fascinante a la vez. Es el permanente retorno a los orígenes. Esa es la virtud del teatro, que nos reconcilia con nuestras raíces más profundas saltando por encima de lo que llamamos “actualidad”, sobrepasando esa inmediatez de lo superfluo, que nos arrastra sin control hacia la nada, o lo que es lo mismo, hacia la idiotez absoluta.

El teatro debe ser valiente, abrir nuevas expectativas donde aparentemente no las hay, la historia del teatro, como de todas las artes, está llena de sorprendentes creaciones a contracorriente de toda expectativa de éxito que han cambiado el gusto del público y han generado nuevos horizontes.

El Teatro es vida. ¡Vívelo y compártelo!

 

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