Las letras de Zweig

Mariano Castagneto

Seguramente les habrá ocurrido que nuestra experiencia de lectura de cualquier autor cambia radicalmente cuando conocemos los pormenores de sus vidas. Es entonces cuando vemos destellos de sus experiencias en cada rincón de sus escritos, en cada escena y en cada detalle. No es posible concebir una lectura integral de una obra desconociendo a quienes leemos.

Y leer a Stefan Zweig es conocer a un autor nacido allí por 1881, en Viena, Austria, dentro de una familia judía acomodada, con padre, madre y hermanos. Una infancia alegre, una juventud llena de inquietudes intelectuales, fomentadas por las amistades familiares y los círculos académicos en los que la familia de Stefan se movía.

Pero a veces sucede que en la vida de todos nosotros y también en la de los escritores, hay puntos de quiebre, de inflexión. De etapas con comienzos y finales bien marcados. Y ese quiebre en la vida de Zweig fueron las Guerras Mundiales. Su mundo de infancia lleno de ilusión y magia, se derrumbó para siempre y nunca más volvería a ser el de antes. Su personalidad introvertida se fortaleció y sus relatos, novelas y ensayos fueron, paulatinamente, válvula de escape de un torbellino de sentimientos que bullían en su interior.

Huyendo de su Viena natal, Zweig se convirtió en un peregrino permanente. Visitó los Estados Unidos, el Caribe, América del Sur, la India y hasta la convulsionada vida política de la por entonces Unión Soviética, fomentando una particular amistad con otro célebre escritor, Máximo Gorki.

Más tarde, el propio Hitler prohibirá la representación de sus obras y mandará quemar en público todos sus libros. Zweig será un escritor prohibido y perseguido por el nazismo. Se transformará en el autor más traducido del mundo y su fama crecerá al mismo ritmo que su desesperación. Nunca más volverá a ver a su Viena devastada por la guerra y el dolor.

Visitará a Albert Einstein en Princeton. Y cultivará una notable amistad con Sigmund Freud, influencia que se verá reflejada en muchas de sus obras. Y cuando esté próxima su muerte, será la poetisa chilena Gabriela Mistral la personalidad de la cultura más cercana a Zweig, cuando el escritor ya trabajaba en una de sus últimas obras, “Brasil, país del futuro”. Fue la misma Mistral quien escribió, luego de la muerte de Stefan en Petrópolis, Brasil, en 1942, una conmovedora carta en la que se despedía tristemente de su querido amigo.

Hoy las obras de Zweig se vuelven a editar con un tremendo éxito. Si vamos a cualquier tienda de libros, seguramente nos encontraremos con más de una de sus numerosas obras. Zweig es maestro en biografías, como la de Maria Antonieta, Fouché o Maria Estuardo. Lúcido en novelas como "Partida de ajedrez", "Confusión de sentimientos" o "Amok". Ávido historiador en "Momentos estelares de la humanidad". Lúcido cronista en "El mundo de ayer". Y un magnífico creador de personajes en su obra de teatro “Jeremías”.

Dueño de una personalidad melancólica y acentuada por los estragos de las guerras, Stefan será un firme abanderado de las causas pacifistas, sobre todo luego de su amistad con el reconocido escritor francés Romain Rolland, a quien tiempo después retratará en una de sus biografías.

Imaginemos por un momento la sensación del autor de haberlo perdido todo y de tener que estar en huída permanente. Huyendo de sus tormentos mentales, de los sitios prohibidos, de lugares seguros. Es un poco la historia de "Mendel el de los libros", una de sus novelas breves en la el protagonista es un venerable anciano que siente su vida destruida luego de sufrir en carne propia los avatares de una guerra.

Y es que nunca nada volverá a ser como antes.

El anhelo de lo perdido, las ganas de lo imposible, la inocencia de un corazón puro que enfrenta las garras de un mundo loco dominado por el miedo y la incertidumbre. Ese es Zweig. No por nada es "El mundo de ayer" el título que llevan sus memorias.

Por eso, cada vez que tengamos oportunidad de andar por allí disfrutando de un paseo, visitemos a este autor en sus novelas. Leamos lo que nos cuenta en sus biografías. Es una especie de grito silencioso hecho de tinta, que nos lleva a reflexionar acerca de la importancia de la paz, de la concordia, de la armonía. En definitiva, de la felicidad.

Las letras de Zweig conservan la elegancia en la escritura, la excelencia en sus retratos psicológicos, la minuciosidad en descubrir el porqué de cada uno de los actos de sus biografiados y de sus personajes. Sus novelas no son relatos caprichosos con argumentos sin sentido. Son el intento de explicar el dolor que lleva el propio autor dentro, que reflejan los síntomas de una vida tremendamente intensa.

Como bien dice en una de sus obras, “solo la persona que ha experimentado la luz y la oscuridad, la guerra y la paz, y el fracaso y el éxito, sólo esa persona tiene una verdadera experiencia de la vida”.

 

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