Mamá, cómprame unas botas

Marta Timón

Mamá, compráme unas botas…

…que las tengo rotas de tanto bailar. No es que haya recordado, de repente, a Concha Velasco o haya imaginado el baile que rompió sus botas (también al grito de “Mama, quiero ser artista….”)….Simplemente me he dado cuenta, hoy, a punto de llegar al trabajo, vaso de café en mano (emulando, por qué no, un paseo por Manhattan a golpe –mejor a sorbo- de Starbukcs) que se me había roto una bota. ¡Oh!

Y entonces he gritado mentalmente “¡Dios! ¡Necesito un slow en mi vida! De veras, ¡me tengo que apuntar ya al movimiento slow!”. Y eso, porque me jode no haberme dado cuenta antes del estropicio; no haberme dado cuenta de que eso, irremediablemente, iba a ocurrir. Mis botas se han roto, no de tanto bailar, sino de tanto correr. De correr físicamente (niños, colegios, trabajo, visitas, abastecimientos… todo seguido, sin aliento) y de correr mental y emocionalmente desde un punto a otro punto situado aparentemente a años luz (esto es, desde el derecho a la tutela judicial efectiva, hasta los ensayos de “La quinta estación del puto Vivaldi” o los lienzos y el pincel).

Caigo, de repente, en la cuenta de que la distancia a recorrer no es el problema —tal vez sí las prisas que, ciertamente, no son buenas consejeras—. Al contrario, quizás sean esas distancias las que, precisamente, tornan estimulante nuestro trayecto vital. Se trata, acaso, de romper la linealidad. En una de las dedicatorias más sentidas que he leído (a León Werth, en “El Principito”) Antoine de Saint-Exupéry nos recuerda que “todas las personas mayores fueron al principio niños (aunque pocas de ellas lo recuerdan)” —y por eso corrige su dedicatoria para transformarla en À Leon Werth, quand il était petit garçon—. El niño transita de una actividad mental a otra sin coste físico o emocional ninguno; es, en este sentido, un espíritu libre, en el más puro sentido nietzscheano. Puede pasar (con espontánea inmediatez) de leer un cuento a jugar con un barco de piratas y, de ahí, a pintar un señor encerrado en una caja rodeado de peces globo para, a continuación, dar saltos en el sofá o corretear con su hermana imitando el chú-chú de un tren con mayor o menor fortuna.

Creo que a mis 42 años mis botas se han roto porque, no sé en qué momento, me he olvidado de bailar; he arrinconado (¿dónde?) el goce del trayecto y me lo he tomado todo demasiado en serio. He desdeñado la ligereza y me he rendido a la pesantez. Me he creído a pies y juntillas mi auto-broma de juventud —según la cual cuando cumpla 45 años me convertiré en la nueva Irene Papas (toda griega, enteramente trágica, atrapada por el fatum)— y he sucumbido bajo mi propio peso. He creído, de repente, que tenía que “ser alguien” (inmutable y permanente) en todos y cada uno de los ámbitos a los que me dedicase y he olvidado lo fascinante que es tener la capacidad de cambiar de tercio y las posibilidades que ello ofrece. Los niños no buscan un resultado inamovible en lo que hacen, simplemente, juegan, disfrutan, caminan, bailan, son diletantes y, lo importante, es el proceso (porque cuando ya has acabado el dibujo ¿qué haces?).

Bailemos, entonces. “No somos de los que sólo consiguen pensar en medio de los libros; bajo la sacudida de los libros —acostumbramos a pensar al aire libre, caminando, saltando, subiendo, bailando, preferiblemente en lo alto de las montañas solitarias o a las orillas del mar, allí donde los propios caminos se vuelven pensativos”, dice Nietzsche. Tendré que escribirlo en letras verdes sobre un papel amarillo y fijarlo en mi conciencia: lo importante no es correr, es bailar. Porque bailar es lo que te permite conectar el lado izquierdo y el lado derecho del cerebro, lo que nos permite afrontar la complejidad de la vida con transversalidad u horizontalidad de pensamiento, alejándonos de estructuras verticales o jerárquicas de razonamiento; abriendo las puertas a la interdisciplinariedad (no sólo exógena, sino endógena).

Bailar, disfrutando del proceso y compartiéndolo. No me refiero ahora al compartir desde una perspectiva católica, sino a la exteriorización de nuestro devenir (¡abran escotillas!); a mostrarlo sin pudor, acelerando así las posibilidades de intercambio, de crecimiento, sin importar demasiado en qué fase nos encontremos —en este sentido me quedo con tres de las diez reglas que propone Austin Kleon en su libro “Show your work” y que considero trasladables a la vida: Think process, not product; Share something small every day: Teach what you know)—. Bienvenidos sean entonces los mil quehaceres diversos que me ocupan: desde el jurídico hasta el poético. Bienvenida, de nuevo, una actitud amateur —en su primera acepción etimológica: aquel que ama— ante todos ellos. ¡Adiós a la pesantez ensimismada!

Lo sabía y lo había olvidado. Había roto la interconexión, las redes, el enganche. Corría de una cosa a otra por pura inercia (de supervivencia). Se me rompió una bota de tanto correr; pero la próxima se me va a romper de tanto bailar….”Charleston, charlestón,…cómo alegra mi corazón”…

 

 

 

 

 

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