No

Enrique R. del Portal

Hace mucho tiempo que dejé de creer en los reyes magos. Desde muy niño, mis padres me llevaban unos días antes de la noche de reyes a Galerías Preciados, y me dejaban elegir el regalo que yo quisiera; un Tente, o un Exin Castillos… parecía muy moderno y civilizado, pero ahora, con la distancia de los años, me parece entender que algunas de las preocupaciones que me asaltan constantemente, y esta dificultad de entender lo que sucede tanto a mi alrededor como puertas adentro, deben tener su origen, o parte, en aquella temprana pérdida de la inocencia.

Enseguida aprendí a percibir el mundo de la forma más pragmática posible. Pasé los años de la consabida educación religiosa, el catecismo y la catequesis, con un escepticismo extraño para mi edad, y llegué a la adolescencia con la convicción de conocer el secreto de la vida, que no era más que la ausencia de ningún secreto. Qué equivocado estaba.
Ahora, pasando la esquina de la mediana edad, es cuando todo se tambalea, cuando más dudas tengo, y cuando he dejado de comprender todo aquellos que creía entender.

Ya os he dicho en algún otro post, que cuando leo la prensa, incluso cuando veo los noticiarios en televisión, suelo ponerme de mal humor, y no es un recurso literario, en serio. Últimamente, quizá porque mi vida ha tomado un cariz caótico inesperado, no soporto el cúmulo de mentiras con las que nos están haciendo comulgar. Y no entiendo nada, ni les entiendo a ellos, ni entiendo la paciencia de la gente de a pie. Da igual que hablemos de política, de cultura, de sociedad, de sanidad, de economía… Todo parece estar podrido, exhalar un extraño tufo a peste moribunda. Como si nada fuera bien, como si nada funcionase en su justa medida y caminásemos orgullosos hacía la nada.

Se supone que como ciudadanos, trabajadores, contribuyentes, empresarios, artistas o simples paseantes, deberíamos entender que están haciendo con nosotros. Algunos dicen que no es más que un atraco, quirúrgicamente diseñado; otros nos explican que las variables macroeconómicas nos han llevado a esta situación en la que todos debemos sacrificar lo indecible. ¿Todos?

Pero yo no quería hablar de esta situación; ya se ha dicho bastante, y mucho mejor de lo que yo pueda hacerlo. Lo que me gustaría destacar es mi imposibilidad de comprender lo que pasa por la cabeza de esos pocos que nos están atracando, y por la de los muchos que estamos siendo atracados. Podría entender a los primeros, al fin y al cabo, lo único que están haciendo es profundizar el foso que protege su castillo, blindar sus privilegios.

Pero a los segundos no los entiendo por mucho que lo intente. Nos han amordazado con sogas de miedo, nos exprimen, nos sacuden hasta que no quede calderilla en nuestros bolsillos, y ¿cuál ha sido nuestra respuesta? Manifestaciones, plataformas, protestas…

Tenemos que soportar que nos insulten y, a la vez, que nuestras respuestas, nuestros insultos, sean reprimidos y castigados hasta la absurdez. Siempre he pensado que el pueblo español era capaz de las más grandes heroicidades pero apenas durante veinticuatro horas, ya que al día siguiente, el desorden o la apatía hacen de la gesta un completo fracaso. Ejemplo sintomático es el levantamiento del dos de mayo, que da al traste, no sólo con la invasión francesa, sino con el intento de unos cuantos ilustrados de abrir las ventanas patrias a la modernidad de más allá de los Pirineos. Intento vano.

Nunca podremos ser modernos, ni libres. No olvidemos que el lema de los rebeldes luchando contra los franceses era “Vivan las cadenas” Sólo un español, escupiría así a su propio progreso.

Nos ha faltado una guillotina a tiempo, una ilustración adecuada, una buena lima para tanta cadena. Y no alimentar esta insana connivencia de las élites políticas con las económicas y las religiosas. Si va a resultar que son los mismos… Y, habilidosamente, nos tienen ocupados con nuestras charlas de sobremesa, discutiendo sobre si la culpa es del partido en el poder o la sacrificada oposición. Vaya dos, tienen más muertos en los armarios y más papeles que ocultar que una banda de facinerosos. Y ahora que me lo prohíben, es cuando les insulto, con mi nombre y apellidos por delante, sin ningún Nick falso que me proteja: sois todos unos hijos de puta. Y cuando vengan pondré las muñecas gustoso para que me esposen, pero no me pongáis multas, no me queda un céntimo.

Recuerdo un tiempo en el que soñaba que el mayor indicador del éxito de un artista, era la posibilidad de rechazar proyectos, guiones que no te gustasen. Está mi carrera como para rechazar trabajos… Cuando andamos tan agobiados por la mierda de situación que nos rodea, por toda esta injusticia, por esta guerra declarada, yo me asomo al interior y no veo más que dudas, e incertidumbre. En el fondo creo que sí me ha afectado todo esto. Pero, ¡coño! es que llevo el peor año, posiblemente, que he pasado en mi vida profesional y personal.

Así que ya que no puedo decir no a ningún proyecto, ni rechazar ningún trabajo, me reservo el derecho de decir no a lo que me rodea. A gritar a los cuatro vientos que no me gusta, y que no me harán comulgar con ruedas de molino, ni con kilovatios de contador, o con leyes que restrinjan más mis derechos o mis libertades. Podrán vencerme (ya lo han hecho) pero no convencerme.

Aún me queda alguna pequeña alegría. A principios del año que viene representaré una de mis zarzuelas favoritas, “El Barberillo de Lavapiés”, en el que represento el papel de Lamparilla, un barbero madrileño, que por un azaroso juego amoroso se ve inmerso, sin casi saberlo, en una conspiración para que Floridablanca alcance el puesto de primer ministro de Carlos III. Una trama de ficción en un marco real. Al final de la función, los partidarios de Floridablanca consiguen su propósito y lo celebran ante el estupor de Lamparilla, que les responde, ante la alegría de un próspero futuro:

“… qué ilusión,
pensar que, porque ha cambiado
el secretario de estado,
será feliz la nación.
Aunque suban a millares
a enmendar pasados hierros,
siempre son los mismos perros
con diferentes collares”

Terriblemente actual, ¿no os parece? Ahora ya no os aburro más. Os dejo una temporada, creo que ya os he contado bastante mis tonterías, pero seguro que nos terminaremos encontrando en algún blog, o en cualquier red. Me gustará seguir teniendo noticias vuestras. O lo más probable y deseable es que no veamos en algún teatro, ojalá. 

Hasta pronto.

 

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