No

Ignasi Vidal

El “no” es una palabra que está mal vista. Pronunciarla suele acarrear problemas al que la pronuncia y sobre todo, al que va dirigida la negativa. Si este último está en situación ventajosa, dispuesto a esgrimir su poder, tenemos que considerar la posibilidad de la pérdida.

Gran dilema este .

Por eso, desde que somos pequeños nos enseñan por nuestro bien e interés, a decir “sí” en la medida de lo posible, ya que esto evita el enfrentamiento.

Sin embargo, conforme me voy haciendo mayor, tratando de ser honesto conmigo mismo, cada vez me acuesto más noches con la sensación y el remordimiento de no haber dicho todo lo que pensaba. Me pasa, que siento que debería de haber dicho que “no", en donde dije que “sí”. Sin duda, el espíritu de supervivencia y los años de aprendizaje en los que nos enseñan a inclinar la cerviz hasta que llegue una ocasión mejor, van por delante del instinto de honestidad que debería perseguir el conjunto de la sociedad.

Este miedo congénito al enfrentamiento, aún cuando los argumentos que poseemos sean sólidos, acaba por corromper el ambiente. Por consiguiente, decir en exceso “sí” constituye una forma de corrupción, a veces moral y otras tantas moral y material.

Por desgracia hay quienes no tienen otra alternativa dada su situación. En esos casos puede justificarse.

Constantemente observo esa forma de corrupción en mi entorno. No sólo eso, sino que en muchos casos tengo que ser franco conmigo mismo y plantearme cuánto he contribuido yo en esa corruptela al haber dicho “sí” donde debería haber dicho “no”. O peor, cuánto he contribuido con mi silencio cómplice en el falso argumento, de que así son las cosas.

Sin embargo es curioso, porque los que me rodean tienen la sensación de que soy un inconformista, incluso algunos amigos, en tono jocoso, me tachan de polemista. Concretamente tengo un amigo que, no hace mucho, me decía que siempre tengo el “no” por respuesta y que eso es una ventaja.

Es curioso lo alejada que está la percepción que tenemos de nosotros mismos (al menos en mi caso) de cómo nos ven desde fuera.

Como sea, lo cierto es que no nos enseñaron a discrepar con respeto y tolerancia. No estamos educados en el digno propósito de buscar y encontrar la verdad, sino de camuflar nuestras verdaderas intenciones y debilidades.

Y así, el problema está servido por los siglos de los siglos. La corrupción y el abuso de poder formará parte de nuestro modus vivendi.
Hace ya unos cuantos años, una gran amiga, la genial actriz argentina Cecilia Rossetto, me dijo algo que se me quedó grabado. Fue durante los ensayos de un montaje en el que trabajamos juntos, bajo la dirección de Calixto Bieito; pues bien, después de una discusión respecto a un detalle en una escena, detalle que ella no estaba dispuesta a aceptar, por parte de la dirección, me dijo: “No pasa nada, el Teatro es esto, discusión, discrepancia. Aquí nadie se enfada, este es el éxito de este director. Sabe escuchar. Lo más difícil en nuestra profesión (y en la vida añadiría yo) es aprender a decir No. Regístralo”.

Es absolutamente cierto bajo mi punto de vista: Si no hay discrepancia, discusión y debate, el Teatro deja de ser interesante y se convierte en un pesebre o en un triste pinta y colorea. El compromiso exige decir “no” cuando uno cree que debe hacerlo, no para castigar ni censurar, sino para buscar y encontrar un camino más despejado. Esto es absolutamente exportable a cualquier ámbito de la vida.

Pero parece ser que hoy en día ser crítico, con uno mismo y con lo que nos envuelve, no casarse con nada ni con nadie, exigirse a uno mismo dar un paso más hacia la excelencia, está mal visto, porque es incómodo para esa gran cantidad de gente que vive de la autocomplacencia y el pasotismo.

Es normal, sólo hay que dar un paseo por los diferentes canales de televisión y ver cuál es el panorama. Ser famoso o estar cerca del poder es el objetivo primordial de nuestra sociedad. Para ambos objetivos no es necesario ni ser inteligente, ni poseer una gran cultura, ni tener talento alguno. Hace falta, eso sí, tener pocos escrúpulos y estar siempre dispuesto a mancillar al tercero para que el poderoso entienda nuestra total adhesión a su causa.

Desinformación. Eso es muy querido por el poderoso. Así siempre nos tendrá controlados. La incapacidad de muchos por formarse un pensamiento crítico, analítico y saber exponerlo con argumentos sólidos, es la ventaja del poderoso. Es su verdadero tesoro. Mucho más que el poder en sí mismo.

Decía Maquiavelo algo así como que en la vida hay tres clases de cerebros: "Los que maquinan, piensan y ejecutan. Los que comprenden a los que piensan y los que no comprenden nada."

Hoy repasando las noticias en el desayuno, he leído en el Correo Gallego una fantástica entrevista a María Teresa Mirás Portugal (Neurocientífica y Presidenta de la Real Academia Española de Farmacia). En una parte de la interesante entrevista he leído lo siguiente: “Quien dice a todo que sí, sólo demuestra su escasa inteligencia y su condición de ser un pelota bárbaro”.
He sentido pánico al leerlo y me he quedado un rato reflexionando, porque, como decía al empezar, llevo demasiados días pensando que digo con frecuencia “sí” cuando debería haber dicho “no”. Aunque algunos de mis queridos amigos piensen lo contrario de mí, debería decir más veces “no”. Un “no” rotundo, tajante y purificador, como el que Rossetto dijo con una sonrisa en los labios en aquel lejano ensayo.
Es cierto, siento que estoy cansado de ver cómo la mediocridad medra en los círculos del poder, ante mis narices, con descarada actitud farisaica. Y algo decepcionado estoy conmigo mismo por haber contribuido a esto con mi silencio cómplice.
Por todo esto sólo puedo hacer una cosa: mejorar como persona empezando por decir “no” cuando piense que debo hacerlo. Es la única forma de premiar el talento y el esfuerzo ante la mediocridad y el oportunismo.
Salud y animaos a decir "No" cuando penséis que debéis hacerlo.

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