¿Para qué sirve el teatro?

Jorge de las Heras

¿Para qué sirve el teatro? ¿Para qué sirve el cine? ¿Para qué sirve el arte en general?

Afortunadamente para nada. Afortunadamente hay cosas que no necesitan servir porque son fines, no medios. En una cultura en la que todo sirve para todo pero nada sirve para nada cuesta darse cuenta. ¿No sería más bien la pregunta a formular “para qué sirve todo lo demás”? No ha habido jamás otro momento en la Historia en el que nuestra especie haya tenido tantos medios a su disposición y paradójicamente jamás ha habido al mismo tiempo tanta carencia de fines. Si imaginamos al conjunto de la humanidad como un individuo podemos ver como este individuo naufraga una y otra vez entre la banalidad y el fanatismo, entre la miseria y el despilfarro, entre la pulcritud enfermiza y la marranería indolente. Como dice mi amigo Manuel Burque yo veo a un gordo subnormal con los calzoncillos cagados y aliento olor a menta. Alguien a quien no presentaría a mi hija, alguien a quien no sentaría a mi mesa. Lamentablemente todos estamos sentados en la suya. Todos sabemos lo que pasa a fuerza de sentarse años y años a la misma mesa. En un sentido u otro, en un grado u otro, todos terminamos siendo ese gordo subnormal tarde o temprano.

La religión ha perdido el poder de vertebrar la experiencia moral de los seres humanos y de orientarla a unos fines. En el vacío dejado por ella se atropelan los nuevos pretendientes: psicoterapeutas, filósofos, meditadores, yoguis, artistas, vegetarianos… Pero están desorganizados y andrajosos y a esta señorita hay que agasajarla o no se casa con nadie. O lo que es lo mismo, necesitamos una industria cultural potente, apuesta, que sea capaz de inocular sentido en el sistema global de producción. ¿Por qué no pensar un sector industrial de peso en términos culturales? Es una industria barata en términos comparativos de producción y no contaminante: no esquilma los recursos del planeta y genera la más limpia de las energías: el espíritu. Si dedicásemos un tercio de lo que malgastamos en ropa que no necesitamos, en actualizaciones de hardware y software, muebles de Ikea, menús de restaurante y, sí, voy a decirlo, en coca y putas, demonios ¡podría ser un sector saludable de nuestra industria! Valga esto para las mentes pragmáticas.

Vaya, pero resulta que la cultura en este país de ser considerada como un bien primario ha pasado a tener unos impuestos del 21%. Vaya, pero resulta que el sistema educativo lleva veinte años siendo torpedeado: LOGSE, LOU, BOLONIA, recortes demenciales, aristotasas universitarias… Sí, lo primero que uno siente es una rabia animal contra nuestros politicastros, pero, señoras y señores, no voy a hacer un cuadro maniqueo. Ellos son un reflejo de lo que -también y aunque no solo- somos. Aquí la responsabilidad es de todos, todos estamos sentados a la misma mesa. Y los primeros los artistas. Cuesta muchísimo, muchísimo encontrar propuestas de calidad sean del género que sean. Como programador para mí es motivo de tristeza constante recibir dosieres y vídeos de una calidad pobrísima. No se trata ya de que haya cosas mejorables en una propuesta. Hablo de niveles básicos de trabajo dramático. Diantre ¡se supone que somos el último bastión! Me entristece, me entristece profundamente. Más sabiendo que detrás de esa propuesta hay horas y horas de trabajo de seres humanos.

Quizá no lo parezca pero soy una persona optimista. Creo que la humanidad dejó hace un par de siglos la infancia y se encuentra en plena adolescencia. Un período, como la propia palabra denota, de adolecer, de dolor y de carencia. La crisis que estamos viviendo no es una cris de los valores bursátiles sino una crisis del valor mismo. Al mismo tiempo por todo el planeta están apareciendo herramientas para el cuidado de sí y nuevas modalidades de conciencia. Y estas herramientas se están democratizando, cada vez menos pertenecen estrictamente a élites culturales o económicas. Es el momento de darse cuenta y lo primero que hay que hacer es ver que en una u otra medida todos tenemos la ropa interior llena de mierda. Nos hace falta una dieta y un largo y a veces penoso proceso de higiene. Pero esta es la única lucha que merece la pena, en cuyo nombre, u olvido, se han librado todas las otras.

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