Parada solicitada

Enrique R. del Portal

Hay días malos, como este 10 de agosto. Días en los que inexplicablemente todo sale mal, o te da esa sensación. Los pies pesan, y desde la mañana se anuncia que esa jornada no va a ser buena.

Son esa clase de días que parece que sólo aportan malas noticias, que a uno se le revuelve el estómago al leer los periódicos (mala costumbre) o ver los telediarios (peor hábito). Ya lo dijo Ignasi Vidal, mucho mejor que yo en su post “La confesión de un tipo antipático”, acerca de lo enfermizo de la programación televisiva; a lo que me gustaría añadir esa terrible certeza de que da igual el canal en el que busques ocio o distracción; todos compiten en zafiedad, vulgaridad y un gusto pésimo, por no decir inexistente. Recordar con vergüenza ajena hitos del entretenimiento como los espacios de chicos y chicas y al contrario, o los pseudo-investigadores que se dedican a catalogar y analizar la vida –no de personas públicas o populares- sino la de los que estuvieron con alguien que estuvo con alguno de ellos, y si esto falla, hacemos de los más necios los protagonistas. Personajillos imitando a personajetes, fachendas tirándose de un trampolín y comentando el color del bañador del otro andoba… Caspa. Caspa hasta parir una duna en la que te ahogas.

Esos días en lo que por más que buscas una justificación de tu angustia en la poesía, en la música, en la filosofía, en la literatura, en el cine; por más que intentas entender qué sentido tiene todo lo que te rodea, no lo encuentras. Y sobre eso, te embadurnas en ese desasosiego, en ese principio de vacío.

Todo parece ordinario, mezquino, porque ya no hay principios, ni éticos ni estéticos en prácticamente nada. Sólo interesa hacer caja.

Días en los que me repugna que los referentes de nuestra cultura sean individuos que van detrás de un balón, que nos “estupidice” (entre tantas otras cosas) una actividad que empobrece los corazones y lo que es peor, aumenta de forma nauseabunda la deuda que esas empresas tienen con todos los ciudadanos. Hace unos días leía un artículo de opinión en el que se comentaba que con lo que había costado el fichaje de una “estrella” del deporte, se podían hacer infinidad de actividades y subsanar una buena cantidad de carencias presupuestarias. ¿Qué hacer? ¿A quién subleva algo así?

Empiezas a perder la esperanza en el ser humano, al menos en el de estos lares. Te preguntas de qué sirve la inquietud, si sólo te lleva a la duda constante, a la desconfianza y la infelicidad.
Supones entonces que hay convertirse en un cerdo feliz, al contrario de lo que nos decía Stuart Mill, más que en un hombre descontento.

Días en los que, como contaba en el post “Al César lo que es del César” no termina de sorprendernos la impunidad de los dueños del cortijo, que hacen del “nadie tiene la culpa de nada” un salvoconducto con el que nos restriegan su impermeabilidad al decoro.

Esos días suelo perderme, por dentro y por fuera. Pasear por mi Madrid ideal, por el real y por el imaginario, para lo que me asomo también al interior, y revuelvo entre los pensamientos y los recuerdos como jugando a desordenarlos. Esa mirada, la que hago hacia dentro, es la que más miedo da. La que más me preocupa.

Recuerdo una cita de mi admirado amigo y compañero Luis Perezagua: “Cuesta lo mismo educar bien, que educar mal”. Y entonces me atosiga la incógnita: ¿Por qué nos educan mal? y lo que es demoledor, ¿Por qué nos dejamos educar mal? ¿Por qué nos ofrecemos al sacrificio de esta alienación?

Son esos días en los que sientes que tu trabajo no tiene ningún sentido, que tu carrera es un lamentable error. Decía Plácido Domingo, respondiendo a un periodista que ponderaba la magnificencia de su legado artístico: “Importante es lo que hace un neurocirujano, yo simplemente canto”. Pierdes la autoestima, y todo empieza a distorsionarse y volverse gris, un gris muy oscuro. El alumno a quien estimas, y pretendías ayudar, te da la espalda sin despedirse. Crees que no valoran el esfuerzo que has realizado, el afecto que tienes a tu oficio, y los fracasos se vuelven omnipresentes y desaparecen los aciertos. Un fantasma se para en la puerta de tu camerino sonriendo, y las pesadillas despiertan ventanas adentro.

Entonces dependes de la ayuda química. Te aferras al auxilio en forma de píldora que adormece tu sinapsis, o la espabila, en función de tus necesidades. Y ya no sabes quién eres, si tú o el principio activo que te socorre. Y quieres más, y más…

Sueles entonces desear que pare todo. Bajarte en la siguiente parada. Acaso desaparecer sin que el autobús se haya detenido. Y entonces sucede lo milagroso; un amigo inesperado, alguien a quien quieres, te tiende su mano. Te recuerda que no puedes perder de esa forma la compostura. Comparte contigo su entusiasmo y recuperas un poco de tranquilidad. Marta te llama, y te habla de los detalles domésticos tan intrascendentes y que tan valiosos son para la felicidad. Piensas en Tosca, y Blues, tus perros, y en esos paseos durante las tardes, en el Parque de Atenas, que hacen que valga la pena vivir. Miras la foto de Lucía, Rafita, Livia y Aarón, enciendes la radio y suena “Rebel, Rebel”, de David Bowie, y todo empieza a recobrar poco a poco su color.

Entonces el día acaba inusitadamente mucho mejor de lo que empezó. Das gracias no sabes a qué, pero lleno de esperanza. Y decides compartirlo en tu blog, para agradecerle a los que están al otro lado, ese momento de atención que te dedican, esos minutos en los que se preocupan por lo que escribes de vez en cuando. Con un poco de apuro, por compartir algo tan íntimo y embarazoso, y no haberles entretenido. Excusándote por haberles utilizado para exorcizar tus miedos. Pero en el próximo post les compensarás, prometido queda.

Se detiene el autobús, y decides que es mejor no bajar; todavía no es mi parada.

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