Paseante en Corte

Enrique R. del Portal

No se acaban las calles, no terminan de pasar
-Nacha Pop-

Hoy me gustaría perderme. Perderme por las calles de Madrid. Buscar a cada momento una ruta que me lleve a un rincón desconocido o ya transitado, a una calleja oculta entre nuevas edificaciones.

Empezar, por qué no, en la Puerta del Sol. Junto a la marquesina de la parada de la línea 17 del autobús. Cruzando la calle, en la acera de La Casa de Correos, mirar al oeste, y ver la silueta de San Ginés, recortándose sobre la calle Arenal. Enfilar dirección a la calle Postas, para desembocar en la Plaza Mayor. Rodeado de gente de todo el mundo, galdosiano espectador de la vida, en vez de protagonista de la mía.

Decido bajar por la calle Toledo, y veo al fondo las torres de San Isidro, y junto a la colegiata, las ventanas del instituto. Acercarme, entrar al claustro, mirar el silencio e imaginar que vuelvo a ser aquel estudiante. Han quitado la cantina, donde tantos cafés tomé.

Encaminarme hacia la calle San Bruno y desembocar en Grafal para girar a la derecha y llegar a Puerta Cerrada, donde empieza la calle Segovia, que me invita a descender hacia el río. Seguir la cuesta y encontrar a la derecha el pasaje del Obispo, con la basílica de san Miguel al fondo. Un poco más abajo, a la izquierda, la escalinata de la travesía del Nuncio y a la derecha las calles del Doctor Letamendi, donde se encuentra la casa de Iván de Vargas donde vivió San Isidro, y la del Cordón. A una manzana escasa está la plazuela de San Javier, donde Moreno Torroba, Federico Romero y Guillermo Fernández-Shaw sitúan la acción de “Luisa Fernanda”, De este apacible rincón de Madrid, donde mis años de mozo pasé, una mañana radiante partí sin más caudal que mi fe… A la derecha se encuentra la fuente de las Vistillas, en el rincón de la plaza de la Cruz Verde.

Seguir descendiendo y encontrar, casi de pronto, el viaducto de la calle Bailén, majestuoso, como un monstruo ancestral, pasar bajo él, no sin un poco de impresión. Dejando atrás a la izquierda la casa del Pastor, desviarme a la derecha, para coger la vereda de los jardines del Emir Mohamed I que me lleva a la Cuesta de la Vega junto a La Almudena. Bajar por las cuestas que rodean los jardines de Boccherini. Llegar al paseo de Plasencia, que recorre el parque de Atenas, para atravesarlo y llegar al pequeño jardín infantil donde de niño, me traía mi padre a montar en los columpios.

Ahora estoy en Virgen del Puerto. A la derecha la verja de un jardín. Ojalá esté abierto.
Caminar despacio, en dirección a Príncipe Pío. Llegar a la puerta del Campo del Moro, y admirar la vista de la fachada oeste del Palacio Real. No es un lugar no demasiado conocido, pero es un remanso en el ajetreo de la ciudad. Aquí parece que el rumor constante de la ciudad disminuye. Entrar y pasear, como tantas veces, alejándome por un momento de la realidad. Acercarme a la rosaleda y robar una flor, para regalársela a uno de esos amores entre la niñez y la adolescencia que nos dejaron las marcas, que son tan nuestras como la geografía de nuestra piel. Rodeando el Chalecito de la Reina llegar hasta el mismo límite del Palacio. Ahora en obras por la construcción del Museo de Colecciones Reales, justo donde un día hubo una rocalla artificial, junto al estanque de la Cascada.

Saliendo del Campo del Moro, girar a la derecha y enfilar hacía la glorieta de San Vicente, para dirigirme hacia Plaza de España por la cuesta de San Vicente. Al llegar al cruce con la calle Bailén, dejando a la derecha los jardines de Sabatini, cambiar de rumbo, para dirigirme al parque del Templo de Debod, y recorrer todo el perímetro de la montaña del Príncipe Pío, por una senda, apenas dibujada, que hay entre los arbustos, en paralelo a la calle Irún. Un paraje que todavía conserva el olor de mi juventud, de juegos y escapadas. El camino de los amigos lo llamo, como en el poema "Memoria de Árboles";

En ese lugar arañamos nuestros nombres,
en aquella vieja acacia que resistía
los embates de la contaminación.
Y tanto creció la ciudad
que se llevó la sombra de vuestros nombres y el mío.

La tarde ya empieza a declinar. Mirar, ahora ya a lo lejos, el puente de Segovia, y más allá, hacía el sur, el comienzo de Carabanchel. Continuar por las escaleras del Parque de la Montaña, hasta volver junto al Templo de Debod. Ahí parar un instante, para ver la imponente vista de la Casa de Campo, y más allá Pozuelo, Humera y Aravaca. De ahí, cruzando Ferraz, tomar la calle Evaristo San Miguel, andando despacio cuando al cruzar con Martín de los Heros, para contemplar el colegio Fray Luis de León, en cuyo teatro, en 1983, canté por primera vez en un coro profesional.

Después de desembocar en la calle de la Princesa, y volver al ruidoso ajetreo del tráfico. Dudar un momento, si girar en dirección a Moncloa o volver a la Plaza de España. Gana la Plaza de España, donde el día ya se va apagando. Y desde ahí, subir por la calle Leganitos y, sin prisa, desembocar en la plaza de Santo Domingo; todavía no hay puestos, creo que no los pondrán hasta octubre. Tomar Jacometrezo para llegar a la plaza de Callao, y cruzar a la otra acera de la Gran Vía. Yendo dirección a Red de San Luis, imaginar las carteleras de cines y teatros que ya no existen, y sobre cuyas plateas fantasmas ahora campan enormes supermercados de moda conviviendo con musicales de Broadway. Tampoco existe ya la cafetería Zahara. Todo cambia.

Girar a la izquierda y subir por la calle Valverde, ya casi completa la noche, para llegar a la calle Colón, y a la izquierda dejar la plaza de San Ildefonso. Mientras avanzo por la Corredera Alta de San Pablo, pienso en los locales míticos de Madrid que había por aquella zona; Ágapo, Elígeme… y algunos que resisten, como La Vía Láctea o El Penta. Lugares donde pasé algunos de los momentos más divertidos de mi juventud.
Al llegar a Velarde con Fuencarral, dejar atrás la recién bautizada plazuela de Antonio Vega, y enseguida desviarse a la derecha para tomar la calle Apodaca, y en Mejía Lequerica girar a la derecha para enseguida subir hacia Sagasta por Beneficencia e inmediatamente después por Hermanos Álvarez Quintero. Decido andar lo que queda de Sagasta para llegar a la glorieta de Alonso Martinez, y desde ahí bajar por Génova hasta la plaza de Colón. Bajar por la acera de la izquierda para ver el escaparate de la librería Pasajes. Llegar por fin a Colón, la meta de mi paseo.

Ya es noche cerrada, aunque apenas son la 11 de la noche. Y la luz de este Madrid en Junio, es casi tan viva como la de mediodía. Me siento un rato en la base del monumento a Colón, que ahora está en el centro de la glorieta. Contemplo la noche urbana, el ir y venir de transeúntes y automóviles. Es siempre la misma ciudad, aunque cambie. La adoro; insufrible pero insustituible. Debería regresar a casa, pero caminaré un rato más. Tomando el Paseo de Recoletos, en dirección a la plaza de Cibeles, y después Atocha, y la Ronda de Toledo. Nunca termino de recorrer las calles. También me hubiera gustado ver el atardecer desde la Plaza de la Armería, o desde las Vistillas, pero nunca hay tiempo para el paseo perfecto. Seguiré intentándolo.

 

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