Plaza del que venga

Enrique R. del Portal

En 1934 se estrenaba en el madrileño, y ya desaparecido, Teatro Fuencarral, "La del Manojo de Rosas", zarzuela de Anselmo C. Carreño y Francisco Ramos de Castro, y música del maestro Pablo Sorozábal, que suponía un éxito inesperado, y que salvó a la empresa del teatro de una más que segura ruina, y apuntaló la ya notoria fama de sus autores.

La obra aportaba al género la modernidad tanto escénica como argumental que hoy echamos tanto en falta en la lírica, y cuya carencia ha llevado a la zarzuela a la sima de la que difícilmente ya saldrá. Entre otros aciertos, la situación se desarrolla en una imaginaria plaza madrileña, a la que los autores, habilidosamente llamaron Plaza Delquevenga, en clara alusión a la costumbre que tenían las fuerzas políticas de cambiar los nombres de las calles en función de sus intereses políticos. Como es de suponer, desde la noche del estreno, cada vez que se levantaba el telón, mientras sonaban las primeras notas del magnífico preludio de la obra, y se podía leer el acertado nombre de la plaza, el público estallaba en risas y aplausos, reconociéndose sin duda, en ese pueblo madrileño que sufría los caprichosos cambios de la nomenclatura urbana, y que llegaba a producir cómicas situaciones.

Yo tuve la ocasión de participar en la reposición de esta obra, en 1990 en el Teatro de la Zarzuela, dirigida por Emilio Sagi y Miguel Roa; y aunque fue un gran éxito, éste del nombre de las calles, era un chiste que pasaba casi desapercibido, excepto para los más veteranos, que dibujaban una sonrisa entre cómplice y melancólica.

Estos días he vuelto a reconocer el talento de los autores de "La del Manojo de Rosas" al ponerse de rabiosa actualidad la anécdota de “plaza del que venga” con la decisión del director del teatro Fernando Fernán Gómez, José Tono, de cambiar el nombre del teatro, y volver a llamarlo Centro Cultural de la Villa de Madrid. Decisión que se materializaba a ojos de los madrileños, con la retirada del nombre del actor, del frontal dónde antes hubo una espectacular fuente con cascada. Esto sucedía justo el día anterior al del sexto aniversario de la muerte del actor, lo que no hizo sino acrecentar el agravio recibido por su viuda, Emma Cohen, y por gran cantidad de actores, artistas e intelectuales que expresaron de distintas formas su descontento.

Creo que no les faltaba razón. Aunque he de reconocer, que por motivos estrictamente personales y románticos, no me gusta que se cambien los nombres de los teatros, y tenía un cariño especial por el Centro Cultural de la Villa de Madrid, porque fue en su escenario, donde canté por primera vez en el coro de la Compañía Ases Líricos, allá por 1983. ¡Joder, cuánto tiempo ha pasado ya! Pero a lo que iba; también es cierto que no le faltaban méritos artísticos a Fernán Gómez para que un teatro madrileño llevara su nombre, y siempre es de mucho más gusto que la moda que sufren los teatros de un tiempo a esta parte, de añadir a su nombre, el de la compañía que lo patrocina. Si entiendo que la financiación manda, pero no deja de ser un poco chocante, o mucho; lo de la estación de metro Vodafone Sol, por ejemplo, es como para echarse a reír o a llorar. O ambas cosas a la vez.

El caso es que inmediatamente después de decidir el cambio de nombre del teatro de la plaza de Colón, y mientras se retiraban las letras del nombre del madrileño actor nacido en Lima, el director del centro recibía la orden de la alcaldesa Ana Botella, de reponer los dos nombres, el del teatro y su representación mural. Ella ha aducido que nunca deseó el cambio, y que el director Tono tomó la decisión de forma unilateral, pero lo único que me ha quedado claro es que una decisión y otra, prácticamente solapadas, no hacen sino darle a todo este asunto el mismo carácter de broma pesada, de comedia astracanada, que es la utilización de los nombres de lugares públicos para mayor gloria de un gobierno, de una ideología o un partido en el poder. Normalmente los que llegan al poder después de unas elecciones generales intentan borrar en la medida de sus posibilidades, las huellas que dejó el gobierno anterior, en sus políticas, sus proyectos y, cómo no, en los nombres que haya dejado, en calles, plazas, y desde este noviembre de 2013, también en teatros.

No voy a decantarme por ningún partido, ni por ninguna tendencia política en concreto, aunque creo que ya iréis intuyendo que soy más progresista que conservador, pero es que este baile de nombres lo han utilizado todos, y casi siempre, con muy pocas excepciones, me ha parecido repugnante e insultante para el pueblo. Una forma de llevar a la calle, literalmente hablando, las mezquinas diferencias de los políticos, que no suelen responder a las verdaderas inquietudes de los ciudadanos a los que supuestamente representan.

No recuerdo si fue un político de la Segunda República Española, el que propuso que las calles de las ciudades llevasen siempre nombres ajenos a la vida política, como calle de la Guitarra o del Pozo, o como en el centro de Madrid, los hermosos nombres de los gremios profesionales que habitaban allí, como Latoneros, Tintoreros, Arenal…

Cualquier solución sería más respetuosa para el pueblo que la de cambiar un nombre de un rival político o un intelectual crítico por otro más afín al del que ostenta el poder. Ahora que está en boca de todos denostar a los administradores públicos, por la cantidad de razones que nos dan, es cuando más que nunca tenemos que convencernos de que no merecemos lo que tenemos, que esta caterva de ineptos, de enemigos del sentido común, son un accidente en nuestras vidas, y que algún día seremos capaces de elegir a unos representantes dignos, y si estos nos decepcionan, tener el valor de ejercer el poder que tenemos sobre ellos.

Mientras esto sucede, yo prefiero sentarme en la terraza del Café Honolulú, en la plaza Delquevenga, donde pediré al camarero Espasa, mientras me sirve una caña, que me ilustre con su verborrea habitual sobre la situación que nos aflige.

Otra vez la realidad supera a la ficción. Esperpéntico.

Lee todo lo que ha escrito la prensa sobre el Teatro Fernán Gómez.

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