Salto al vacío

Carlos Atanes

Hay una foto famosísima de 1960 que nos muestra al pintor Yves Klein saltando al vacío desde una cornisa. Su postura denota una actitud resuelta, casi podría decirse que dicharachera. Como la de quien, ajeno por completo a los peligros que implica una decisión de ese tipo, se anima por las buenas a emprender el vuelo. Un vuelo muy corto, gallináceo, porque el suelo que hay debajo no tardará más de un instante en ponerle al corriente de lo espantosamente dura que puede llegar a ser la realidad física. La foto se titula "Salto al vacío" y, a pesar de la polémica que se desató en su momento acerca de la veracidad o no del hecho retratado, es claro que está trucada. Klein era judoka pero no invulnerable. Da igual, porque es una foto encantadora.

Como quería dedicar unas líneas al salto al vacío subir el telón con la foto de Klein me pareció lo más apropiado. Pero de lo que en realidad quería hablar, en un arranque de egolatría sin precedentes, era de mí mismo. De mis saltos metafóricos —que todos realizamos cuando asumimos algún riesgo importante— pero principalmente de mis saltos literales. De mi salto en paracaídas sobre la provincia de Toledo hace unos pocos años y de mi salto al espacio vacío —guiño a Peter Brook— en mi bautismo como actor teatral en la última función de "Romance bizarro", espoleado el día anterior por los actores de mi obra, que recurrieron al archiconocido exhorto español del ¿a que no hay huevos?, catalizador necesario de tantas y tantas gestas memorables de nuestros antepasados.

Quería establecer paralelismos entre ambos saltos, poner en relieve sus similitudes. Las hay: son muy parecidos los escalofríos que le recorren el espinazo a uno cuando se abre la puerta de la avioneta a cuatro mil metros de altitud y cuando se abre la puerta de la sala y el público comienza a entrar; ese momento de apagón y reinicio cerebral que se produce al soltar toda sujeción a un amarre sólido y que da paso al estado alterado de conciencia que acompaña a la caída libre o a la actuación, un estado oscilante entre el sonambulismo, la semi-conciencia y una suerte de arrebato psicodélico de intensidad sólo comparable a la de esas culminaciones explosivas que un puñado de damas y caballeros especialmente vigorosos experimentamos de vez en cuando. Los más afortunados sabrán a qué culminaciones aludo.

De esas cosas quería hablar y circunloquiar. Pero estando en Barcelona el pasado viernes di en visitar la exposición sobre Pasolini en el CCCB. Y caí, ya incluso antes de comprar la entrada, en lo ridículos que eran mis saltitos al lado de los de aquel hombre.

Pier Paolo Pasolini, uno de los grandes artistas de los últimos cien años, un genio del cine, un ser pensante profundo, honesto y valiente, ha sido y es, además, uno de mis principales referentes. Siempre me he sentido influido por él. Es uno de esos tres o cuatro ángeles de la guarda que en ocasiones he invocado mentalmente cuando me han asaltado las dudas, preguntándome qué hubiera hecho estando en mi lugar. Y también mantengo con él un silencioso, reiterado y vigente debate personal imaginario. Unas veces —no pocas— desde la discrepancia y otras desde la absoluta adhesión, pero siempre desde la simpatía y admiración que siento por su obra y por su persona. Le sigo leyendo, sigo leyendo a quienes escriben sobre él, sigo disfrutando con sus películas y, si se celebra una exposición sobre su vida, acudo con reverencia.

El suyo fue uno de los saltos al vacío más tremendos que cabe imaginar. Un salto sin red y además reiterado. Al vacío social, a la grieta que se extiende entre las facciones, las corrientes y los sectarismos enfrentados. Puso nervioso a todo el mundo. A sus contrarios, pero también, y esto es lo atípico, a sus presuntos correligionarios. No se casó con nadie. Dijo siempre lo que pensaba y habló, escribió y dirigió en consecuencia. A cambio recibió animadversión, odio, demandas, sentencias y, probablemente —el caso sigue abierto—, su propia aniquilación física.

En su última entrevista televisada, realizada en 1975, poco antes de ser salvajemente asesinado en Ostia, le preguntan si echa de menos los tiempos en los que la gente le insultaba por la calle. Él responde que aún le insultan. Le preguntan si su nueva película, "Saló o Le 120 giornate di Sodoma", será también motivo de escándalo —como lo venían siendo todas sus películas—, a lo que responde: Escandalizar es un derecho, como ser escandalizado es un placer; y quien rechaza el placer de ser escandalizado es un moralista.

La actividad escandalizadora de Pasolini, no obstante, no fue nunca pueril, vulgar ni barata. Al contrario, destacó por su refinamiento. Que su obra —fílmica, teatral y literaria, casi siempre incómoda y con frecuencia despiadada— fuera provocadora, fue consecuencia inevitable de ser producto de la inteligencia, del talento, de un afilado sentido crítico, también de la autocrítica y, cómo no, de ese binomio que forman la valentía y la soledad: la valentía que la soledad exige y la soledad que la valentía provoca.

Pasolini, fiel a sí mismo, siempre se mantuvo solo y militó solo, y hace falta mucho valor para eso. Buscó y trazó su propio camino moral y estético dentro del campo ideológico al que estaba adscrito, desoyendo los insultos y amenazas que vertieron sobre él desde todos los flancos. Y murió solo, rodeado de asesinos. No fue discreto ni pretendió caer simpático, dijo lo que pensaba, pulverizó convenciones y estereotipos y creó un mundo estético fascinante, propio y diferente. A veces basta mucho menos para que te rompan la cabeza.

Casi cuarenta años después de su muerte menudean en el ecosistema cultural —supongo que como en el de todas las épocas—, engreídos, chiflados, mediocres, ingenuos, gente que sabe nadar y guardar la ropa, más de un fanático, hipócritas, bocazas, iluminados que hablan por boca de otros, enfants terribles que no asustarían ni a un recién nacido, falsos rebeldes, analfabestias, salvadores del mundo a tiempo parcial… El sectarismo, el prejuicio y la estrechez de miras campan a sus anchas. Se presume con frecuencia de expresar lo políticamente incorrecto cuando en realidad lo que se hace es regurgitar una retahíla cansina hasta la embolia de lugares comunes políticamente correctísimos, buscando siempre la risa cómplice y el aplauso complaciente de los nuestros, de nuestros colegas, de nuestra tribu, de los que no nos asustan. En medio de esta miasma, de este sopor, conviene acordarse de Pasolini y de otros como él, héroes sin horror vacui, aunque sólo sea para comparar y ser conscientes de dónde estamos y cuánto miden nuestros saltitos.

Facebook Comments
Valoración post
Etiquetas