Sangre artificial

Enrique R. del Portal

Me chifla el cine de terror, lo confieso. Siempre he sentido un siniestro placer mirando monstruos, aparecidos, zombis y asesinos cruentos en la pantalla. Desde muy pequeñito coleccionaba revistas como la mítica “Monsters del Cine”, “Terror Fantastic” “Fantastic Magacine” o “Fangoria”, que alimentaban mi imaginación, y llenaban mi cuarto de pósteres terroríficos. Frecuentaba los cines de barrio, donde se celebraban aquellos maratones en los que proyectaban cinco o seis películas de nueve de la noche a nueve de la mañana, y por supuesto, no me solía perder los estrenos de las grandes producciones.

Crecí con las películas de finales de los ´70 y primeros ´80. Tiburón, Alíen, El Exorcista, La matanza de Texas, Phenomena, Halloween, El Resplandor, Poltergeist, La Cosa… Compartía esta afición con mis primos Juan y José Enrique, que los fines de semana me invitaban a su casa, y no dejábamos de ver en el cine de su barrio en Getafe, el desaparecido Cine Margaritas, todas las pelis de miedo que reponían o que estrenaban. Un día me llamaron para ver un título del que habíamos oído hablar y al que precedía su reputación: Viernes 13 (1980) de Sean S. Cunnigham. Fue una tarde terrorífica… Siguieron muchas tardes y noches; muchas películas, alternando los estrenos con las reposiciones y los clásicos: La Noche de Walpurgis (1971) de León Klimovsky, Las Garras de Lorelei (1974) de Amando de Ossorio, La Niebla (1980) de John Carpenter o la imprescindible trilogía de Lucio Fulci: Miedo en la Ciudad de los Muertos Vivientes (1980), El Más Allá (1981) y Aquella casa al lado del Cementerio (1981). Películas que derrochaban sangre artificial y no tanto calidad, pero que nos hacían pasar unos malos ratos buenísimos, y que cuando vuelvo a ver hoy día, me producen una grata sonrisa con sus sustos previsibles y sus efectos especiales de goma y cartón.

También me nutría de la televisión, claro. Estamos hablando de una época en la que apenas había reproductores de video en las casas. Algunos fines de semana Televisión Española nos regalaba con pases de La noche de los muertos vivientes (1968) de George A. Romero, Al final de la Escalera (1980) de Peter Medak, El Hombre y el Monstruo (1931) de Robert Mamoulian, El Fantasma de la Ópera (1925) de Rupert Julian, Yo anduve con un Zombi (1943) de Jacques Tourneur o Los Crímenes del Museo de Cera (1963) de André De Toth. Esperaba impaciente el programa de presentaba Narciso Ibañez Serrador, “Mis Terrores Favoritos”, donde programaron algunas como La Residencia (1969), Quien puede matar a un niño (1976), dirigidas por el propio Ibañez Serrador, No profanar el sueño de los muertos (1974) de Jorge Grau, ¿Qué fue de Baby Jane? (1962) de Robert Aldrich, La Mosca (1958) de Kurt Neumann, o El Increíble Hombre Menguante (1957) de Jack Arnold. Incluso aquel prestigioso programa, “La Clave”, dirigido y presentado por José Luis Balbín, atendió al género, y en él puede ver títulos como La Cosa (1951) de Howard Hawks, Suspense (1961) de Jack Clayton, y otros no específicamente terroríficos pero si de género fantástico como La invasión de los ladrones de cuerpos (1956) de Don Siegel, Omega Man (1971) de Boris Sagal, El Planeta de los Simios (1968) de Franklin Schaffner o Farenheit 451 (1963) de François Truffaut.

Recuerdo con especial emoción un ciclo que dedicaron a Roger Corman, terminando los´80, (y que ya puede grabar en VHS) en el que vi La Caída de la Casa Usher (1960), El Pozo y el Péndulo (1961), Cuentos de Terror, Enterramiento Prematuro (1961), El Palacio de los Espíritus (1963), El Terror (1963), El hombre con rayos X en los ojos (1963), La Máscara de la Muerte Roja (1964), La tumba de Ligeia (1964)… Puro delicatesen. Cintas que ahora atesoro en DVD, pero que me gustaría mucho disfrutar en pantalla grande.

Procuraba ver todo lo que se proyectaba, o lo que programaba la televisión. Con la llegada de los canales privados, en 1990 uno de ellos dedicó un programa semanal al cine de género, “Noche de Lobos”, presentado por Juan Luis Goas, en el que me deleité con cantidad de títulos que no había visto, y disfruté de los que ya conocía: La mansión (1981) de Armand Weston, En compañía de Lobos (1984) de Neil Jordan , Re-animator (1985) y Re-sonator (1986), de Stuart gordon, Vinieron de dentro de… (1975) de David Cronenberg, El Ejército de las Tinieblas (1992) de Sam Raimi, La Máscara del Demonio (1960) de Mario Bava, El despertar de la Momia (1982) de Frank Agrama, y un largo y malévolo etc.

Disfruté lo indecible con las tropelías de Freddy Krueger en todas sus entregas, aunque la original de Wes Craven de 1984 sigue pareciéndome superior; con las comedias Creepshow (1982 y 1987) de George A. Romero. Me encantaban (y me encantan) los terrores que venían del espacio exterior, tanto en su versión más pueril, como El Día de los Trífidos (1962) de Steve Sekely, Eso vino del espacio exterior (1953) de Jack Arnold, Ultimátum a la Tierra (1951) de Robert Wise, (muy bien re visionada por Scott Derrickson en 2008), El experimento del doctor Quatermass (1955) de Val West, ¿Qué sucedió entonces? (1967) de Roy Ward Baker o El ataque de los leechees gigantes (1959) de Bernard L. Kowalski, como en su vertiente más hi-tech: La saga Alien, de la que sus dos primeras me parecen magistrales, dirigidas por Ridley Scott y James Cameron en 1979 y 1986 respectivamente, Fuerza Vital (1985) de Steve Railsback, Event Horizon (1997) de Paul W.S. Anderson, Depredador (1987) de John McTiernan, Doom (2005) de Andrzej Bartkowiak

Siempre me ha seducido los demonios, incluso El Demonio en persona; una de mis favoritas siempre ha sido El Exorcista (1973) de William Friedkin, película mítica del género donde las haya, no así tanto sus secuelas. La noche del Demonio (1957) de Jacques Tourneur, La Semilla del Diablo (1968), de Roman Polanski, El Corazón del Ángel (1987) de Alan Parker, La Profecía (1976) de Richard Donner, El Ente (1981) de Sidney J. Furie o Pacto de Sangre (1988) de Stan Winston, son algunos de los ejemplos de la presencia en la pantalla de El Malo.

Posiblemente mi personaje favorito sea el vampiro, aunque prefiero el terrible y repugnante Nosferatu de 1922 dirigida por F. W. Murnau , o los enigmáticos y elegantes Bela Lugosi y Christopher Lee en los Drácula de 1931 y 1958, dirigidas por Tod Browning y Terence Fisher respectivamente, que el melifluo y adolescente con el que están destrozando el mito. Mención especial me merecen la lectura que hace Francis F. Coppola en su Drácula de 1992, Cronos (1993) de Guillermo del Toro o 30 días de Oscuridad (2007) de David Slade.

Sentí un especial orgullo cuando se premió el trabajo de Kathy Bates con un Oscar en Misery (1990) de Rob Reiner, o cuando ganó cinco El Silencio de los Corderos (1991) de Jonathan Demme, incluidos mejor película y actor, Anthony Hopkins, que en 2011 nos ha vuelto a aterrorizar en Rito, de Mikael Hafstrom.

Los clásicos de la Universal dirigidos por James Whale: Frankenstein (1931) y El Hombre Invisble (1933), La Momia (1933) de Karl Freund…; el expresionismo de El Gabinete del doctor Caligari (1920) de Robert Wiene o El Gólem (1920) de Paul Wegener, la sangrienta y metafórica Hellraiser (1987) de Clive Barker, los espíritus encadenados a una terrible existencia, los zombis, aparecidos, monstruos victimas de experimentos enloquecidos… Todos tienen un rinconcito en mi corazón, y aunque no veo todas las películas que quisiera, se están haciendo estupendas muestras del género en la actualidad. Sé que faltan muchas por citar, pero las encontraréis en la cartelera, en vuestras videotecas o en algún videoclub de vuestro barrio, y os invito a que paséis un espeluznante rato, disfrutando de esa sobredosis de adrenalina bajo control, que nos produce el cine de terror, pero cuidado, detrás de vosotros quizá se balancee un oxidado filo de una guadaña maldita, o una huesuda mano a punto de rozar vuestro cuello….

 

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