Siveria

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Drama

Sesiones:

Siveria está basada en hechos reales. Recrea, de modo libre, con las hechuras del género del suspense clásico, los días previos a la detención y el interrogatorio de la activista rusa Yelena Klimova.

Sinopsis de Siveria

Elena y Kristof son dos activistas que comparten piso en una ciudad de la Rusia de Putin. Desde su apartamento, esquivan las leyes gubernamentales que prohíben la propaganda homosexual, editando una página web que da apoyo a jóvenes LGTBI rechazados por sus propias familias. Todo parece funcionar hasta el día en que la policía secreta, que ha estrechado el cerco, se lleva detenida a Elena y le somete a un interrogatorio en el que un implacable inspector pondrá a prueba su lealtad a la causa por la que ella siempre ha luchado.

Siveria
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Notas del autor

Decía el filósofo Michel Foucault que el colectivo homosexual no solo tiene que defenderse a sí mismo o afirmarse como una identidad, sino devenir en una verdadera fuerza creativa. Creando cultura, no solo una subcultura. No basada en un esencialismo, sino en una cultura abierta que pueda comprehender cualquiera, admitir o ser reconocida por cualquiera que forme parte de una sociedad amplia.

Siveria se inscribe en ese tipo de producción. Los dos protagonistas son lesbiana y homosexual y en la pieza hay denuncia o activismo, ineludibles, pero también una narrativa con la que cualquiera se podría identificar, pues Siveria, Mención de Honor en 2015 en el Premio Internacional ‘Leopoldo Alas Mínguez’, apela a esa cultura en la que caben universales como la traición, el miedo, la soledad, el poder, el feminismo o las relaciones padres e hijos.

Siveria toma como inspiración un hecho real ocurrido al amparo de una legislación que dista de parecerse a la de nuestro país, pues traslada la acción a la Rusia de Putin. Sin embargo, podemos decir, con pudor, que la historia reciente de España provee relevantes ejemplos para ilustrar esta idea del homosexual como individuo peligroso, perseguible o reeducable.

La última ley en condenar a los homosexuales era la llamada Ley de Peligrosidad Social, vigente desde 1970 a 1979, que permitió que gays y lesbianas fueran mandados a centros de reclusión social.

Cuarenta años no son nada, máxime cuando podemos afirmar que muchos de esos cimientos que creíamos asentados en nuestra democracia se convierten en un territorio abonado para la controversia, con la llegada a parlamentos de todo signo de modos carpetovetónicos de hacer política.

En los meses que precedieron a la aprobación del matrimonio homosexual, no fue difícil encontrar referencias insultantes a la homosexualidad, a la que se volvía a clasificar como enfermedad curable, o se calificaba de “trastorno afectivo”, como hizo en el Senado el 21 de junio de 2005 un ponente invitado por la oposición política. Algunos ejemplos más recientes: el Observatorio Madrileño contra la Homofobia registró 345 agresiones en 2018, un 7,5% más que el año anterior. La irrupción de la ultraderecha es un hecho en nuestra democracia. Nos asusta pensar hasta qué punto todo ello es fruto de un cambio de signo o un síntoma del legado de esa España que nada puede echarle en cara a la Rusia de Putin. O al Brasil de Bolsonaro.

El eje de conflicto en esta pieza se sustancia en la resistencia. Sin resistencia no habría relaciones de poder. Aquí, una mujer lesbiana es sometida a un interrogatorio sumarísimo; juzgada de antemano por su ideología, por su género o incluso por su orientación sexual.

Han sido los esfuerzos, a menudo titánicos, de las comunidades LGTBI, junto con la investigación académica, los que hace ya tiempo nos han permitido sentenciar que no existen orientaciones sexuales correctas o incorrectas. El problema no reside ya en la autoaceptación e identificación, sino que se halla en la homofobia social en la que una persona homosexual puede vivir.

La cultura necesita esforzarse por seguir construyendo esas otras narrativas, esas otras formas de entender la sociedad, sin olvidarnos de los avatares de nuestra historia o de lo que ocurre en otros lugares de nuestro entorno.

Siveria es una muesca más en ese esfuerzo, en ese marco, desde la autoría, desde lo artístico. Siveria germinó con ese pensamiento, el de convertirse y convertirla en artefacto crítico, en musculosa proclama vindicante, sin dejar de pensarse, en todo su proceso de construcción, también como texto literario luminoso, edificante, conmovedor y con vocación de colectivo.

Javier Suárez Lema

No hay barrera, cerradura ni cerrojo que puedas imponer a la libertad de mi mente

Virginia Woolf

Propuesta escénica de Siveria

Siveria nos transporta a un espacio frío en el que la sensación de opresión y vigilancia es constante. La casa de Helena se define con unos pocos muebles de estilo nórdico y paredes de líneas verticales de formas limpias y minimalistas. No se puede huir,
una gran frontera invisible impide que nadie pueda escapar. Un pequeño piano de cola será la conexión con la esperanza y la libertad.

La sala de interrogatorios se integra en el espacio con la mesa y sillas del apartamento de Helena y un gran espejo espía que recibe retroproyección. Delimitada con un recuadro de luz en el suelo.

La escenografía consiste en dos paredes, de 3,5 m de alto, recreando estar realizadas con perfiles de diferentes grosores de acero
Corten en tonos azules sobre una malla metálica. Las paredes tienen un panel estrecho de leds RGB en la base y en la parte superior para poder jugar distintas iluminaciones según requiera la escena.

Sobre las dos paredes se proyecta frontalmente con un proyector perpendicular a cada pared, lo que nos permitirá poder mapear las tiras verticales para proyectar sobre ellas o sobre el fondo de manera independiente, recreando siluetas, entornos y atmósferas. Las paredes serán el soporte para el activismo que realizan los personajes desde la web Siveria. La malla, al ser una gasa gobelin, nos permitirá ver a Mijail o a Katrina a través de los muros a modo de flashbacks.
Finalmente, el grafitti de Siveria se construirá con proyección sobre los muros.

Ficha Artística

Reparto

Helena : Sonia Almarcha
Mijail : Adolfo Fernández
Kristof : Marc Parejo

Dramaturgia: Javier Suárez Lema
Dirección: Adolfo Fernández
Producción: Cristina Elso
Escenografía: Emilio Valenzuela
Iluminación: Edu Berja
Espacio Sonoro y Audivisuales: Naiel Ibarrola
Dirección Técnica: Tarima. Logística del Espectáculo
Fotografía: Sergio Parra
Diseño Gráfico: Minim Comunicación
Prensa y Comunicación: María Díaz
Distribución: Gg Producción Escénica

Una Coproducción de K Producciones y Gg Producción Escénica

Duración: 1 hora y 20 min

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