Un botecito de plástico

Enrique R. del Portal

En 2004 tuve la ocasión de viajar por primera vez a Perú. Era mi primer viaje al continente americano y comencé aquella aventura muy ilusionado; se formó una estupenda compañía dirigida escénicamente por Carlos Fdez. de Castro y Pascual Ossa a la batuta, con la que estaríamos en Lima cuatro semanas, representando "La del Soto del Parral" y "La del Manojo de Rosas", y una última semana que viajamos a Quito.

Fue una muy grata y enriquecedora experiencia. Nos recibieron con una amabilidad exquisita, y tuvimos el placer de conocer una ciudad llena de colores y contrastes, además de un público conocedor y amante de nuestro teatro lírico, al que prácticamente consideran suyo.

No es casual que Perú sea, seguramente con Cuba, el país iberoamericano en el que la producción lírica tuvo más industria, y sirva de ejemplo que en estos días, precisamente, se está representando en Lima "El Cóndor Pasa", zarzuela de Daniel Alomía, cuya plegaria fue interpretada y dada a conocer internacionalmente por Simon & Garfunkel.

Nuestra estancia en la ciudad de Lima, aunque fueron días de intenso trabajo, estuvo plagada de agasajos, tanto a cargo de la Asociación Romanza, que patrocinaba la temporada lírica con su presidente Enrique Bernales a la cabeza, como por los compañeros, que intentaban que nuestros días en su país fueran lo más agradables posible. Y así, no pasaba apenas un día sin que fuésemos invitados a comer, a visitar algún museo o monumento nacional, o cenar en algún restaurante exclusivo (Impagable la velada en La Rosa Náutica).

Uno de nuestros colegas peruanos era Enrique Victoria, actor con gran experiencia y muy respetado por sus compatriotas, que también nos brindó su compañerismo y amistad. Justo en esos días de nuestra estancia, celebraba su ochenta cumpleaños; edad de la que presumía y que paseaba con una vitalidad y juventud envidiables. Siguiendo la tónica de aquellos días, nos invitó a pasar la velada en una sala de fiestas, que allí dicen peña, llamada Del Carajo! donde disfrutamos de una espléndida muestra de cocina criolla regada por buen Pisco Sour, e incluso fuimos obsequiados gracias a nuestra interpretación del valsito "Alma, Corazón y Vida".

Pero quiso la mala fortuna que durante la fiesta posterior a la cena, yo tropezase y al caer al suelo me fracturase la muñeca izquierda, y no por el excesivo consumo de alcohol que estáis pensando sino por mi torpeza al bailar. Fue una fractura pequeña, apenas algo más que una fisura, pero un par de horas después de la caída el dolor era tan insoportable, que no tuve más remedio que pedir ayuda a nuestro gerente, que inmediatamente me dio los datos del seguro que cubría nuestro viaje. Ellos se encargaron de concertar la cita en el hospital, donde me enyesaron el brazo y me administraron un potente analgésico, ya que las molestias no disminuían.

La atención fue amable, aunque no así el resultado, ya que la fractura me dio problemas y al llegar e España tuve que pasar una desagradable segunda cura, pero es otra historia. Lo que me llamó mucho la atención es que al terminar de ponerme la escayola, me dieron una receta, con la que en la farmacia del hospital me dispensaron dos comprimidos en un botecito al que habían puesto mi nombre. – ¡Mira!, como en las películas-, pensé, y es que, pese a ser el peruano un más que mejorable sistema sanitario, tenían control estricto sobre la dispensación, y sobre todo la cantidad, de medicamentos. Claro que yo podía comprar en cualquier farmacia uno de distribución sin receta, pero claro, eso ya correría por cuenta de mi bolsillo.

Quizá he tardado en llegar a lo que verdaderamente quería contar, pero me parecía divertido y adecuado poneros en este antecedente. Ahora, escucho las pavorosas noticias sobre el copago sanitario, que se ha hecho extensivo a las farmacias hospitalarias, mientras recuerdo aquel envase de plástico, con mi nombre en la etiqueta, y echo de menos que no esté más presente en el debate de nuestra situación económica, algo que podría suponer un gran ahorro a los afiliados a la Seguridad Social y a la administración. Si para una dolencia leve, por ejemplo un catarro, mi médico me receta un antitusígeno, llego a la farmacia y compro un frasco, generalmente de no menos de 250 ml. Con un poco de suerte, el catarro habrá remitido en cuatro o cinco días como media, y yo guardaré el medicamento restante por si vuelve a hacerme falta. Esta aparentemente inocente y doméstica escena, esconde uno de los mayores dispendios de nuestro sistema sanitario, que no han terminado de querer abordar los responsables políticos de nuestro país.

Este año, la ministra de sanidad, Ana Mato, anunció que el sistema de dispensación unidosis de los medicamentos, es decir, que para una gripe de una semana, se nos recete y venda el número de comprimidos o la cantidad de pomada que vamos a utilizar esos siete días, se iba a empezar a aplicar en determinados antibióticos, y más adelante se iría extendiendo a otros fármacos.

¡Brillante! Sólo han tardado cinco años, contando el inicio de la crisis actual en 2008, en abrazar una media que ahorraría dinero a todo el mundo. ¿A todo? Quizá no. Quizá quien dejaría de ganar con este sistema sería ese oscuro entramado que son las compañías farmacéuticas. Ya empieza a ser un mantra, utilizando la jerga del ministro de Hacienda y Administraciones Públicas Cristóbal Montoro, que la clase política que sufrimos en España estos años, está decidida a defender los intereses de las grandes corporaciones y del gran capital, y los suyos propios, muy por delante de los de los ciudadanos.

Si no os parece patente el comportamiento de estos liberales neocons, basta con echar una somera ojeada a los Presupuestos Generales del Estado para ver la vergonzosa diferencia entre las cantidades asignadas a, por ejemplo, Sanidad o Dependencia frente a la de Partidos Políticos. Amigos, el año que viene habrá elecciones europeas, y claro, hay que mantener el chiringuito abierto, no vayan a vernos el plumero.

Así que deduzco que es prioritario mantener la obscena cantidad de políticos y sus sueldos correspondientes, las prebendas y ventajas de las que disfrutan, antes que realizar ajustes presupuestarios entre los bienhechores de la patria, para que un enfermo internado por una enfermedad grave, no tenga que sumar a su desgracia el pago de 4€ más por medicamento consumido. Lo que se han titulado con el bochornoso eufemismo de aportación.

Y entre tantos otros agravios que sufrimos, se me ocurre nombrar dos. Primero: el religioso pago que se hace a los ex presidentes del gobierno, salario que no estaría de más si no fuera porque se ganan la vida más que holgadamente en honorabilísimos consejos de dirección y cobrando pingues cantidades por sus solicitadas conferencias, salvo el pobre José Luis Rodríguez Zapatero, al que todavía no quiere nadie. Si bien la cantidad no es excesiva, el gesto es insultante. Y segundo: el mantenimiento de la que sigue siendo una de las flotas de coches oficiales más grandes del mundo; pero ya sabemos, que para mover a tanto paniaguado hace falta mucha rueda. Pero son muchos, muchos más los gastos que pudiendo optimizados se mantienen para uso y disfrute de unos pocos privilegiados.

Ahora que lo pienso, tal y como se está poniendo la sanidad, en vez de morirme en un hospital, preferiría que me atropellase el espectacular Volkswagen de 83.000€ que le dejó Alberto Ruiz Gallardón a la actual alcaldesa de Madrid, Ana Botella, ahora reconvertido en modesto coche patrulla. Al fin y al cabo lo estoy pagando yo quitándome aspirinas, ¡qué coño!

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